Fray Luis de León:

(1527-1591)

Bibliografía

     Fray Luis de León nació en Belmonte, Cuenca (Castilla-La Mancha), en 1527.  Era el primogénito de 6 hijos: 4 varones y dos hembras.  Sus padres, Lope de León e Inés de Varela eran de ascendencia judía.  Su padre era abogado de la corte, a la cual seguía cada vez que se trasladaba.  Hizo sus primeros estudios en Madrid y Valladolid y pasó a los 14 años a la Universidad de Salamanca, donde estudió bajo los teólogos Melchor Cano (1509-1560) y Domingo de Soto.  Ingresó a la Orden de San Agustín, en la cual profesó en 1544.  Estudió también por breve tiempo en la Universidad de Alcalá de Henares y en la Universidad de Toledo, donde obtuvo el grado de bachiller en Teología (1558).  A sus 32 años se le confió su primera cátedra en la Universidad de Salamanca, donde se involucró en política universitaria, ya que había una gran rivalidad entre las órdenes religiosas que ocupaban los más importantes puestos de la Universidad.  Además, Fray Luis era de temperamento colérico.  Como consecuencia de sus malentendidos, sobre todo contra los dominicos, Fray Luis se hizo víctima de la Inquisición en 1572.  Se le acusaba de defender el texto hebreo del Viejo Testamenteo frente a las versiones latinas de la Vulgata y de haber efectuado una versión al castellano del Cantar de los cantares (para la monja Isabel Osorio, prima suya), a pesar de las prohibiciones del Concilio de Trento (1545-1563) de traducir los textos sagrados a un idioma vulgar.  El proceso inquisitorial se alargó por cinco años y Fray Luis estuvo preso en las cárceles de Valladolid (1572-1576).  Al fin se le declaró inocente y se le devolvió la cátedra.  Según una tradición discutida, sus primeras palabras al principio de clase, palabras de fórmula escolar, fueron Dicebamus hesterna die («Decíamos ayer. . .»).  Más tarde desempeñó dos cátedras más, de filosofía y de estudios bíblicos.  Murió en 1591.
     Fray Luis fue la figura más excelsa y el más exacto resumen del Segundo Renacimiento hispánico (1556-1598).  Hace una síntesis de todas sus corrientes: la herencia clásica, la influencia italiana, la sustancia española tradicional y el contenido religioso.  Fray Luis era de carácter intelectual fuerte y apasionado y anhelaba en su poesía la moderación, la armonía, el goce de la naturaleza y la paz, así como la vida contemplativa.  Tradujo a escritores clásicos como a Virgilio y Horacio, de quienes aprendió el sentido de proporción y medida, el sentimiento poético de la naturaleza y su afición a la vida retirada.  Las ideas platónicas suyas se ven en el anhelo de elevarse de la naturaleza a los supremos arquetipos de las cosas.  Del filósofo Pitágoras (Pythagoras, ca. 530 AC) sacó su concepto de la armonia del mundo natural.  Toda su obra poética está compuesta en metros italianos pero le fue ajeno el sentido pagano.
     Se considera que Fray Luis de León era demasiado intelectual para ser místico, aunque el crítico inglés Allison Peers (Studies of the Spanish Mystics, 1927) opina que «Alma región luciente» debe calificarse de mística.  Otro inglés, R. Trevor Davies (The Spanish Golden Age, 1944) coloca a Fray Luis en el tercer lugar de los místicos españoles, después de Santa Teresa y San Juan de la Cruz.  De las obras en prosa de Fray Luis de León, la más importante es De los nombres de Cristo, una obra compuesta en forma de diálogo donde tres frailes agustinos, Marcelo (Fray Luis), Sabino y Juliano conversan sobre los distintos nombres que dan a Cristo las Sagradas Escrituras: «Pimpollo», «Faces» o «Cara de Dios», «Camino», «Pastor», «Monte», «Padre del Siglo Futuro», «Brazos de Dios», «Rey de Dios», «Príncipe de Paz», «Esposo», «Hijo de Dios», «Amado», «Jesús» y «Cordero».  Primero se aducen los pasajes bíblicos en que aparece cada nombre y a continuación se exponen y discuten los problemas que cada nombre suscita.  Otras obras castellanas en prosa son el Cantar de cantares de Salomón (traducción y explicación) y la Exposición del libro de Job.  También escribió La perfecta casada, un manual de esposas, para su sobrina María Varela Osorio.  Su prosa es elaborada y exquisita y alcanza su ideal aquí de armonía y dulzura.
     Su obra en verso fue publicada por primera vez en Madrid en 1631, por el poeta Francisco de Quevedo.  Otras ediciones importantes son de Gregorio Mayáns y Siscar (1761), quien incluye una Vida del poeta; Jovellanos (siglo XVIII); el padre José M. Llobera (1932); el italiano Oreste Macrí  (Florencia, 1950); y el Padre Ángel Custodio Vega (1955). Hay versiones modernas de Juan Alcina (1986) y José Manuel Blecua (1990).
     El padre Vega agrupó la obra poética de Fray Luis en tres partes: 

