Garcilaso de la Vega 
(1501-1536):

Bibliografía

     Garcilaso de la Vega nació en Toledo en 1501 y era de familia noble.  Tomó parte en varias expediciones militares en la Isla de Rodas, en Grecia, contra los turcos; y en Francia en 1522.  Estuvo en Italia, en Bolonia.  Fue herido por los turcos en Túnez en 1534.  En Provenza se lanzó sin casco ni coraza al frente de sus soldados, fue herido en la cabeza por una piedra del enemigo y, subsiguientemente, murió pocos días después en Niza, Francia, en octubre de 1536, a los 35 años de edad.
     Garcilaso se casó en 1525 con doña Elena de Zúñiga, matrimonio que no le trajo la felicidad.  Un año después conoció a doña Isabel Freyre, dama portuguesa de la emperatriz Isabel de Avís (Casa de Portugal) de quien se enamoró perdidamente y que había de tener gran influencia en su obra poética.  Es la Elisa de sus versos.


Ticiano.  Isabel de Portugal (Casa de Avis), emperatriz y consorte de Carlos V. Museo del Prado (Madrid).

     Garcilaso de la Vega es, en lo humano, la más perfecta encarnación del ideal del cortesano renacentista, tal como lo había definido Castiglione.  Era hombre de gran atractivo personal, tanto por su aspecto físico como por su carácter, su inteligencia, y sus condiciones de hombre de mundo.  Fue la cabal fusión del hombre de armas y de letras (sapientia et fortitudo; a gentleman and a scholar).  Como escritor, realizó la obra poética que mayor trascendencia ha tenido en la lírica castellana.  Sabía a la perfección el griego, el latín, el italiano y el francés.  Hombre universal, vivió en su corta vida toda una carrera de amores, de heroísmos, de creación intensa, de acción real y de platónicos idealismos.

     Las obras poéticas de Garcilaso fueron publicadas por primera vez siete años después de su muerte, formando un IV libro en la edición barcelonesa de Boscán de 1543.  Sólo en 1569, después de 19 ediciones de la obra conjunta de los dos introductores del italianismo, se publicó en Salamanca la primera edición aparte de la obra poética de Garcilaso.  En 1574, el famoso catedrático de Retórica de Salamanca, Francisco Sánchez, el Brocense, publicó su primera edición anotada de las obras del toledano, convertido en un clásico indiscutible.  En 1580 publica Fernado de Herrera una nueva edición comentada. En 1622, el erudito toledano Tomás Tamayo de Vargas hace imprimir otra nueva edición comentada de Garcilaso.  Finalmente, en 1765, el diplomático aragonés Jose Nicolás de Azara publica su edición comentada de las obras del poeta de Toledo.  Tomás Navarro Tomás editó en 1911 las obras de Garcilaso, basándose en la de Herrera de 1580.  El hispanista hispanoamericano Hayward Keniston publicó en 1925 la primera edición crítica de las obras de Garcilaso. Elias L. Rivers publicó una nueva edición crítica en 1964, en Madrid y la Ohio State University (Columbus, Ohio). 

     A pesar de su enorme importancia, la obra poética de Garcilaso es de reducida extensión.  Consta de 3 églogas, 2 elegías, 1 epístola, 5 canciones, 38 sonetos y unas pocas composiciones breves a la manera tradicional.  Escribió también 3 odas en latín. Las tres églogas representan lo más perfecto de la poesía de Garcilaso.  Las tres fueron compuestas durante una estancia del poeta en Nápoles. 

     La égloga primera, sin embargo, fue escrita en segundo lugar.  Aquí intervienen dos pastores: Salicio, quien lamenta los desdenes de Galatea; y Nemoroso, quien llora la muerte de Elisa.  El poeta se desdobla en dos personajes: en el primero, encarna el despecho del enamorado que asedia a su amada infructuosamente; en el segundo, se resume la honda ternura producida por su pérdida ya definitiva.  Mediante un proceso de idealización, el poeta ha transformado la realidad, tal como tuvo lugar, en una creación de arte que eterniza los sucesos y los salva de su destrucción.  [Entwiste, BHS 2, 1925, dos etapas: la primera cuando Garcilaso se alejó de Toledo, dejando allí a Isabel Freyre; la segunda, al producirse la muerte de la dama portuguesa].  El sentimiento se va purificando y espiritualizando progresivamente hasta culminar en la melancólica esperanza con que sueña Nemoroso el amor entre los bienaventurados.  O sea, el poeta afirma su fe en una última realidad ideal, en un cielo poético por donde ella camina y en el que él espera acompañarla en un día sin fin, a su lado, salvada para siempre de todo lo caduco.  La égloga primera, según Rafael Lapesa [La trayectoria poética de Garcilaso], marca la más alta cima de la poesía garcilasiana.  Ninguna ha llegado a tan estrecha unión del sentimiento y la forma.  Los versos fluyen sueltos, límpidos.  Al terminar la égloga, creemos volver, como los pastores, de un sueño en que la belleza y el dolor se hubieran eternizado.

