LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN
(1760-1828)

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LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN (1760-1828):

   Leandro Fernández de Moratín nace en Madrid en marzo de 1760.  A los cuatro años sufrió de viruelas que le dejaron feas huellas en el rostro y delicada complexión.  Debido a esto se piensa que Moratín se hizo de carácter tímido y retraído.  Se apasionó por la lectura desde muy niño.  Sin embargo, su padre, Nicolás Fernández de Moratín (Moratín el Viejo) no lo dejó estudiar por el pésimo concepto que tenía de todas las universidades.  Por lo tanto, Leandro se educó a sí mismo.  Pero la falta de títulos oficiales pudo acaso crearle ciertos complejos frente a algunos de sus amigos más íntimos, poseedores todos ellos de diplomas universitarios.  Moratín el Viejo puso a su hijo Leandro a trabajar como joyero.  Sin embargo, Leandro en 1779 presentó bajo seudónimo al concurso de la Academia Española un romance endecasílabo llamado La toma de Granada por los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel, obra que le ganó el premio Vaca de Guzmán (un poeta, autor de Las naves de Cortés).  De nuevo, en 1782, presentó ante la misma Academia una Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana en la cual se dedicaba a atacar la comedia barroca del siglo XVII (no ganó premio alguno). 
 
 

El conde de Cabarrús

El conde de Floridablanca

   Las amistades de su padre permitieron al joven y tímido Moratín relacionarse con escritores y políticos, entre ellos el conde de Cabarrús, quien en 1786 escogió a Leandro como secretario para una misión diplomática en París.  Esta amistad duró un año pero después cayó del favor político el conde y quedó Moratín sin protección y sin ingresos.  Intentó montar su comedia El viejo y la niña, pero un Vicario eclesiástico negó la autorización.  Un año después escribió una sátira, La derrota de los pedantes (ataca aquí las comedias de Cervantes, el Arte del jesuita Gracián y varios poetas líricos del Barroco), que obtuvo un gran éxito y que hicieron gracia al conde de Floridablanca, quien le otorgó un beneficio de 300 ducados sobre el arzobispado de Burgos.  Como consecuencia, Moratín tuvo que ordenarse de primera tonsura, que le administró el obispo de Tagaste.  Poco después se puso en contacto con Manuel Godoy (el «Príncipe de la Paz»), recién ascendido a la privanza real, y desde entonces gozó de la protección del favorito.  Gracias a él, logró estrenar en mayo de 1790 El viejo y la niña.  Obtuvo a la vez dos sinecuras eclesiásticas: un beneficio en la iglesia parroquial de la villa de Montoso y una pensión sobre la mitra de Oviedo.  Escribió y estrenó La comedia nueva (1792) y obtuvo después del favorito real (Godoy) una pensión de 30.000 reales para viajar por Europa.  Salió para Francia en 1792 (primero a Burdeos [Bordeaux] y después a París) y tuvo ocasión de presenciar los horrores de la Revolución francesa.  