  • Poesías originales
  • Traducciones profanas
  • Versiones de textos sagrados
     El estilo poético de Fray Luis es recortado y preciso, de gran concentración de pensamiento y de rapidez y movilidad de imágenes.  Se valió generalmente de la lira como forma métrica casi exclusiva.  La lira, introducida por Garcilaso de la Vega en la «Flor de Gnido», adquiere en Fray Luis su perfección.  Su base clásica es Horacio, de quien imita el anhelo de paz, el goce de la soledad en el retiro de la naturaleza, la serenidad (epicúrea y estoica), su amor a la dorada medianía (aurea mediocritas ["the golden mean" {v. Horacio, quinta línea de la oda décima del libro segundo <2.10.5>}]) y el desprecio por los honores públicos, la vana ambición y la codicia.  Hay también en su poesía un anhelo de romper la cárcel del cuerpo para que el alma triunfe en su vuelo hasta la morada de Dios.  En Fray Luis de León generalmente aparece el mar con sus tormentas pero nunca como elemento de belleza ni objeto de contemplación.  Aparece el cielo estrellado muchas veces como objeto de contemplación y motivo de contraste con el mundo terrestre.

Horacio (65-8 a. C.). Oda 2.10:

Rectius vives, Licini, neque altum
semper urgendo neque, dum procellas
cautus horrescis, nimium premendo
litus iniquum.

Auream quisquis mediocritatem
diligit, tutus caret obsoleti
sordibus tecti, caret invidenda
sobrius aula.

Saepius ventis agitatur ingens
pinus et celsae graviore casu
decidunt turres feriuntque summos
fulgura montis.

Sperat infestis, metuit secundis
alteram sortem bene praeparatum
pectus. Informis hiemes reducit
Iuppiter; idem

summovet. Non, si male nunc, et olim 
sic erit: quondam cithara tacentem
suscitat Musam neque semper arcum
tendit Apollo.

Rebus angustis animosus atque
fortis appare; sapienter idem
contrahes vento nimium secundo
turgida vela.

Acertarás más en la vida, Licinio, si no estás siempre
 aventurándote hacia alta mar y si no te acercas
 en exceso a la costa poco fiable por recelo
 y horror al temporal.

 Todo aquél que escoge la áurea moderación
 se siente amparado y preservado de la sordidez
 de un techo ruinoso, se siente alejado y preservado
 de la envidia que causa un palacio.

 Es más frecuente que los vientos agiten los pinos
 más altos, y que las torres elevadas caigan
 con más serias consecuencias, y que los rayos castiguen
 las cumbres de los montes.

 Un espíritu bien preparado espera
 un cambio de suerte en momentos adversos, lo teme
 en los propicios, si Júpiter es quien vuelve a traer
 los ingratos inviernos, él mismo
 hace que se alejen. No porque hoy vaya mal, en el futuro
 también habrá de pasar lo mismo: de vez en cuando despierta
 a la musa silenciosa con su cítara, que no sólo el arco
 sabe templar Apolo.

