Diego de Torres Villarroel
(1694-1770)

Creación de
A. Robert Lauer
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Diego de Torres Villarroel
(1694-1770)

     El siglo XVIII no se caracteriza por su riqueza en los géneros de creación.  Por lo tanto, no es de extrañar que tampoco muestre particular abundancia en la novela.  El siglo XVII había dado en español la mayor novela del mundo: el Quijote, y un género de incomparable magnitud: la novela picaresca.  Pero el primero no era libro para imitar; era un modelo demasiado grande para engendrar fácil descendencia.  El segundo había concluido su trayectoria y agotado sus posibilidades; era difícil prolongarla sin riesgo de amaneramiento y repetición.  Sólo podía fructificar transplantada, que es lo que sucedió.
     En el siglo XVIII la novela no era todavía el género popular que el teatro había llegado a ser.  Los logros novelísticos habían sido cumbres aisladas.  Durante la primera mitad del siglo XVIII no existía ninguna novela válida en ninguna parte; sólo durante la segunda mitad del siglo se inicia un ascenso en Inglaterra y Francia, preparando el florecimiento del género, que no había de lograrse hasta el siglo XIX, que es el siglo de la novela.  En España, el género literario dedicado a la diversión popular y al recreo imaginativo era el teatro, incluso el teatro para leer.  La gente leía teatro, y también romances, y vidas de santos o de bandoleros sacadas de las comedias.  Por eso fueron tan abundantes las ediciones de comedias en impresiones populares.  Pedirle novela al siglo XVIII, sobre todo en su primera mitad, sería un anacronismo casi tan grave como pedirle cine.
     Tan sólo dos escritores, el padre José Francisco de Isla (1703-1781) y Diego de Torres y Villarroel (1694-1770) escribieron libros de relativa andadura novelesca, pero cuya finalidad esencial es la sátira doctrinal o el cuadro de costumbres de intención igualmente satírica.  Aun en los momentos de predominio narrativo, la preocupación doctrinal o satírica ahoga el relato.
 

El padre José Francisco de Isla

Diego de Torres y Villarroel

     Siempre podrá decirse que en la literatura española setecentista faltó el genio capaz de pensar en la novela como género moderno, portador de inmensas posibilidades; ingleses y franceses lo habían de descubrir después y adelantándose en él.  Sin embargo, fue el exceso de teatro, representado y leído, el que hizo que en España no se echara de menos la literatura propiamente narrativa. 
     La biografía de Torres, que él mismo escribió, y que es el único libro de los suyos que suele leerse, ha contribuido a forjar una arbitraria imagen de este autor como pícaro y estrafalario.  Torres Villarroel ha sido definido como mero epígono de la gran novela picaresca, de la cual—se dice—vivió y escribió el último capítulo.  El escritor Juan Valera dijo de la Vida de Torres que «puede considerarse como una novela picaresca, sin maldad que mancille la honra del héroe».  El crítico Entrambasaguas afirma que es «la última novela picaresca de nuestra literatura».  Valbuena Prat cierra su volumen dedicado a La novela picaresca española con la Vida de Torres Villarroel, después de haber afirmado en la Introducción que «es nuestra última novela picaresca en la Península». 
     Diego de Torres Villarroel nació en Salamanca en 1694 (fue bautizado el 18 de junio de ese año).  Su padre era librero.  Después de aprender las primeras letras pasó a estudiar latín en el pupilaje de don Juan González de Dios, que fue luego catedrático de Humanidades en la Universidad de Salamanca.  Tres años más tarde ganó por oposición una beca en el Colegio Trilingüe, donde emprendió «estudios mayores».  En su autobiografía el autor se complace en describir las travesuras de su vida estudiantil, a lo largo de las tres citadas etapas, que al cabo le convirtieron en «gran danzante, buen toreador, mediano músico y refinado y atrevido truhán».  Los «delitos» del joven estudiante consistían en faltar a clase todo lo posible, pelear con sus condiscípulos, hurtar comida en la despensa del colegio», etc.  Aparentemente Torres debió de tener grandes dotes para el histrionismo.  Leyó, sin embargo, por su cuenta y al azar bastantes libros de la tienda de su padre y comenzó a interesarse por las matemáticas y la astrología, leyendo el Astrolabium, un tratado de la esfera, del padre Cristoforo Clavio(1537-1612).
     A poco de salir del colegio hizo una escapada muy a lo picaresco que lo llevó a Portugal.  Aquí termina toda la parte «picaresca» de la vida de Villarroel.  Al volver con sus padres devora libros de filosofía natural, mágica y matemáticas.  Publica entonces sus obras—Almanaques y Pronósticos anuales—bajo  el seudónimo de El gran Piscator de Salamanca.  La aparición de los Almanaques y Pronósticos anuales provocó una actitud general de hostilidad y recelo.  Sin embargo, en el Almanaque de 1724, pronosticó Torres, y acertó, la muerte del joven rey Luis I, que falleció efectivamente aquel mismo año. 