     La égloga segunda consta de dos partes: en la primera, el pastor Albanio refiere sus amores por Camila; y en la segunda, Nemoroso hace una apología, bajo forma alegórica, de la Casa de Alba.  Según Menéndez y Pelayo, Keniston, y Navarro-Tomas, Albanio representaría al duque de Alba y la égloga referiría sus amores con su esposa, doña María Enríquez.  Lapesa rechaza esta hipótesis tradicional y duda a la vez que Albanio pueda identificarse con el poeta (desdoblado).  Aquí, según él, Albanio encarnaría la pasión despesperada y Nemoroso la libertad conseguida tras dura lucha.  Queda la posibilidad de que Albanio sea el hermano menor del duque, don Bernardino de Toledo, muerto prematuramente, y que la obra, fundiendo lo pastoril y lo heroico, esté protagonizada por los dos varones de la casa de Alba: el duque, cantado como guerrero victorioso, y el joven, compadecido en sus desventuras de amor.

     La égloga tercera fue posiblemente la última composición escrita del poeta.  Describe un paisaje del Tajo, bellamente idealizado, al que acuden diversas ninfas que tejen en ricas telas algunas escenas mitológicas.  La égloga termina con un diálogo de los pastores Tirreno y Alcino, que cantan la belleza de Flerida y de Filis, a las que aman respectivamente.  Lapesa ha dicho que Garcilaso ha aprendido a refugiarse en el arte y que la égloga tercera es un camino para escapar de la realidad.  El sentimiento personal no posee ya la intensidad de la égloga primera.  La emoción se expresa en forma más convencional y en los versos de los pastores no hay recuerdos doloridos sino exclusivo deleite artístico.

     Los sonetos se desenvuelven por lo común en torno al tema del amor.  Merecen destacarse los que empiezan: «O dulces prendas, por mi mal halladas» (núm. 10), «Si quejas y lamentos pudieron tanto» (núm. 15), «En tanto que de rosa y azucena» (núm. 23), «Estoy contino en lágrimas bañado» (núm. 38), «Pensando quel camino iba derecho» (núm. 17), «De aquella vista pura y excelente» (núm. 8), «A Dafne ya los brazos le crecían» (núm. 13). El soneto 25 («¡Oh hado secutivo en mis dolores») aspira a la visión perdurable de la belleza femenil glorificada. Ver también los sonetos I, IV, XI, XIV, XXIX y XXXII.

     Entre sus 5 canciones sobresale la quinta (V), «Si de mi baja lira» («Ode ad florem Gnidi»), dirigida a doña Violante Sanseverino, dama hermosísima del barrio Nido de Nápoles, de quien se había enamorado su amigo Mario Galeota; como la dama se mostrase esquiva, Garcilaso trató de interesarla en favor de su amigo.  La palabra con que termina el primer verso, «si de mi baja lira», ha dado nombre a este tipo de estrofa, utilizadas entonces por primera vez en castellano. Ver también la canción III y la elegía II.


Anaxárate e Ifis.

     Temática: la obra de Garcilaso gira preferentemente en torno al amor.  La pasión inspirada por doña Isabel Freyre motivó los más bellos y sentidos versos del poeta, referidos a dos circunstancias principales: el casamiento y la muerte de Isabel.  Sentimiento también muy característico de Garcilaso, afin al amoroso, es el de la amistad.  Influencia de Petrarca: la pasión es profunda melancolía, delicada ternura, sutil análisis de los estados afectivos.  Motivos: el amor no correspondido, la muerte de la mujer amada.  Llega a la exaltación.  Su pasión fue auténtica.  Nunca antes de Garcilaso se había cantado el amor en español con tanta sinceridad, con elementos poéticos tan puros, tan equilibrados, tan perfectos, y tan conmovedores.  Por detrás de sus palabras hay un desgarro de emoción, un borboteo represado que algunos piensan supera a Petrarca.  Hay una infinita nostalgia y una dulce esperanza que late en el corazón del poeta.  Garcilaso infundió en su verso un hálito de emoción, un alma.  Inaugura la nueva sensibilidad en la poesía española y europea.  Hay una melancolía que nace del conflicto entre el ideal soñado y las impurezas y sinrazones de la realidad.  En la desventura de su amor, el poeta desea libertarse de una vergonzosa esclavitud y se debate entre la rebeldía y la aceptación.  Lo que predomina en sus versos es la actitud de estoica superioridad, esa firmeza que acepta el dolor con todas sus consecuencias como fatalidad ineludible.  Es un dolor pudoroso que quiere recatarse y que en muchas ocasiones se escuda bajo la máscara pastoril.  El poeta huye de la exageración.  Quiere objetividad, medida, equilibrio, estoica serenidad frente al dolor, estoica sumisión ante lo inevitable, sentimiento contenido y profundo, expresión sobria e inmóvil. 