 En las dificultades muéstrate decidido
 y valiente. Igualmente, ten la sensatez
 de replegar velas cuando las hinche un viento
 demasiado favorable

     Hay sólo 28 poesías originales: I. Veinte liras, 17 de las cuales siguen la modalidad /a B a b B/ de cinco versos (núms. 1-14, 18, 19 y 20), una la modalidad /a B a B b c C/ de siete versos (núm. 15), una la modalidad /a B a B/ (núm. 16) de cuatro versos y una la modalidad /a B a b c C/ (núm. 22) de seis versos;  II. Una canción italiana (canzone) en estancias con la modalidad / a B C b A C c D E d E/; III. Una elegía en tercetos (A B A . . . Y Z Y Z); IV. Una falsa décima o copla real (dos quintillas independientes: /a b b a b; c d c c d/) [una décima sigue sólo esta escansión: /a b b a a c c d d c/) y V. Cinco sonetos de sólo una modalidad (A B B A; A B B A; C D E; C D E).  Hay a la vez tres épocas para sus poesías más importantes:

  1. Imitación de modelos clásicos: la oda VII: «Profecía del Tajo» (cf. Horacio 1.15); la primera oda (oda V) «A Felipe Ruiz» y la oda I: «Vida retirada», ésta última la poesía más popular de Fray Luis.
  2. Período de plenitud: Segunda oda (oda X) «A Felipe Ruiz», oda III: «A Francisco Salinas», la tercera oda (oda XII) «A Felipe Ruiz», la oda XIII: «Morada del cielo», oda XIX: «En la Ascención», oda XXII: «A Nuestra Señora».
  3. Traducciones de autores clásicos: las 10 églogas (poesía de pastores) de Virgilio y los dos primeros libros de las Geórgicas (Eng. Georgics [elogio de la vida agrícola]), 25 odas de Horacio, la Olímpica primera de Píndaro y fragmentos de Andrómaca de Eurípides.  De los libros sagrados, tradujo parte de los Salmos, el Libro de Job, Proverbios y El cantar de los cantares.
Otras clasificaciones (de Esteban Gutiérrez Díaz-Bernardo) son posibles, entre ellas las siguientes:
  1. Poemas «morales»: 1, 6, 9, 7, 11, 14, 17, 20, 20, 22, 23.
  2. Poemas épicos nacionales: 7, 20, 22.
  3. Poemas religiosos: 19, 20, 21.
  4. Poemas «místicos»: 3, oda 8, 10, 13 y 18.
Obsérvese a la vez el curioso poema núm. 4, de clasificación única: «Inspira nuevo canto» («Canción al nacimiento de la hija del marqués de Alcañices»), un genethliacus u oda astrológica de nacimiento (horóscopo).


Poesía:

ODAS:
Oda I: Vida retirada: «¡Qué descansada vida»; 
Oda III: A Francisco Salinas: «El aire se serena»;
Oda VII: Profecía del Tajo: «Folgaba el Rey Rodrigo»; 
Oda VIII: Noche serena: «Cuando contemplo el cielo»; 
Oda X: A Felipe Ruiz: ¿Cuándo será que pueda»; 
Oda XIII: Morada del cielo: «Alma región luciente»; 
Oda XIX: En la Ascención: «¡Y dejas, Pastor Santo»; 
Oda XXII: A Nuestra Señora: «Virgen que el sol más pura»; 
DÉCIMA:
Décima: Al salir de la cárcel: «Aquí la envidia y mentira».


Fray Luis de León: Oda I: Vida retirada

  ¡Qué descansada vida                                   a   (lira)
la del que huye el mundanal ruïdo                  B
y sigue la escondida                                        a
senda por donde han ido                                 b
los pocos sabios que en el mundo han sido!    B       5

  Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio moro, en jaspes sustentado.            10

  No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.                15

  ¿Qué presta a mi contento
si soy del vano dedo señalado,
si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas y mortal cuidado?               20

  ¡Oh campo, oh monte, oh río!
¡Oh secreto seguro deleitoso!
roto casi el navío,
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.                 25

  Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de quien la sangre ensalza o el dinero.          30

  Despiértenme las aves
con su cantar süave no aprendido,
no los cuidados graves
de que es siempre seguido
quien al ajeno abritrio está atenido.            35

  Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.               40

  Del monte en la ladera
por mi mano plantado tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto,
ya muestra en esperanza el fruto cierto.         45

  Y como codiciosa
de ver y acrecentar su hermosura,
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.              50

  Y luego sosegada
el paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo,
y con diversas flores va esparciendo.            55