Asustado se escapó a Londres y desde ahí se dirigió al rey (Carlos IV) y a Godoy en 1792 exponiéndoles un plan para la reforma del teatro y proponiéndoles el nombramiento de un Director de los Teatros de Madrid, con absoluta autoridad para aprobar o rechazar cualesquiera obras, nuevas o viejas, puesto para el cual se ofrecía él mismo.  Proponía también la fundación de una escuela de declamación y arte dramático, donde se enseñaran las técnicas del montaje teatral: trajes, decorados, maquinaria, caracterización, etc.  Denunciaba la ausencia de comodidades en los teatros, así como la baja calidad de la música y actuación de los actores.  Moratín ataca preferentemente a los autores de sainetes por su reproducción realista de las gentes bajas, sus procacidades y sus vulgaridades, contribuyendo a la degeneración del arte dramático.  Odiaba Moratín también las comedias de magia, las de santos, y las «de ruido» (de espectáculo).   Propone también que los actores no deben intervenir en la elección de las comedias y que deberían tener un salario fijo.  El autor también recibiría una parte de los ingresos.  Propone la creación de premios y recompensas anuales.  La dirección de los teatros debería confiarse a una Junta compuesta de un director, un censor y profesores de música y declamación.  La tradicional clasificación de los personajes en galán, dama, barba, gracioso, etc., sería suprimida y reducido drásticamente el número de los actores en cada compañía (a 8 o 10 actores).  El plan de Moratín fue aprobado.  Llegó también a ser Moratín «corrector de comedias antiguas», cuya misión sería prohibir comedias (barrocas) y corregir las que eran dignas de ser conservadas.  Entre las comedias barrocas que prohibió Moratín fueron La vida es sueño y El príncipe constante de Calderón, así como 600 más, 50 de las cuales del Siglo de Oro. 
   Después de un año en Inglaterra recorrió Bélgica, Alemania, Suiza e Italia y regresó a Madrid en 1797.  Consiguió entonces el puesto de Secretario de la Interpretación de Lenguas y, después, el de miembro de la Junta de Dirección y Reforma de los Teatros.  Al producirse en 1808 la caída de Godoy, Moratín tuvo que huir de su casa.  Tomó partido por los franceses y el nuevo rey (francés) de España José Bonaparte (hermano del emperador Napoleón Bonaparte) le nombró Bibliotecario Mayor de la Biblioteca Real.  Moratín introdujo en esta biblioteca el método de clasificación por papeletas sueltas—de donde hubo a difundirse luego a otras bibliotecas públicas españolas-- en sustitución de los antiguos catálogos escritos en cuadernos.  Cuando el ejército francés hubo de evacuar Madrid en 1812, Moratín se pasó a Valencia (hasta 1814).  Al regreso del rey español Fernando VII («El Deseado») y la vuelta de la Inquisición (que había prohibido dos de sus obras), Moratín decide marcharse a Francia.  Murió Moratín en París el 21 de junio de 1828 de un cáncer del estómago.  Fue enterrado en el famoso cementerio de Père Lachaise, entre las tumbas de Molière y Lafontaine.  En 1853 se trasladaron los restos mortales de Moratín a la Iglesia de San Isidro y, en 1900, junto con los restos de Goya y Meléndez Valdés (todos tres afrancesados), fueron enterrados solemnemente en el Panteón de Hombres Ilustres en Madrid. 
 