Don Luis I de Borbón

     Por instigación de su padre, que solicitó para su hijo una capellanía en la parroquia de San Martín de Salamanca, decidió Torres ordenarse de subdiácono.  No obstante, sólo a los 52 años de edad decidió ordenarse de sacerdote. 
     Por su cuenta, Torres solicitó el nombramiento de sustituto de la cátedra de Matemáticas de Salamanca que había estado «sin maestro treinta años y sin enseñanza más de ciento cincuenta».  Obtuvo el puesto y enseñó durante dos años a buen número de discípulos.  Llegó en un momento a ser Vicerrector de la Universidad.  Sin embargo, se determina después salir de Salamanca y buscar «mejor opinión» en Madrid.  Ahí llegó a conocer a la Condesa de Arcos, en cuyo palacio aparentemente había fantasmas.  Un sacerdote recomendó a Torres como especialista en esta materia y, subsiguientemente, Torres, armado de una espada, trató de descubrir el misterio.  No obstante, después de 11 noches, los fantasmas causaron tan grande susto que la condesa decidió abandonar el palacio.  No obstante, agradecida por el esfuerzo de Torres, la condesa le permitió un puesto en su casa, a cama y mantel, donde vivió el salmantino durante dos años leyendo y estudiando lo que le apetecía. 
     Torres decidió volver a Salamanca para opositar a la cátedra de Matemáticas.  Ganó la oposición por 64 votos contra 3 y 3 abstenciones.  Torres, despreciado y satirizado por quienes profesaban de graves, disfrutaba, sin embargo, de una enorme popularidad entre la masa del público que compraba y leía vorazmente sus Almanaques.  A la vez, no era solamente la gente del pueblo la que tributaba a Torres su admiración.  Quizá ningún escritor de su tiempo tuvo tal acceso con personas de elevada condición y sobre todo con la nobleza. 
     En 1742 publicó Torres los cuatro primeros «Trozos» de su Vida, de la que se hicieron 5 ediciones aquel mismo año: tres legales y tres furtivas. 
     Torres solicitó un diaconato en febrero de 1754, y un mes más tarde se ordenaba de presbítero en Salamanca, cumplidos ya los 52 años de edad y a los 30 de haberse ordenado de subdiácono.  Torres confesó que había dilatado siempre esta decisión porque nunca se había sentido digno del sacerdocio ni capaz de conducirse con la dignidad que exigía tal ministerio.  En 1750, después de 24 años de cátedra, Torres pidió su jubilación universitaria antes del tiempo legal.  Aunque la Universidad de Salamanca se negó a jubilarlo (no había podido despedirlo antes), el rey Fernando VI concedió por real decreto la jubilación.
     En 1752 se publicó la primera edición completa de las Obras de Torres impresa durante su vida.  La edición se hizo por suscripción pública (primera ocasión en que esto sucedía).  La suscripción fue encabezada por el rey Fernando VI y la reina madre Isabel Farnesio, el cardenal infante don Luis Antonio, el Marqués de la Ensenada, lo más destacado de la nobleza, bibliotecas de universidades, colegios mayores, principales comunidades del reino y multitud de religiosos y particulares.  Tan sólo faltó en la lista la Universidad de Salamanca. 