  El aire el huerto orea,
y ofrece mil olores al sentido,
los árboles menea
con un manso ruïdo,
que del oro y del cetro pone olvido.             60

  Ténganse su tesoro
los que de un flaco leño se confían:
no es mío ver al lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el ábrego porfían.            65

  La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna; al cielo suena
confusa vocería,
y la mar enriquecen a porfía.                    70

  A mí una pobrecilla
mesa, de amable paz bien abastada
me baste, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.              75

  Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
en sed insacïable
del no durable mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.            80

  A la sombra tendido
de yedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce, acordado,
del plectro sabiamente meneado.                  85

***

Fray Luis de León: Oda III: A Francisco Salinas:

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,
en suerte y pensamientos se mejora;
el oro desconoce,
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca, engañadora.

Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.

Ve cómo el gran maestro,
aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado,
con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta;
y entrambas a porfía
se mezcla una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega
por un mar de dulzura, y finalmente
en él ansí se anega
que ningún accidente
estraño y peregrino oye o siente.

¡Oh, desmayo dichoso!
¡Oh, muerte que das vida! ¡Oh, dulce olvido!
¡Durase en tu reposo,
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos a quien amo
sobre todo tesoro;
que todo lo visible es triste lloro.

¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos
quedando a lo demás amortecidos!

***

Fray Luis de León: Oda VII: Profecía del Tajo:

Folgaba el Rey Rodrigo 
con la hermosa Cava en la ribera 
del Tajo, sin testigo; 
el río sacó fuera 
el pecho, y le habló desta manera: 

«En mal punto te goces, 
injusto forzador; que ya el sonido 
oyo, ya y las voces, 
las armas y el bramido 
de Marte, de furor y ardor ceñido. 

¡Ay! esa tu alegría 
qué llantos acarrea, y esa hermosa, 
que vio el sol en mal día, 
a España ¡ay cuán llorosa!, 
y al cetro de los Godos ¡cuán costosa! 

Llamas, dolores, guerras, 
muertes, asolamientos, fieros males 
entre tus brazos cierras, 
trabajos inmortales 
a ti y a tus vasallos naturales; 

a los que en Constantina 
rompen el fértil suelo, a los que baña 
el Ebro, a la vecina 
Sansueña, a Lusitaña: 
a toda la espaciosa y triste España. 

Ya dende Cádiz llama 
el injuriado Conde, a la venganza 
atento y no a la fama, 
la bárbara pujanza, 
en quien para tu daño no hay tardanza. 

Oye que al cielo toca 
con temeroso son la trompa fiera, 
que en África convoca 
el moro a la bandera 
que al aire desplegada va ligera. 

La lanza ya blandea 
el árabe crüel, y hiere el viento, 
llamando a la pelea; 
innumerable cuento 
de escuadras juntas veo en un momento. 

Cubre la gente el suelo, 
debajo de las velas desparece 
la mar; la voz al cielo 
confusa y varia crece; 
el polvo roba el día y le escurece. 

¡Ay!, que ya presurosos 
suben las largas naves. ¡Ay!, que tienden 
los brazos vigorosos 
a los remos, y encienden 
las mares espumosas por do hienden. 

El Éolo derecho 
hinche la vela en popa, y larga entrada 
por el Hercúleo Estrecho 
con la punta acerada 
el gran padre Neptuno da a la armada. 

¡Ay, triste! ¿y aun te tiene 
el mal dulce regazo? ¿Ni llamado 
al mal que sobreviene, 
no acorres? ¿Ocupado, 
no ves ya el puerto a Hércules sagrado? 

Acude, acorre, vuela, 
traspasa la alta sierra, ocupa el llano; 
no perdones la espuela, 
no des paz a la mano,
menea fulminando el hierro insano.» 

¡Ay, cuánto de fatiga, 
ay, cuánto de sudor está presente 
al que viste loriga, 
al infante valiente, 
a hombres y a caballos juntamente! 

Y tú, Betis divino, 
de sangre ajena y tuya amancillado, 
darás al mar vecino 
¡cuánto yelmo quebrado, 
cuánto cuerpo de nobles destrozado! 

El furibundo Marte 
cinco luces las haces desordena, 
igual a cada parte; 
la sexta, ¡ay!, te condena, 
¡oh, cara patria!, a bárbara cadena.