     Al lado del amor, el sentimiento de la naturaleza llena los versos de Garcilaso, sobre todo en las églogas.  Es una naturaleza «a la Sannazaro», convencional, artificiosa, poéticamente estilizada.  la naturaleza es el modelo de toda perfección.  El paisaje de España, y más concretamente el de su Toledo natal, constituye el fondo de todas sus descripciones bucólicas, y en las orillas del Tajo.  El paisaje en sí mismo es ya materia de belleza, tema esencial, protagonista en la poesía de Garcilaso.

     Estilo:  La poesía de Garcilaso se caracteriza por su musicalidad, su elegancia, la suave cadencia de sus versos, la claridad, la selección de vocablos, la mesura y sobriedad, lejos de toda afectación y toda retórica. 

     Imitación: el número de versos derivados de todas sus fuentes constituye la cuarta parte del poema.  Pero Garcilaso no copia sino que reelabora, vivifida, recrea.  Según Menéndez Pidal, en «El lenguaje del siglo XVI», la norma lingüística de Garcilaso consiste en emplear términos no nuevos ni desusados de la gente, pero a la vez muy cortesanos y muy admitidos de los buenos oídos.  Es decir, naturalidad y selección: criterio bien diferente del de cultismo y afectación de Pierre Ronsard (1524-1585) y los franceses.  O en palabras de Isabel la Católica: «buen gusto».

     Dos rasgos que suelen destarcarse en la personalidad de Garcilaso son la ausencia de resonancias bélicas en su obra, a pesar de su carácter militar y de su intensa dedicación a la tarea de las armas.  El segundo es su carácter esencialmente laico.  Según Azorín (Los dos Luises y otros ensayos): «De todos los poetas españoles de los siglos XVI y XVII, Garcilaso es el único que no haya escrito ni un sólo verso de asunto religioso.  No estaba la poesía religiosa dentro de su temperamento».

     En su tiempo, se le consideró a Garcilaso como clásico, y tuvo sus comentaristas en el Brocense y Herrera.  Aun en su siglo, su poesía fue vuelta a lo divino por Sebastián de Córdoba en 1575, para convertir sus versos en materia cristiana y religiosa.  Se estudiaba a Garcilaso como se estudiaban a Homero y Virgilio.  La claridad de su poesía fue contrapuesta a la oscuridad de los poetas cultos como Góngora.  Fue propuesto como modelo de la poesía en el siglo XVIII por Azara.  En el XIX, Garcilaso afecta al poeta Bécquer y a los modernos: Pedro Salinas, Rafael Alberti, y José García Nieto.

Imitación, innovación y reescritura a lo divino:

Petrarca. Soneto 298:

   Quand'io mi volgo in dietro a mirar gli anni
c'hanno fuggendo i miei pensieri sparsi,
e spento'l foco, ove agghicciando io arsi
e finito il riposo pien d'affanni,
   rotta la fe de gli amorosi inganni,
e vol due parti d'ogni mio ben farsi,
l'una nel cielo, e Paîtra in terra starsi
e perduto il guadagno de' miei danni,
   i' mi riscuoto, e trovomi sí nudo,
ch'i porto invidia ad ogni estrema sorte:
tal cordoglio e paura ho di me stesso.
   O mia Stella, o fortuna, o fato, o morte,
o per me sempre dolce giorno e crudo,
come m'avete in basso stato messo!

Luis Rosales, Estudios sobre el Barroco (Madrid: Trotta, 1997) 59.

Garcilaso de la Vega.  Soneto 1:

   Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por do m'han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado;
   mas cuando del camino 'stó olvidado,
a tanto mal no sé por do he venido;
sé que me acabo, y más he yo sentido
ver acabar comigo mi cuidado.
   Yo acabaré, que me entregué sin arte
a quien sabrá perderme y acabarme
si quisiere, y aún sabrá querello;
   que pues mi voluntad puede matarme,
la suya, que no es tanto de mi parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?

Garcilaso de la Vega, Obra poética y textos en prosa, ed. B. Morros (Barcelona: Crítica, 1995) 12.

Sebastián de Córdoba. (1575):

   Quando me paro a contemplar mi estado
y a ver los passos por do me á traído,
hallo, según que anduve tan'perdido,
que uviera merecido ser juzgado;
   baxando de la gracia en baxo estado
estava de mis culpas tan herido
que quien me viera fuera conmovido
a me llamar, con lástima, "cuytado";
   Mas la esperança me entregó (sin arte)
a quien puede (mirándome) sanarme,
y cierto como puede es el querello,
   que pues la vida puso por librarme,
y él sólo puede darla por su parte,
pudiendo, ¿qué hará sino hazello?

