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Creación de
José Cadalso y Vázquez, hijo segundo de una familia acomodada de origen vasco, nació en Cádiz en 1741. Su padre, el hidalgo José María de Cadalso y Vizcarra, dedicado al comercio en América, reunió una considerable fortuna que hizo posible la educación y viajes de su hijo José. Muerta su madre, Josefa Vázquez y Andrade, a temprana edad (al nacer José o dos años después), la primera educación de Cadalso estuvo influida por su tío Mateo Vázquez, jesuita, profesor y rector del Colegio de la Compañía de Jesús en Cádiz, donde cursó Cadalso sus primeros estudios. A los nueve años fue enviado al Colegio Louis-le-Grand, de París, dirigido también por jesuitas, donde adquirió sólidos conocimientos en humanidades y en ciencias. En 1758, ingresó Cadalso en el Real Seminario de Nobles de Madrid (hasta 1760), regido igualmente por jesuitas, donde estuvo dos años. Viajó Cadalso por Europa y residió en Inglaterra (1755-1756), Francia, los Países Bajos, Alemania e Italia. Al fallecer su padre en Copenhague, Cadalso ingresó
como cadete en el Regimiento de Caballería de Borbón (1762)
y siguió en la milicia 20 años, hasta su muerte, por una
granada, en el sitio de Gibraltar en 1782. Obtuvo el grado de coronel
poco antes de su muerte. En 1766 también había sido
armado caballero de la Orden Militar de Santiago.
En 1770, Cadalso presentó a la censura su primer
drama, Solaya o los circasianos, pero los censores exigieron profundos
cambios y el Vicario de Madrid la prohibió terminantemente.
Hoy ese drama se ha perdido. La segunda obra dramática de
Cadalso, Don Sancho García, fue representada privadamente
en el palacio del conde de Aranda y después en el Teatro de la Cruz
(1771). Fue publicada después bajo el seudónimo de
Juan del Valle. Esta fue la única obra de Cadalso que subió
a la escena.
La obra de Cadalso: Los eruditos a la violeta (Madrid, 1772). Esta fue la obra más popular en vida del autor. Aquí critica Cadalso a los que pretenden saber mucho, estudiando poco. A los «seudoeruditos» va dirigido su ataque, con el fin de que los ignorantes no los confundan con los verdaderos sabios (los científicos). Consiste esta obra de siete lecciones, una para cada día de la semana, que un profesor imparte a sus alumnos. En la primera expone una idea general de las ciencias. Las otras versan sobre poética y retórica, filosofía antigua y moderna, derecho natural y de gentes (internacional), teología, ciencias matemáticas y, finalmente, una «Miscelánea» (el domingo) sobre diversas materias. Los pedantes que sabiendo poco tratan de exhibir sus conocimientos en público son los «eruditos a la violeta». Las Noches lúgubres: No es ahora la obra más conocida y estimada del autor, pero gozó de fama extraordinaria durante el siglo XIX, sobre todo en los años del Romanticismo. Conoció también numerosas ediciones a pesar de la intervención de la censura y alguna transitoria prohibición inquisitorial. La Inquisición de Valladolid prohibió la obra (1815-1819) «por contener proposiciones malsonantes y ofensivas a los oídos piadosos». La Inquisición de Córdoba denunció la obra por «contener muchas expresiones escandalosas, peligrosas e inductivas al suicidio, al desprecio de los Padres, y al odio general de todos los hombres». Sin embargo, la obra fue traducida al francés e imitada por escritores cultos. El influjo más generalmente admitido sobre esta obra es el de las Noches (Night Thoughts) del inglés Edward Young. El tono de la obra es de horror y desesperación, con elementos de lo nocturno y lo didáctico. Es un diálogo filosófico de tendencia estoica, o sea, una obra de pensamiento más que de sentimiento, aunque algunos críticos piensan que la obra es de un desbordante sentimentalismo. La obra versa sobre un joven llamado Tediado, quien se vale de un sepulturero llamado Lorenzo para tratar de desenterrar el cuerpo de su amante muerta (Filis), quien murió como consecuencia de un matrimonio al que había sido forzada contra su voluntad. La obra termina antes del traslado del cadáver al domicilio del enamorado (Tediado deseaba acostarse al lado del cadáver en su casa, incendiar su domicilio y morir entre sus cenizas). Este final inconcluso de la obra provocó que en once ediciones publicadas entre 1822 y 1879 se le agregara una Noche cuarta a las tres Noches lúgubres, donde se cumplen los sucesos prometidos por Tediado al final de la primera Noche original. O sea, los románticos españoles no hicieron sino llevar la obra de Cadalso a su desenlace inevitable. El gusto de la época por lo nocturno y funeral halló delicioso y apasionante el desenlace que el ilustrado Cadalso no se atrevió a intentar. Edward Young (1683-1765) Las Cartas marruecas. Las Cartas fueron
elogiadas por sus contemporáneos, por ejemplo, el poeta Meléndez
Valdés, por su acertada actitud crítica de los vicios nacionales,
su estilo y su supuesta imparcialidad. Las Cartas marruecas
gozaron de considerable aceptación fuera de España.
Muy tempranamente (1808) fueron traducidas al francés y, fragmentariamente,
al inglés (en 1825). En Estados Unidos fueron texto de uso
frecuente para las clases de español en muchas universidades (e.g.,
Harvard). También fue libro de texto bastante común
en Francia e Inglaterra. La Generación del 98 acrecentó
el interés por Cadalso, en quien veía un precursor de sus
ideas frente a los problemas nacionales.
Supone Cadalso que los rasgos de los habitantes de un país pueden proceder de condiciones naturales (climáticas, geográficas), así como de formas de gobierno. En el caso de España, piensa que sus mayores defectos proceden de errores políticos del pasado. Critica Cadalso severamente la política imperial de Carlos V y la ambiciosa política de los Austrias, con sus guerras incesantes. Los Habsburgos habían arrasado el país y conducido a sus habitantes a no combatir sino por motivos de religión, a mirar con desprecio el comercio y la industria, a envanecerse de su nobleza y a malgastar los caudales traídos de las Indias en lugar de aplicarse a las artes mecánicas y a aumentar su población. Otros temas de crítica son: la escasez de la población,
la enseñanza universitaria, los abusos de la filosofía escolástica,
el abandono material en la policía de las ciudades, la falta de
protección a las ciencias, la inutilidad social de la clase noble,
la vana educación de sus hijos, la farsa de los triunfos militares,
el abandono de la agricultura, la corrupción administrativa, la
ambición y rapacidad de los políticos, la inercia del carácter
español, la resistencia a variar ideas y costumbres tradicionales.
Sin embargo, evita enredarse en algunos temas «peligrosos»
(religión o gobierno).
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A. Robert Lauer arlauer@ou.edu
Última revisión: 4 de febrero de 2003 |