 

 

El Rey Carlos IV de Borbón


Don Manuel de Godoy, «Príncipe de la Paz»

El Rey José I de Bonaparte

El Rey Fernando VII («El Deseado»)

   Moratín permaneció soltero, acaso por su carácter tímido y retraído.  Era de temperamento cerebral y equilibrado, no hombre de pasiones ardientes, por lo menos no en el terreno amoroso.  Era también poco propicio a comprometedoras decisiones.  Tuvo un «gran amor» por Paquita Muñoz, joven de 18 años cuando él tenía 38.  La entretuvo cerca de diez años pero sin decidirse al matrimonio, a pesar de la inequívoca presión de Paquita y su madre.  Refugiado en Francia, Moratín siguió en comunicación con Paquita.  Dos años antes de la muerte de Moratín, Paquita le propuso ir a visitarlo a Burdeos, pero Leandro la hizo desisitir del viaje. 
   Moratín tenía una vida moderada de cierta comodidad, mesa sabrosa, teatro, paseos solitarios y amistosas tertulias.  Su deseo era vivir en paz, no ser molestado, ir al teatro y tomar chocolate.  Era un perfecto intelectual y mal dotado para la acción.  Cuando sacaba las uñas era en defensa del teatro neoclásico que quería imponer en España.  Fue ilustrado, liberal, penetrado de aversión al fanatismo, a la torpeza, al espíritu de delación, a la Inquisición.  Había también presenciado los horrores de la Revolución francesa y el Terror subsiguiente.  No obstante, como los otros españoles ilustrados de su época, estaba convencido que la europeización (no sólo el afrancesamiento) era el único remedio para su país.  Por lo tanto, no pudo seguir la causa española de la independencia nacional (de Francia) ya que el régimen borbónico de Fernando VII era una vuelta al absolutismo y la reacción.  Colaborar con el invasor francés, pues, era la única opción digna para los ilustrados que habían luchado por la realización de mejoras y reformas toda su vida.  Moratín fue condecorado por el rey José Bonaparte. 
   Las Obras póstumas de Moratín, tres tomos publicados en Madrid en 1867 y después adquiridos por la Biblioteca Nacional de Madrid, contienen notas interesantísimas sobre El viejo y la niña, La comedia nueva y La mojigata, así como los apuntes de sus viajes por Inglaterra (Apuntaciones sueltas de Inglaterra) e Italia (Viaje de Italia).  Las notas más interesantes son las que dedica a las prostitutas y alcahuetas de Nápoles, Roma y Venecia.  Tiene también un Epistolario de 300 cartas, la mayoría de ellas dirigidas a su amada, Paquita Muñoz.  De particular importancia es también su Diario, que cubre los años 1780 y 1808 y que pone de relieve la activa vida erótica del escritor con prostitutas).  De gran importancia también es su Orígenes del teatro español
   La primera comedia de Moratín, El viejo y la niña, fue estrenada en el Teatro del Príncipe en 1790.  El propio Moratín dirigió los ensayos.  Duró 10 días en escena (fue un éxito de taquilla).  Esta obra trata el tema que iba a ser dominante en el teatro de Moratín, es decir, la práctica de estipular matrimonios violentando el deseo de los contrayentes.  Isabel, una muchacha, está a punto de casarse con Juan, un joven de su edad, pero es obligada por su tutor a matrimoniar con un viejo celoso y cruel.  Juan se marcha a las Indias y la muchacha decide abandonar a su viejo marido para ingresar en un convento. Es una obra de melancólico desenlace.  Fue renovada esta obra en 1821 y 1832.  La obra teatral dura una mañana.  Moratín consideraba esta comedia como comedia «de carácter», no «de enredo» (acción). 
   Dos años después (en 1792) compuso La comedia nueva o El café, en dos actos y en prosa.  Esta comedia trata el tema que más apasionaba a Moratín, el teatro, y es una sátira contra los dramones seudohistóricos de ruido y espectáculo que habían invadido la escena de su tiempo.  La comedia nueva respeta las unidades escrupulosamente.  Moratín da forma dramática en El café a las ideas sobre el teatro que desarrolla una y otra vez en diversos escritos.  Se supone que La comedia nueva no propone atacar la vieja comedia barroca sino ridiculizar a los contemporáneos que habían llevado el teatro a tales excesos (Comella, Zavala y otros). 
   En 1787 compuso Moratín su comedia El Barón, de dos actos en verso, concebida originalmente como zarzuela (opereta) y proyectada para representaciones privadas.  Fue representada en un teatro en Cádiz.  Versa esta obra sobre una madre ambiciosa que pretende casar a su hija con un falso barón, que es al fin desenmascarado, con lo cual queda libre la muchacha para casar con el joven que prefería.  Pasó en Madrid al Teatro de la Cruz. 