Sebastián de Córdoba, Garcilaso a lo divino, ed. crítica de Glen R. Gale (Madrid: Castalia, 1971) 93.


Las églogas garcilasianas:

Tityrus y Meliboeus, en las Églogas de Virgilio (de David Ferry)

Égloga primera  de Garcilaso.  30 estancias.

Canción.  Dirigida a «Tú» (Don Pedro de Toledo, Virrey de Nápoles), receptor del poema.


Don Pedro Álvarez de Toledo
(1484-1553)
Virrey de Nápoles 

 
 

El reino de Nápoles en el siglo XVI

  1. Introducción a la égloga (estancias 1-3) [tres estancias].
  2. Introducción al primer canto (estancia 4) [una estancia].  Canto de Salicio, quien se queja del desdén de Galatea (estancias 5-16) [12 estancias].  Conclusión (estancia 17: 225-34).
  3. Introducción al segundo canto (estancia 17: 235-38).  Nemoroso llora la muerte de Elisa (estancias 18-29) [12 estancias].
  4. Conclusión de la voz poética (estancia 30) [una estancia].  «Anochece».

El mundo geocéntrico según Tolomeo (Ptolemy, AD 90-168)


Gérard de Lairesse (Bélgica: 1641-1711) 
Diana y Endimión (1680). Rijksmuseum, Ámsterdam, Países Bajos

Tema clásico de «Beatus ille»

Beatus ille qui procul negotiis,
ut prisca gens mortalium
paterna rura bobus exercet suis,
solutus omni fenore,
neque excitatur classico meles truci
neque horret iratum mare,
forumque vitat et superba civium
potentiorum limina. . . .

Horacio (Quintus Horatius Flaccus: 65-27 a. C.). Epodos 2.1.
 

Dichoso aquél que lejos de los negocios,
como la antigua raza de los hombres,
dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con sus propios bueyes,
libre de toda deuda,
y no se despierta como los soldados con el toque de diana amenazador,
ni tiene miedo a los ataques del mar,
que evita el foro y los soberbios palacios
de los ciudadanos poderosos. . . .

Horacio (Quintus Horatius Flaccus: 65-27 a. C.). Epodos 2.1.
 

Tema clásico de «carpe diem»

Tu ne quaesieris, scire nefas, quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. ut melius, quidquid erit, pati.
seu pluris hiemes seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, vina liques, et spatio brevi
spem longam reseces. dum loquimur, fugerit invida
aetas: carpe diem quam minimum credula postero.

Horacio (Quintus Horatius Flaccus: 65-27 a. C.). Odas 1.11.

Tú no pretendas sonsacar, Leuconoe, qué fin a mí o qué fin a ti
los dioses nos han deparado, ni practiques las cábalas
babilonias. ¡Cuánto mejor es soportar lo que venga,
tanto si Júpiter nos ha concedido más inviernos, como si es éste
el último que enerva al Mar Tirreno, con el parapeto de rocas!
Sé sabia, filtra el vino y, dada la brevedad de nuestro camino,
no abrigues largas esperanzas. Mientras hablamos, habrá huido
el envidioso tiempo. Cosecha la flor del día, sin fiarte lo más mínimo del mañana.

Horacio (Quintus Horatius Flaccus: 65-27 a. C.). Odas 1.11.

NB: La palabra égloga (eclogue) origina del griego eklege («selección» [poema corto]).  Teócrito (Theocritus: siglo III a. C) da origen a este tipo de poema, el cual es llamado «idilio» (del griego eidyllion > escena, pequeño cuadro [de pastores, se sobrentiende]).  Las églogas más famosas del mundo clásico son las Bucólicas (Bucolics, del griego ta bukolika > de pastores o vaqueros: 39-38 a. C) [en hexámetros dactílicos] de Virgilio (Virgil [Publius Vergilius Maro]: 79-19 a. C), las cuales son también de ambiente rústico o rural (la égloga 4, la del «Siglo de Oro», es famosa por su tono profético y mesiánico).  Las églogas de pescadores se llaman «églogas piscatorias».  Las más famosas son las de Jacopo Sannazaro (Nápoles: 1458-1630), Eclogae piscatoriae (1526).  Sannazaro es autor de la Arcadia (1480), un romance de pastores de gran éxito que influyó en otros poetas españoles y portugueses como Jorge de Montemayor (Coimbra: 1520-1561), autor de los Siete libros de la Diana (1559); Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares: 1547-1616), autor de La Galatea (1585); y Lope Félix de Vega Carpio (Madrid: 1562-1635), autor de La Arcadia (1598).  Sannazaro también influyó en poetas ingleses como Edmund Spenser (1552-1599), The Shepheardes Calender (1579) y Sir Philip Sidney, Primer Barón De L'Isle y Dudley (1554-1586), Countess of Pembroke's Arcadia (1580, pub. en 1590).  Las geórgicas (gr. georgos > campesino, agricultor, "de la tierra" < ge), en hexámetros, son sobre campesinos y se basan en las Geórgicas (Georgics: 29 a. C) de Virgilio. Las églogas consisten de versos amebeos (amoebaen verses) [del griego amoibe > cambio] <lo que en drama sería una esticomitia>, sugiriéndose así una competencia entre o debate de pastores.  Esto crea suspenso en una forma que sería de otra manera sólo narrativa.