Fernando VI

Isabel Farnesio

El infante Luis Antonio Jaime de Borbón (1727-1785)

 

 
 
 
 
 


 

El Marqués de la Ensenada







 

     Después de la jubilación siguió Torres trabajando en diversas comisiones de la Universidad.  Todavía asistía a los Claustros en 1769.  Murió, probablemente de apoplejía, el 19 de junio de 1770, a los 77 años de edad, en el Palacio de Monterrey de Salamanca, donde ocupaba desde hacía bastantes años varias habitaciones que la Duquesa de Alba había puesto a su disposición. La Universidad de Salamanca tardó 4 años en celebrar las honras fúnebres de don Diego.
 

El Palacio de Monterrey

La Universidad de Salamanca

     Diego de Torres Villarroel se describe a sí mismo de carne sólida, alto, de pelo rubio, ojos azules y pequeños, de nariz abierta, dientes cabales, y bien parecido, con más catadura de alemán que de castellano o extremeño.  Su retrato moral es el siguiente: era regularmente apacible, de trato sosegado, humilde con los superiores, afable con los pequeños, desahogado con los iguales.  En las conversaciones hablaba poco, quedo y moderado.  Le gustaba la compañía de todos, salvo los embusteros, los presumidos y los porfiados.  Pasaba  la vida dichosamente entretenido.  Trataba a sus criados como compañeros y amigos.  Jamás riñó con ellos.  Comía con ellos un mismo guisado y un mismo pan.  Servía más que mandaba.  No conocía el miedo.  Tenía mucha confianza en Dios.  Sólo sentía temor, susto, asco, enojo y fastidio por los hipócritas, los avaros, los alguaciles, muchos médicos, algunos letrados y todos los comadrones. 
     Posiblemente sea Torres Villarroel el primer escritor español que logró vivir desahogadamente y hasta con lujo del solo producto de su pluma.  Además del sueldo de la Universidad de Salamanca, disfrutaba de varias capellanías y recibía muchos regalos en especie de los nobles cuyas fincas administraba, sin contar con que vivió gratuitamente largos años en el Palacio de Monterrey.  En 20 años de escritor recibió más de 2,000 ducados cada año. Sus libros tuvieron una aceptación popular nunca conocida. 
     Fue un pícaro arquetípico y un personaje estrafalario.  Sin embargo, se piensa que su visión de la vida es algo pesimista e implacablemente satírica.  Era incapaz de cualquier ingenua idealización.  No obstante, la vida real de Torres era la de un acomodado burgués, protegido y estimado por los nobles, conocedor de la más alta popularidad que ningún otro escritor de su siglo hubiera conquistado.  Para el crítico Juan Marichal, la Vida de Torres es el arquetipo de una «autobiografía burguesa».  El siglo XVIII, sobre todo en su segunda mitad, fue la época clásica de la autobiografía, cuyo tema preferente era «el ascenso social y económico de un hombre originalmente oscuro».  El móvil de semejantes autobiografías es el relato de ese ascenso y resulta forzosamente distinto al de las vidas posteriores de tipo penitencial.  El burgués es el hombre que no posee más que su tiempo, y que en consecuencia trata de venderlo.  El burgués-escritor considera lógicamente sus libros como objetos de comercio.  Y Torres sabe muy bien cómo vender su tiempo y escribir libros como objetos vendibles.  Torres quiere echárselas de tunante para inquietar a los cofrades universitarios y, al mismo tiempo, ganar prestigio de hombre sabio, decoroso y experimentado.  Su relato está vaciado en los moldes picarescos pero en efecto versa sobre una vida (burguesa) de bien de la cual se jacta.  El único elemento «picaresco» de su Vida es el «tono» picaresco y bufonesco. 