   Años antes que El Barón, Moratín había compuesto otra comedia, La mojigata (escrita en 1791).  Fue estrenada en el Teatro de la Cruz en 1804.  Llevaba una dedicatoria a Godoy, el «Príncipe de la Paz».  La comedia, en efecto, presenta la doblez de una muchacha que disfraza sus aventuras con el manto de la piedad.  Moratín se inspiró en La escuela de los maridos de Molière y tomó detalles sueltos del Tartufo y del Don Juan del mismo Molière.  También ha sido aducida como fuente de La mojigata la comedia Marta la piadosa de Tirso de Molina.  Clara, la hipócrita de Moratín, tiene una indudable justificación por el hecho de que su padre, estimulando en ella una supuesta vocación, quiere meterla en un convento para apropiarse de una herencia que va a recibir su hija.  Censura esta obra la coacción que ejercen los padres sobre la libre determinación de las muchachas.  Esta es la más compleja de las obras de Moratín. 
   La última de las comedias originales de Moratín (El viejo y la niña [1786], de tres actos y en verso; La comedia nueva o El café, en dos actos y en prosa [1792]; El Barón [1787], en dos actos y en verso; La mojigata [1791]), y la más famosa y mejor es sin duda El sí de las niñas, en tres actos y en prosa, que fue estrenada en el Teatro de la Cruz a fines de enero de 1806.  Duró 26 días consecutivos en las tablas, y terminó sólo por la llegada de la Cuaresma, cuando se cerraban los teatros.  Se representó tanto en Madrid como en Zaragoza.  Hubo de esta obra cuatro ediciones hechas en 1806. 
   El gran tema de Moratín versa aquí sobre la joven Paquita, quien sale del convento, donde se educaba, para contraer matrimonio, por decisión de su madre doña Irene, con el viejo don Diego.  Pero Paquita está enamorada de don Carlos, joven militar sobrino del viejo, y lo llama para que impida la boda.  Acude don Carlos sin saber quién es el viejo pretendiente, pero cuando lo descubre está dispuesto a renunciar a Paquita para no enfrentarse con su tío y tutor.  Éste, sin embargo, es quien se sacrifica por su sobrino y deja que se casen los jóvenes.  La comedia, como todas las de Moratín, se ajusta fielmente a las unidades dramáticas: se desarrolla entre las siete de la tarde y las cinco de la mañana siguiente, ocurre en una sala de paso de una posada de Alcalá de Henares, donde la novia y doña Irene se reúnen con don Diego, quien acude a recogerlas; y allí acude don Carlos desde Zaragoza, donde estaba de guarnición. 
   El sí de las niñas se basa en varias obras dramáticas, entre ellas Le oui des couvents (El sí de los conventos), una comedia francesa; la pieza de un acto de Marsollier, Le traité nul, representada en París en 1797 y traducida al castellano y publicada en Madrid en 1802; Entre bobos anda el juego, de Rojas Zorrilla, dramaturgo barroco; la comedia de un acto de Marivaux, L’École des mères, en un acto y en prosa, estrenada en París en julio de 1732 y cuya traducción fue publicada en Barcelona en 1779.  El influjo general de Molière es predominante en las demás comedias de Moratín.  Ramón de la Cruz trata este mismo tema en sus sainetes El viejo burlado o Lo que son criados.  Lo principal en todas las comedias de Moratín no es el enredo o esquema argumental sino los caracteres.  Se desliza en él la sátira, la ironía, la reflexión, el engaño, el desengaño y la melancolía.  El sí de las niñas presenta un mundo de viejos, donde los viejos son los personajes descollantes.  Aquí también es el amor el sentimiento motor, pero amor encubierto, con sordina, que no osa mostrarse plenamente. 
   Moratín había conseguido crear una obra modélica de la comedia neoclásica española.  El lugar donde se reúnen los siete personajes de la comedia es tan preciso y claro como su acción; a las pasiones exuberantes y al movimiento del teatro barroco Moratín le enfrenta la delicia de la unidad, del límite, de lo sencillo; personajes, espacio y acción son de medidas estrictamente humanas; la vida se reduce a sociabilidad y a diálogo.  El estilo cómico no cae nunca en lo chabacano, se mantiene siempre dentro de la sencillez y la gracia; el estilo serio adorna su nobleza con el afecto.  El soliloquio casi no se usa (aunque hay dos breves ejemplos en este drama).  El propósito moral no se confunde con la predicación. 
   El sí de las niñas, según el Memorial Literario, reúne todos los requisitos de las reglas neoclásicas: perfecta ejecución, verosimilitud de los sucesos, la verdad de los caracteres y el contraste entre sus sentimientos, la animación y gracia del diálogo, la pureza y propiedad del lenguaje, la comicidad de algunas situaciones, la lección moral.  La finura y perfección del conjunto y la sentenciosa gravedad del estilo colocan a Moratín por encima de Molière.  Moratín es, según el escritor Larra, el primer poeta cómico que ha llevado rasgos sentimentales a la comedia de costumbres, en la cual sus antecesores sólo habían presentado el lado ridículo de las cosas.  El sentimiento empezaba a invadir la escena.  Además, en Moratín, lo sentimental y divertido (lo agradable) no cancela la inteligencia o las ideas. 