Égloga segunda de Garcilaso:


Las Tres Gracias o Cárites:
Eufrósine (Júbilo), Talía (Festividades),  Aglaya (Belleza), 
hijas de Jupiter y Juno (o Eurínome)
Generalmente acompañana a los dioses Apolo, Minerva (Atena), Venus (Afrodita), Cupido (Eros) y Baco (Dionisio)
Cuadro de Rafael, 1503-1504, Museo Conde, Chantilly, Francia
 


«Musas bailando con Apolo», de Baldassare Peruzzi (Siena: 1481-1537)
LAS NUEVE MUSAS:

Calíope [poesía épica]; Euterpe [música y poesía lírica]; Clío [historia]; Érato [lírica y poesía erótica]; Melpómene [tragedia]; Polimnia [poesía sacra y geometría]; Terpsícore [danza]; Talía [comedia y poesía bucólica]; Urania [astronomía y astrología].


Las tres Parcas o Hadas (Cloto [Nona], Láquesis [Decima], Átropos [Morta])


Estructura poética (metro, número de versos, forma, hablante[s], tema) de la segunda égloga garcilasiana:
  1. Tercetos encadenados (YZYZ) [37 vv.]: Monólogo.  vv. 1-37: Albanio (fin).  Lamentación por la pérdida de Camila.
  2. Estancias (canzone) (39): Monólogo.  vv. 38-76: Salicio (cont.).  Celebración de la naturaleza («Beatus ille»). 
  3. Tercetos encadenados (261): Diálogo.  vv. 77-337: Salicio (cont.), Albanio (fin).  Albanio recuerda su vida anterior con Camila.  Caza salvaje de aves.  Deseos impuros de Albanio.
  4. Rima al mezzo (endecasílabos con rima interna) [48]: Diálogo.  vv. 338-385: Salicio, Albanio (fin).  Estrofa de transición.  Perlocución de Salicio (confesión).  Desesperación de Albanio. 
  5. Tercetos encadenados(YZYZ) [295]: Diálogo.  vv. 386-680: Salicio, Albanio (fin).  Albanio cuenta su historia. Pérdida de Camila. Quejas de Albanio.  Apelación a ninfas, bosques, natura.  Suicidio fracasado (la naturaleza no lo permite).  Deseo de soledad.
  6. Estancias (39): Diálogo.  vv. 681-719: Salicio, Albanio (fin).  Optimismo de Salicio.  Transición.
  7. Rima al mezzo (46): Monólogo.  vv. 720-765: Camila (fin).  Camila entra de caza.  Beatus ille.  Duerme.
  8. Tercetos encadenados (168): Diálogo de cuatro.  vv. 766-933: Albanio, Camila, Salicio (fin), Nemoroso.  Albanio descubre a Camila durmiendo.  La despierta.  Trata de hablar con ella pero ella logra huir de él.  Deseo de muerte de Albanio.  Intervención de Salicio y Nemoroso.  Empieza la locura de Albanio.
  9. Rima al mezzo (98): Diálogo de tres.  vv. 934-1031: Albanio, Nemoroso, Salicio (fin).  Albanio intenta suicidarse. Salicio y Nemoroso impiden que se suicide y lo atan.  Albanio se duerme.
  10. Tercetos encadenados (YZYZ) [97]: Diálogo.  vv. 1032-1128: Nemoroso (fin), Salicio.  Se habla de la cura de Albanio.  El río Tormes.  Severo en la tierra de Alba.  Nemoroso fue curado de amor por Severo. 
  11. Rima al mezzo (700): «Diálogo».  vv. 1129-1828: Salicio, Nemoroso (fin).  Invocación a las ninfas.  Elogio de la Casa de Alba:  Nemoroso narra cómo el río Tormes le mostró a Severo una urna de sucesos futuros de la casa de Alba [Don García Álvarez de Toledo, I Duque de Alba (m. 1430); Don Fadrique Álvarez de Toledo, II Duque de Alba (1460-1531); Don García, quien muere a los 23 años, y su esposa doña Beatriz de Pimentel, madre de Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1507-1582), III Duque de Alba [Boscán, ayo de Don Fernando], dones de los dioses Mercurio, Marte, Apolo, Venus,, Esculapio e Himeneo, quien le otorga a María Enríquez de Toledo, prima y esposa de Don Fernando, triunfos de Don Fernando en Francia, Alemania y Austria contra Solimán el Magnífico [Suleyman the Magnificent, Sultán del imperio Otomano turco], guerra internacional de flamencos, italianos, españoles y alemanes, vuelta a España por Barcelona, Aragón y Castilla.  Fin de la «lectura» de la urna.  El río Tormes se niega a seguir adelante, sin comentar el cometa Halley de 1531.  Fin de elogio y transición.
  12. Estancias (26): Monólogo.  vv. 1829-1854: Salicio (fin).  Salicio, Nemoroso (fin).  Salicio queda pasmado y no duda de la eficacia de la cura de Albanio, llevada a cabo en un cercano futuro por Severo.
  13. Tercetos (YZYZ) [31]: Diálogo.  vv. 1855-1885: Nemoroso (fin), Salicio.  Anochece.  Llevarán a Albanio a ver a Severo antes de que amanezca.  Albanio ha permanecido dormido.