     Para Russell P. Sebold, la vida de Torres es de carácter bifronte (de dos caras): es un tejido de contrastes u oposiciones entre la más rebajada modestia y la orgullosa exhibición de su importancia, entre la gravedad y la travesura, el mayor desinterés y el afán de ganar dinero, el deseo de gloria póstuma y el desprecio por la opinión ajena.  Tiene conciencia de su existir sólo como contradicción.  Vive en contradicción consigo mismo.  Lo único que puede contar de sí son las contradicciones que pasan por su ser.  Es un histrión (como el «Mephisto» de Istvan Szabo).  En la literatura española no existían sino las autobiografías ficticias de los pícaros y las biografías o autobiografías de los santos, frailes o monjas.  Para componer la historia de un hombre común había que salvar la distancia entre aquellas dos formas, pero sin abandonar ninguna de las dos, únicos modelos estilísticos de que se disponía.  La originalidad artística de Torres consistió en la ingeniosa acomodación a nuevos fines de formas y estilos existentes, pasando de uno a otro o fundiéndolos, saltando de la biografía del fraile a la del ahorcado; de aquí la ambivalencia ascético-picaresca de su libro.
     Sin embargo, Juan Luis Alborg piensa que Torres se sirve de la bufonada y el autodesprecio como defensa contra sus enemigos.  Por eso exagera lo picaresco.  Sentía a la vez hondo desprecio por la vana ciencia, la hinchada petulancia, la sucia hipocresía de los otros, que no tenían dudas de su imaginaria sabiduría, y eran por esto mucho más necios y despreciables que él, que comenzaba ya a ser sabio por el solo hecho de conocer y proclamar abiertamente sus debilidades e ignorancias.  La superioridad de Torres, es decir, el nivel desde el cual dispara implacablemente sobre el desierto científico de su época, no se basa en su propia altura, sino en la baja calidad de los demás; por eso puede atacarles sin dejar de reírse de sí mismo y sentirse al mismo tiempo superior.  Nadie más preocupado de sí ni más codicioso de su propia fama y nombre que Torres; nada, por tanto, más alejado de la actitud picaresca.  Lo picaresco es en Torres Villarroel una estrategia de combate, una cortina de humo tras de la cual ataca y se defiende en igual medida.
     Sus escritos a la vez no fueron escritos con la premura y descuido que nos cuenta.  Torres fue un tremendo y consciente profesional de la literatura.  Torres trabaja y elabora desesperadamente su prosa para darle la apetecida sensación de flexibilidad y desenfado, como un curtidor que adoba el duro cuero hasta amansarlo en la blanda piel de un guante.  Se le nota a Torres el esfuerzo y el artificio para ser natural.  La prosa de Torres es un prodigio de riqueza verbal, de esfuerzo estilístico, de trabada textura de conceptos, de sonoridad y ritmo en la cláusula.  Ser ágil y nunca enfadoso fue la constante preocupación de Torres al escribir: «Yo deseo hablar claro con todos y en todo».  Segura Covarsí ve dos variantes estilísticas que corresponden a dos épocas diferentes de este autor: una afectada, un poco retórica, de sintaxis complicada y vocabulario abundante, rica en palabras castizas rebuscadas; y otra donde el estilo es más sencillo y natural.
     Torres tenía el orgullo de haber escrito unas páginas en las que había vertido la confesión sincera de su personalidad y su concepto sobre los hombres y las cosas.  Tenía un fuerte sentido realista.  Era a la vez un hombre eminentemente social.  Le irritaba la necedad incomprensiva de quienes le tenían como bufón, por no entender, o haber olvidado, que la risa era tan necesaria como el pan y que podía también ser acueducto del provecho.  No sufrió Torres de ninguna angustia de índole religiosa ni tuvo contradicciones ascético-terrenales.  Fue un hombre mundano y muy de su siglo.



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Creación de
A. Robert Lauer
arlauer@ou.edu

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Última revisión: 12 de diciembre de 2006

 
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