   La comedia moratiniana no muere con el siglo XVIII sino que da la fórmula para el teatro del futuro, aun a despecho del romanticismo español.  La comedia neoclásica es teatro a base de palabras, con mínima peripecia argumental y predominio de los caracteres sobre la acción.  Se excluye en su teatro el uso de apariencias espectaculares y tramoyas escénicas (o sea, es teatro moderno, como lo conocemos hoy día).  El teatro de Moratín es el teatro del futuro.  Saca Moratín por primera vez al teatro los tipos de la España nueva (burguesa) y de la nueva Europa.  Trata además problemas de la época como el motivo de la libertad matrimonial y el problema de la educación de las mujeres.  Inventa además un nuevo héroe, el burgués, que logra dominar sus impulsos (lo opuesto del héroe aristocrático--apasionado e impulsivo--del Barroco o del Romanticismo) y someter sus pasiones a la razón, ya que la naturaleza humana no es sólo instinto sino razón, la cual funciona dentro del marco de le legalidad y lo socialmente aceptable (todo lo opuesto del héroe clásico, barroco o romántico). 
   Moratín no se sintió atraído por la tragedia, género dramático que menosprecia por pintar a los hombres en forma abstracta, como la imaginación supone que pudieron o debieron ser.  Por eso la tragedia busca sus personajes en naciones y siglos remotos.  La comedia para Moratín pinta a los hombres como son, imita las costumbres nacionales y existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes de la vida doméstica, de todo lo cual el dramaturgo forma una fábula verosímil, instructiva y agradable.  Imitando, pues, de tan cerca a la naturaleza, no es de admirar que hablen en prosa los personajes cómicos.  El dramaturgo debe exponer a los ojos del espectador las costumbres populares que hoy existen, no las que pasaron ya; las nacionales, no las extranjeras; y de esta imitación, dispuesta con inteligencia, resultan necesariamente la instrucción y el placer. 
   Teoría dramática de Moratín (Discurso preliminar):  La comedia debe ser una imitación verosímil de la realidad, consistente en sucesos de lo que ocurre ordinariamente en la vida civil entre personas particulares.  Para apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza.  Debe buscar en la clase media de la sociedad  los argumentos, los personajes, los caracteres, las pasiones y el estilo en que debe expresarlos.  No usurpe a la tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores heroicos.  No debe pintar en privados individuos delitos atroces que por fortuna no son comunes.  No debe seguir el gusto depravado de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el interés por medio de acciones absurdas.  Para expresar lingüísticamente este mundo verosímil y cotidiano, la prosa es el mejor vehículo; y si se escribe en verso, no deben usarse ni las quintillas, ni las décimas, ni las estrofas líricas, ni el soneto, ni los endecasílabos: sólo el romance octosílabo y las redondillas se acercan a la sencillez, que debe caracterizar el lenguaje de la comedia. 
   Moratín encarece el exacto cumplimiento de las unidades.  Para él, la comedia poseía muchísima gravedad.  Era la clave central, la piedra maestra de la regeneración moral del país; y en la observancia de las reglas, vía única de la perfección, no podía permitirse el más leve pecado.  Jamás se extinguiría en él el amor al teatro. 
   La actividad dramática de Moratín se limitó, después de El sí de las niñas, a dos traducciones—o adaptaciones—de Molière: La escuela de los maridos y El médico a palos.  Hizo también Moratín una famosa traducción del Hamlet de Shakespeare.  Durante su estancia en Inglaterra tuvo ocasión de asistir a frecuentes representaciones shakespearianas.  Trabajo en Hamlet de 1792 a 1794 y la publicó, con un prólogo y notas, en 1798.  El crítico Alfonso Par (Shakespeare en la literatura española, vol. 1 [Madrid-Barcelona, 1935] 114) asegura que en toda Europa no se había realizado trabajo igual al de Moratín por aquella fecha.  En Francia no aparecen versiones fieles hasta 1821 con Guizot; en Italia con las de Leoni en los mismos años.  Sólo Alemania tomó la delantera con las versiones de Wieland y Eschenburg, aunque la traducción tipo, la de A. W. Schlegel, de 1798, tampoco es anterior a la española.  No obstante, Moratín aplicaba al Hamlet la regla de su credo neoclásico.  Moratín no gustaba de las escenas de espectros, apariciones y sepultureros que aparecen en Hamlet y las cuales llama «intempestivas y soeces». 
 

Molière

Lafontaine

 

Goya

 

Meléndez Valdés

Ramón de la Cruz



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LEANDRO FERNÁNDEZ DE MORATÍN. 
 

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Última revisión: 25 de enero de 2003

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