***

Fray Luis de León: Oda VIII: Noche serena

Cuando contemplo el cielo 
de innumerables luces adornado, 
y miro hacia el suelo 
de noche rodeado, 
en sueño y en olvido sepultado, 

el amor y la pena 
despiertan en mi pecho un ansia ardiente; 
despiden larga vena 
los ojos hechos fuente; 
Loarte y digo al fin con voz doliente: 

«Morada de grandeza, 
templo de claridad y hermosura, 
el alma, que a tu alteza 
nació, ¿qué desventura 
la tiene en esta cárcel baja, escura? 

¿Qué mortal desatino 
de la verdad aleja así el sentido, 
que, de tu bien divino 
olvidado, perdido 
sigue la vana sombra, el bien fingido? 

El hombre está entregado 
al sueño, de su suerte no cuidando; 
y, con paso callado, 
el cielo, vueltas dando, 
las horas del vivir le va hurtando. 

¡Oh, despertad, mortales! 
Mirad con atención en vuestro daño. 
Las almas inmortales, 
hechas a bien tamaño, 
¿podrán vivir de sombra y de engaño? 

¡Ay, levantad los ojos 
aquesta celestial eterna esfera! 
burlaréis los antojos 
de aquesa lisonjera 
vida, con cuanto teme y cuanto espera. 

¿Es más que un breve punto 
el bajo y torpe suelo, comparado 
con ese gran trasunto, 
do vive mejorado 
lo que es, lo que será, lo que ha pasado? 

Quien mira el gran concierto 
de aquestos resplandores eternales, 
su movimiento cierto 
sus pasos desiguales 
y en proporción concorde tan iguales; 

la luna cómo mueve 
la plateada rueda, y va en pos della 
la luz do el saber llueve, 
y la graciosa estrella 
de amor la sigue reluciente y bella; 

y cómo otro camino 
prosigue el sanguinoso Marte airado, 
y el Júpiter benino, 
de bienes mil cercado,
serena el cielo con su rayo amado; 

—rodéase en la cumbre 
Saturno, padre de los siglos de oro; 
tras él la muchedumbre 
del reluciente coro 
su luz va repartiendo y su tesoro—: 

¿quién es el que esto mira
y precia la bajeza de la tierra, 
y no gime y suspira 
y rompe lo que encierra 
el alma y destos bienes la destierra? 

Aquí vive el contento, 
aquí reina la paz; aquí, asentado 
en rico y alto asiento, 
está el Amor sagrado, 
de glorias y deleites rodeado. 

Inmensa hermosura 
aquí se muestra toda, y resplandece 
clarísima luz pura, 
que jamás anochece; 
eterna primavera aquí florece. 

¡Oh campos verdaderos! 
¡Oh prados con verdad frescos y amenos! 
¡Riquísimos mineros! 
¡Oh deleitosos senos! 
¡Repuestos valles, de mil bienes llenos!»

***

Fray Luis de León: Oda X: A Felipe Ruiz

¿Cuándo será que pueda, 
libre desta prisión volar al cielo, 
Felipe, y en la rueda, 
que huye más del suelo, 
contemplar la verdad pura sin duelo? 

Allí a mi vida junto, 
en luz resplandeciente convertido, 
veré distinto y junto 
lo que es y lo que ha sido, 
y su principio propio y ascondido. 

Entonces veré cómo 
la soberana mano echó el cimiento 
tan a nivel y plomo, 
dó estable y firme asiento 
posee el pesadísimo elemento. 

Veré las inmortales 
columnas do la tierra está fundada; 
las lindes y señales 
con que a la mar hinchada 
la Providencia tiene aprisionada; 

por qué tiembla la tierra; 
por qué las hondas mares se embravecen, 
dó sale a mover guerra 
el cierzo, y por qué crecen 
las aguas del Océano y descrecen; 

de dó manan las fuentes; 
quién ceba y quién bastece de los ríos 
las perpetuas corrientes; 
de los helados fríos 
veré las causas, y de los estíos; 

las soberanas aguas 
del aire en la región quién las sostiene; 
de los rayos las fraguas, 
dó los tesoros tiene 
de nieve Dios, y el trueno dónde viene. 

