Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla:

Creación de
A. Robert Lauer
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Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla
(1731-1794)

     Ramón de la Cruz es el más famoso, fecundo y popular de los autores dramáticos del siglo XVIII.  Para los críticos «nacionalistas», Ramón de la Cruz era exponente genuino de la dramática tradicional y del teatro popular y castizo.  No obstante, se le ha visto como pintor superficial del más intrascendente costumbrismo. 
     Don Ramón de la Cruz Cano y Olmedilla nació en Madrid el 28 de marzo de 1731.  Estudió humanidades y quizá jurisprudencia, aunque no consta que terminara carrera alguna.  Pasó toda su vida como empleado en la Contaduría de penas de Cámara y gastos de Justicia, donde ingresó como oficial tercero en 1759.  Hasta 1771 no consiguió ascender a oficial primero.  Gozó de la amistad y protección del Duque de Alba y de la Condesa de Benavente, en cuya casa murió el 5 de marzo de 1794, a los 63 años de edad.  La Condesa de Benavente otorgó a la viuda e hija del escritor una pensión, que recibieron hasta su muerte.
     Ramón de la Cruz tradujo y arregló del italiano y del francés un buen número de tragedias, comedias y zarzuelas.  Tradujo también el Hamlet shakespeariano de una traducción francesa con el título de Hamleto, rey de Dinamarca.  Transformó en zarzuelas algunas óperas italianas.  También intentó en 1768 una zarzuela, Briseida.  Escribió a la vez gran cantidad de loas, introducciones, intermedios, fines de fiesta, obras de circunstancias y obras de encargo. 
     Ramón de la Cruz había profesado en un comienzo ideas neoclásicas sobre la dramática y hasta llegó a escribir contra los sainetes, a los que califica de «lastimoso espectáculo», así como a las tonadillas.  Sin embargo, muy pronto se olvidó de sus convicciones neoclásicas para entregarse de lleno al cultivo de aquellos géneros populares que había denostado.  A ellos debe su fama.
     El sainete es la forma dieciochesca del entremés tradicional, y en sustancia no se diferencia de él.  Es pieza en un acto, de carácter cómico y popular.  Por lo común no se representaba independientemente sino intercalado entre los actos de una obra extensa o como fin de fiesta de otra obra cualquiera.  A su vez, los sainetes incluían diversos intermedios musicales, las tonadillas, que se cantaban y bailaban, y que casi nunca faltaban al final de una obra.
     Aparentemente, los sainetes de Ramón de la Cruz se escribieron contando muy de cerca con los actores que los habían de representar, para los cuales se adaptaban las circunstancias incluso físicas de los personajes y, descontado, los chistes y gestos, situaciones y actitudes, en que aquellos actores sobresalían. 
     Ramón de la Cruz concede gran importancia al aspecto visual de sus obras, influido sin duda por el afán espectacular que distingue al teatro popular de la época, y varía la escena con frecuentes cambios.  Hay mucho movimiento y variedad de los grupos.  Los sainetes de Ramón de la Cruz son manifestación ejemplar del tradicional realismo español.  Según el autor, los sainetes son «pintura exacta de la vida civil y de las costumbres de los españoles» de la época de Carlos III.  Sin embargo, Cruz no capta la realidad sino una sola vertiente, la de sus aspectos más pintorescos, el costumbrismo colorista y popular.  Sus gentes se reducen a la clase baja y algo de la media, y siempre están vistas desde sus ángulos cómicos, con técnica caricaturesca, para producir a la vez la risa del espectador y la denuncia moralizadora.  No se retrata, pues, una sociedad completa, sino sólo una parte y con óptica deformada.  Queda en cambio por decidir la densidad de la sátira y de la intención moralizadora del autor.  Sería absurdo alinear a don Ramón de la Cruz entre los inquietos reformadores de su tiempo ya que su moral y su concepto de las cosas es llanamente tradicional.  En efecto, Cruz no parece tener dudas sobre los cimientos de la sociedad en que vive, cuyo orden jerárquico reverencia.  Ha que notar que en muchos de sus sainetes se pretende ridiculizar a los que se proponen audacias fuera de su clase. 
     Los personajes que ataca Cruz en sus superficiales farsas satíricas son: médicos incapaces, abogados charlatanes, peluqueros y modistas afrancesados, gente cursi, abates mujeriegos, artesanos perezosos, beatas hipócritas, mercaderes ladrones, lacayos tramposos, enfermos de aprensión, esposas dengosas, viejos verdes, alcaldes y alguaciles reformadores, maridos asfixiados por la tiranía conyugal, etc.  El panorama no es nuevo pero sí es eterno.  El sainetero usa a sus «títeres» para hacer reír al espectador, casi siempre sin más consecuencias. Usa también el verso romance asonantado hasta el fastidio.  Lo único que hace soportable a los sainetes es la variedad de personajes y la agilidad del diálogo. 
     Consta pensar que los sainetes provocaban las iras de los reformadores ilustrados.  La índole popular y cómica del sainete, sobre todo los números cantables y bailables, estimulaban la desenvoltura de las actrices, según ellos.  Sin embargo, la mayoría de los espectadores que acudían al teatro soportaban a duras penas la comedia básica del espectáculo en espera de los movidos minutos de los sainetes y fines de fiesta, que eran todo cuanto les apetecía contemplar.  En efecto, las abundantes censuras de estas obras sugieren que las actrices no siempre se comportaban con la modestia conveniente. 
     El mundo que Cruz retrata es una sociedad pintoresca de majas, artesanos, petimetres, damiselas, desocupados y vividores.  Es también idéntico este mundo al que Goya llevó a sus cartones y tapices (aunque no a sus Caprichos).
     Los ilustrados, sobre todo Moratín y Tomás de Iriarte, hicieron blanco a Ramón de la Cruz de incesantes ataques contra su teatro popular y costumbrista, el cual consideraban inmoral.  Este juicio negativo, obviamente, contrastaba con la finalidad moralizadora de las obras ilustradas.  Leandro Fenández de Moratín opinó que Cruz «perdió de vista muchas veces el fin moral que debiera haber dado a sus pequeñas fábulas; prestó al vicio (y aun a los delitos) un colorido tan halagüeño, que hizo aparecer como donaires y travesuras aquellas acciones que desaprueban el pudor y la virtud, y castigan con severidad las leyes».  Para los ilustrados, los sainetes de Cruz no eran sino una exhibición de gentes desvergonzadas, maridos tolerantes y mujeres chulas y andariegas.  Sin embargo, eran popularísimas estas obras.  Contrastaban estos sainetes paródicos con la tragedia que los neoclásicos deseaban aclimatar.  El Manolo, tragedia para reír o sainete para llorar, en campanudos endecasílabos, es un buen ejemplo de esto.
 

El barrio de Lavapiés (Madrid)

Tapices de Goya:


La maja y los embozados o El paseo de Andalucía (1777) [Prado]

El majo de la guitarra (1780) [Prado]

Las lavanderas (1779) [Winterhur, Suiza]

La novillada (1779-80) [Prado]
 


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TOMÁS DE IRIARTE:

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Última revisión: 13 de marzo de 2003


 
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