Don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel,
III Duque de Alba (1507-1582)
Ticiano

Solimán el Magnífico
(1494-1566)

El cometa Halley

Sir Edmond Halley: 1656 - 1742

Formas métricas usadas: Tercetos: 889 vv. (I, III, V, VIII, X, XIII).
Estancias: 104 vv. (II, VI, XII).
Rima al mezzo: 892 (IV, VII, IX, XI).

     I.   Tercetos ( 37).        Monólogo.    Albanio (fin).
   III.   Tercetos (261).       Diálogo.        Salicio (cont.), Albanio (fin).
    V.   Tercetos (295).       Diálogo.        Salicio, Albanio (fin).
VIII.   Tercetos (168).       Diálogo a 4:  Albanio, Camila, Salicio (fin), Nemoroso
    X.   Tercetos ( 97).        Diálogo.        Nemoroso (fin), Salicio.
 XIII.  Tercetos ( 31).        Diálogo.        Nemoroso (fin), Salicio.
                         -----
           Total:      889 vv.

   II.  Estancias (39).           Monólogo.    Salicio (cont.).
  VI.  Estancias (39).           Diálogo.        Salicio, Albanio (fin).
 XII.  Estancias (26).           Monólogo.    Salicio (fin). 
                          ----
         Total:       104 vv. 

  IV.  Rima al mezzo ( 48).   Diálogo.      Salicio, Albanio (fin).
 VII.  Rima al mezzo ( 46).   Monólogo.  Camila (fin).
  IX.  Rima al mezzo ( 98).   Diálogo a 3: Albanio, Nemoroso, Salicio (fin).
  XI.  Rima al mezzo (700).  Diálogo.       Salicio, Nemoroso (fin).  Elogio.
                                   ----
         Total:                 892 vv.


Égloga tercera  de Garcilaso:

LOS VIENTOS (DIOSES) CLÁSICOS:

 
BOREAS

(AQUILÓN)
Dios del invierno
 
CÉFIRO

(FAVONIO)
Dios de vientos suaves y brisas
EURO

(VULTURNO)
Dios de lluvia
 
NOTO

(AUSTRO)
Dios de tempestades
 

Escrita en 1536Octavas reales (única vez que usa esta forma Garcilaso). 
Bases clásicas: Virgilio, Geórgicas IV; Virgilio, Égloga VII; Ovidio, Metamorfosis IV. 1-41, 389-415; Sannazaro, Prosa XII de Arcadia; Catulo, poema lxiv.
Hablante lírico ----MENSAJE---- [destinatario] María [la virreina doña María Osorio Pimentel, esposa de don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles, quienes tenían cuatro hijas--Leonor, Juana, Ana e Isabel-- y 2 hijos--don Fadrique y don García.
MENSAJE:  Descripción de amores imposibles o desgraciados.
Lienzos de cuatro ninfas (del Tajo) [Virgilio, Geórgicas IV. 336-45]:


Ninfas limnátides en «Hilas y las ninfas» de John W. Waterhouse (1849-1917)