¿No ves cuando acontece 
turbarse el aire todo en el verano? 
El día se ennegrece, 
sopla el gallego insano, 
y sube hasta el cielo el polvo vano; 

y entre las nubes mueve 
su carro Dios, ligero y reluciente; 
horrible son conmueve, 
relumbra fuego ardiente, 
treme la tierra, humíllase la gente; 

la lluvia baña el techo; 
invían largos ríos los collados;
su trabajo deshecho, 
los campos anegados, 
miran los labradores espantados. 

Y de allí levantado, 
veré los movimientos celestiales, 
ansí el arrebatado 
como los naturales, 
las causas de los hados, las señales. 

Quién rige las estrellas 
veré, y quién las enciende con hermosas 
y eficaces centellas; 
por qué están las dos Osas 
de bañarse en el mar siempre medrosas. 

Veré este fuego eterno, 
fuente de vida y luz, dó se mantiene; 
y por qué en el invierno 
tan presuroso viene, 
quien en las noches largas se detiene. 

Veré sin movimiento 
en la más alta esfera las moradas 
del gozo y del contento, 
de oro y luz labradas, 
de espíritus dichosos habitadas.

***

Fray Luis de León: Oda XIII: Morada del cielo:

Alma región luciente, 
prado de bienandanza, que ni al hielo 
ni con el rayo ardiente 
fallece; fértil suelo, 
producidor eterno de consuelo: 

de púrpura y de nieve 
florida, la cabeza coronado, 
y dulces pastos mueve, 
sin honda ni cayado, 
el Buen Pastor en ti su hato amado. 

Él va, y en pos dichosas 
le siguen sus ovejas, do las pace 
con inmortales rosas, 
con flor que siempre nace 
y cuanto más se goza más renace. 

Y dentro a la montaña 
del alto bien las guía; ya en la vena 
del gozo fiel las baña, 
y les da mesa llena, 
pastor y pasto él solo, y suerte buena. 

Y de su esfera, cuando 
la cumbre toca, altísimo subido, 
el sol, él sesteando, 
de su hato ceñido, 
con dulce son deleita el santo oído. 

Toca el rabel sonoro, 
y el inmortal dulzor al alma pasa, 
con que envilece el oro, 
y ardiendo se traspasa 
y lanza en aquel bien libre de tasa. 

¡Oh, son! ¡Oh, voz!  Siquiera 
pequeña parte alguna decendiese 
en mi sentido, y fuera 
de sí la alma pusiese 
y toda en ti, ¡oh, Amor!, la convirtiese, 

conocería dónde 
sesteas, dulce Esposo, y, desatada 
de esta prisión adonde 
padece, a tu manada 
viviera junta, sin vagar errada.

***

Fray Luis de León: Oda XIX: En la Ascención

¿Y dejas, Pastor santo, 
tu grey en este valle hondo, escuro, 
con soledad y llanto; 
y tú, rompiendo el puro 
aire, ¿te vas al inmortal seguro? 

Los antes bienhadados, 
y los agora tristes y afligidos, 
a tus pechos criados, 
de ti desposeídos, 
¿a dó convertirán ya sus sentidos? 

¿Qué mirarán los ojos 
que vieron de tu rostro la hermosura, 
que no les sea enojos? 
Quien oyó tu dulzura, 
¿qué no tendrá por sordo y desventura? 

Aqueste mar turbado, 
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto 
al viento fiero, airado? 
Estando tú encubierto, 
¿qué norte guiará la nave al puerto? 

¡Ay!, nube, envidiosa 
aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas? 
¿Dó vuelas presurosa? 
¡Cuán rica tú te alejas! 
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

Fray Luis de León: Oda XXII: A Nuestra Señora

   Virgen, que el sol más pura,                           a  (estancia [stanza] sin coda)
gloria de los mortales, luz del cielo,                  B
en quien la piedad es cual la alteza:                  C
los ojos vuelve al suelo                                      b
y mira un miserable en cárcel dura,                  A
cercado de tinieblas y tristeza.                          C
Y si mayor bajeza                                              c
no conoce, ni igual, juicio humano,                   D
que el estado en que estoy por culpa ajena,       E
con poderosa mano                                            d
quiebra, Reina del cielo, esta cadena.                E

   Virgen, en cuyo seno 
halló la deidad digno reposo, 
do fue el rigor en dulce amor trocado: 
si blando al riguroso 
volviste, bien podrás volver sereno 
un corazón de nubes rodeado. 
Descubre el deseado 
rostro, que admira el cielo, el suelo adora: 
las nubes huirán, lucirá el día; 
tu luz, alta Señora, 
venza esta ciega y triste noche mía. 

   Virgen y madre junto, 
de tu Hacedor dichosa engendradora, 
a cuyos pechos floreció la vida: 
mira cómo empeora 
y crece mí dolor más cada punto; 
el odio cunde, la amistad se olvida; 
si no es de ti valida 
la justicia y verdad, que tú engendraste, 
¿adónde hallará seguro amparo? 
Y pues madre eres, baste 
para contigo el ver mi desamparo. 

   Virgen, del sol vestida, 
de luces eternales coronada, 
que huellas con divinos pies la Luna; 
envidia emponzoñada, 
engaño agudo, lengua fementida, 
odio crüel, poder sin ley ninguna, 
me hacen guerra a una; 
pues, contra un tal ejército maldito, 
¿cuál pobre y desarmado será parte, 
si tu nombre bendito, 
María, no se muestra por mi parte? 

   Virgen, por quien vencida 
llora su perdición la sierpe fiera,
su daño eterno, su burlado intento; 
miran de la ribera 
seguras muchas gentes mi caída, 
el agua violenta, el flaco aliento: 
los unos con contento, 
los otros con espanto; el más piadoso 
con lástima la inútil voz fatiga; 
yo, puesto en ti el lloroso 
rostro, cortando voy onda enemiga. 

   Virgen, del Padre Esposa, 
dulce Madre del Hijo, templo santo 
del inmortal Amor, del hombre escudo: 
no veo sino espanto; 
si miro la morada, es peligrosa; 
si la salida, incierta; el favor mudo, 
el enemigo crudo, 
desnuda, la verdad, muy proveída 
de armas y valedores la mentira. 
La miserable vida, 
sólo cuando me vuelvo a ti, respira. 

   Virgen, que al alto ruego 
no más humilde sí diste que honesto, 
en quien los cielos contemplar desean; 
como terrero puesto— 
los brazos presos, de los ojos ciego— 
a cien flechas estoy que me rodean, 
que en herirme se emplean; 
siento el dolor, mas no veo la mano; 
ni me es dado el huir ni el escudarme. 
Quiera tu soberano 
Hijo, Madre de amor, por ti librarme. 

   Virgen, lucero amado, 
en mar tempestuoso clara guía, 
a cuvo santo rayo calla el viento; 
mil olas a porfía 
hunden en el abismo un desarmado 
leño de vela y remo, que sin tiento 
el húmedo elemento 
corre; la noche carga, el aire truena; 
ya por el cielo va, ya el suelo toca; 
gime la rota antena; 
socorre, antes que emviste en dura roca. 

   Virgen, no enficionada 
de la común mancilla y mal primero, 
que al humano linaje contamina; 
bien sabes que en ti espero 
dende mi tierna edad; y, si malvada 
fuerza que me venció ha hecho indina 
de tu guarda divina 
mi vida pecadora, tu clemencia 
tanto mostrará más su bien crecido, 
cuanto es más la dolencia, 
y yo merezco menos ser valido. 

   Virgen, el dolor fiero                            a     (estancia [stanza] in completa)
añuda ya la lengua, y no consiente           B
que publique la voz cuanto desea;            C
mas oye tú al doliente                               b
ánimo, que contino a ti vocea.                  C

***

Fray Luis de León: Décima: Al salir de la cárcel

  Aquí la envidia y mentira     a         (falsa décima: dos quintillas con rimas independientes;
me tuvieron encerrado.           b          la verdadera décima tendría la siguiente escansión:
Dichoso el humilde estado      b          abbaa; ccddc)
del sabio que se retira             a
de aqueste mundo malvado,    b      5
y con pobre mesa y casa,         c
en el campo deleitoso             d
con sólo Dios se compasa,      c
y a solas su vida pasa,             c
ni envidiado ni envidioso.      d    10


Creación de 
A. Robert Lauer

<arlauer@ou.edu>
Última actualización:
13 de febrero de 2016