NB: Las ninfas («novias») son personificaciones femeninas de la naturaleza.  Hay muchos tipos de ninfas: Ninfas terrestres («Epigeas»): Agrónomas (de los campos), Alseides (de las flores), Antríades (de las cuevas), Auloníades (de los pastizales), Corícides o coricias (de las cuevas; son las musas clásicas), Dríades (de los bosques) [Hamadríades (de los árboles) y Melíades o melias (de los fresnos)], Hespérides (de los jardines), Híades (de la lluvia), Limónides o hénides (de los prados), Napeas o napías (de los valles de las montañas, cañadas), Oréades u orestíades (de las montañas, montes; forman el cortejo de Diana); Ninfas acuáticas («Efidríades»): Oceánides (hijas de Océano; de cualquier agua, normalmente salada), Nereidas (hijas de Nereo; del mar Mediterráneo), Náyades (normalmente del agua fresca) [Creneas o crénides (de las fuentes), Limnátides o limníades (de los lagos), Pegeas (de los manantiales) y Potámides (de los ríos)]; Otras: Epimélides (de las ovejas) y Trías (ninfas proféticas de la miel).

Estructura de la égloga tercera de Garcilaso (47 octavas reales):

I.  Introducción.  Invocación a María (doña María Osorio Pimentel, esposa de don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles y tío del Duque de Alba.  Descripción del paisaje.  Alusión a los pintores clásicos Apeles (Alejandro, Venus) y Timantes («Sacrificio de Ifigenía») [15 octavas: octavas 1-15].

II.  ÉGLOGA PISCATORIA (23 octavas: octavas 16-38): 
     A.  Lienzos de las ninfas (18 octavas: octavas 16-33):
     1. Filódice («quien coge hojas»): Orfeo y Eurídice (3 octavas: octavas 16-18).
            2.  Dinámene («poderosa en el mar»): Apolo y Dafne (3 octavas: octavas 19-21).
            3.  Climene («riego»): Adonis y Venus (3 octavas: octavas 22-24).
            4.  Nise («nadar, isla» [Inés de Castro, degollada]): Elisa y Nemoroso.  Elisa es la ninfa degollada (degollada significa «desangrada», como Isabel Freyre [variante ygualada [amortajada])  [9 octavas: octavas 25-33).  Una diosa escribe el epitafio de Elisa.

III.  Transición (5 octavas: octavas 34-38): Conclusión a la parte piscatoria de la égloga. Introducción a la parte bucólica, que contiene los cantos amebeos de Tirreno y Alcino

IV.  ÉGLOGA BUCÓLICA (8 octavas: 39-46): Canciones amebeas (competencia/disputa de trovadores/alternancia):
     A. Tirreno, quien ama a Flérida (4 octavas: octavas 39, 41, 43, 45).
       B. Alcino, quien ama a Filis (4 octavas: octavas 40, 42, 44, 46).

V.  Conclusión a la égloga (1 octava: octava 47).

Tres historias clásicas de amor:


«Adonis y Venus», de Ticiano (1555)

Orfeo y Eurídice», de  Joseph Paelinck (1818)

Apolo y Dafne, de Giovanni Billverti


Definición de términos:

  • IDILIO (griego, «escena»): poema o episodio sobre la vida rural, o descripción de vida campesina. Teócrito (Theocritus), Idilios.
  • ÉGLOGA (griego: «selección»): poema breve pastoril, o parte de poema más extenso, en soliloquio o forma dialogada.  Teócrito, Virgilio.
  • GEÓRGICA (griego: «campesino, granjero, agricultor», también «quien cría animales domésticos»).  Poesía didáctica sobre cómo hacer algo.  Se alaba en estos poemas la naturaleza y la vida campesina.  Virgilio, Geórgicas.
  • PASTORAL / BUCÓLICO («de pastores» o vaqueros [cowherd]): Idealización de la vida pastoril.  Diálogos o monólogos sobre la vida de pastores, cabreros, campesinos, o pescadores (piscatorias).  Teócrito, Mosco (Moschus), Virgilio, Sannazaro, Montemayor, Cervantes, Sidney, Spencer, etc.  Nostalgia por el pasado o por algún lugar hipotético de amor, paz y tranquilidad que se ha perdido.  Se busca lo sencillo, lo no urbano (guerra, corrupción, etc,).  Añoranza de inocencia.  Armonía con la naturaleza (pre-caída del hombre), paraíso.  Primitivismo.  Cualquier forma de primitivismo.
  • VERSOS AMEBEOS (amoebaen verses [del griego amoibe > cambio]): Estrofas alternantes entre pastores que debaten o compiten entre sí, creando así suspenso en una égloga, que es esencialmente un género poético que se presta a la narración.




Poesía:
Sonetos: 
     Soneto I: «Cuando me paro a contemplar mi estado»; 
     Soneto IV: «Un rato se levanta mi esperanza»;
     Soneto X: «¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas»;
     Soneto XI: «Hermosas ninfas que, en el río metidas»; 
     Soneto XIV: «Como la tierna madre que el doliente»; 
     Soneto XXIII: «En tanto que de rosa y azucena»; 
     Soneto XXIX: «Pasando el mar Leandro el animoso»; 
     Soneto XXXII: «Estoy continuo en lágrimas bañado»; 
Canciones:
     Canción III: «Con un manso ruido»; 
     Canción V: «Si de mi baja lira»; 
Elegías:
     Elegía II: «Aquí, Boscán, donde del buen troyano»; 
Églogas:
     Égloga I: «El dulce lamentar de dos pastores»; 
     Égloga III: «Aquella voluntad honesta y pura». 

Garcilaso de la Vega. Soneto I:

Cuando me paro a contemplar mi estado    A
y a ver los pasos por do me han traído,       B
hallo, según por do anduve perdido,           B
que a mayor mal pudiera haber llegado;     A

mas cuando del camino estó olvidado,        A
a tanto mal no sé por do he venido;             B
sé que me acabo, y más he yo sentido          B
ver acabar conmigo mi cuidado.                  A

Yo acabaré, que me entregué sin arte          C
a quien sabrá perderme y acabarme             D
si ella quisiere, y aun sabrá querello;            E

que pues mi voluntad puede matarme,         D
la suya, que no es tanto de mi parte,            C
pudiendo, ¿qué hará sino hacello?                E

***

Garcilaso de la Vega. Soneto IV:

Un rato se levanta mi esperanza: 
mas, cansada de haberse levantado, 
torna a caer, que deja, mal mi grado, 
libre el lugar a la desconfianza. 

¿Quién sufrirá tan áspera mudanza 
del bien al mal? ¡Oh corazón cansado! 
Esfuerza en la miseria de tu estado; 
que tras fortuna suele haber bonanza. 

Yo mesmo emprenderé a fuerza de brazos
romper un monte, que otro no rompiera, 
de mil inconvenientes muy espeso. 

Muerte, prisión no pueden, ni embarazos,
quitarme de ir a veros, como quiera, 
desnudo espirtu o hombre en carne y hueso.

***

Garcilaso de la Vega. Soneto X:

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mía,
y con ella en mi muerte conjuradas.

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas 
horas en tanto bien por vos me vía,
que me habíais de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en un hora junto me llevastes
todo el bien que por términos me distes,
llevadme junto el mal que me dejastes.

Si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.

***

Garcilaso de la Vega. Soneto XI:

Hermosas ninfas que, en el rio metidas,
contentas habitáis en las moradas
de relucientes piedras fabricadas
y en columnas de vidrio sostenidas;

agora estéis labrando embebecidas,
o tejiendo las telas delicadas;
agora unas con otras apartadas,
contándoos los amores y las vidas;

dejad un rato la labor, alzando
vuestras rubias cabezas a mirarme, 
y no os detendréis mucho según ando;

que o no podréis de lástima escucharme,
o convertido en agua aquí llorando,
podréis allá de espacio consolarme.

***

Garcilaso de la Vega. Soneto XIV:

Como la tierna madre que el doliente 
hijo le está con lágrimas pidiendo 
alguna cosa, de la cual comiendo, 
sabe que ha de doblarse el mal que siente, 

y aquel piadoso amor no le consiente 
que considere el daño que haciendo 
lo que le pide hace, va corriendo, 
y dobla el mal y aplaca el accidente, 

así a mi enfermo y loco pensamiento, 
que en su daño os me pide, yo querría 
quitar este mortal mantenimiento. 

Mas pídemelo, y llora cada día 
tanto, que cuanto quiere le consiento, 
olvidando su muerte y aun la mía.

***

Garcilaso de la Vega. Soneto XXIII:

En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado 
cubra de nieve la hermosa cumbre;

marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

***

Garcilaso de la Vega. Soneto XXIX:

Pasando el mar Leandro el animoso, 
en amoroso fuego todo ardiendo, 
esforzó el viento, y fuese embraveciendo 
el agua con un ímpetu furioso. 

Vencido del trabajo presuroso, 
contrastar a los ondas no pudiendo, 
y más del bien que allí perdía muriendo, 
que de su propia vida congojoso, 

como pudo esforzó su voz cansada, 
y a las ondas habló de esta manera, 
mas nunca fue la voz de ellas oída: 

-Ondas, pues no os excusa que yo muera, 
dejadme allá llegar, y a la tornada 
vuestro furor ejecuta en mi vida-.

*** 

Garcilaso de la Vega. Soneto XXXII:

Estoy continuo en lágrimas bañado, 
rompiendo el aire siempre con suspiros; 
y más me duele nunca osar deciros 
que he llegado por vos a tal estado, 

que viéndome do estoy y lo que he andado 
por el camino estrecho de seguiros, 
si me quiero tornar para huiros, 
desmayo viendo atrás lo que he dejado; 

si a subir pruebo en la difícil cumbre, 
a cada paso espántame en la vida 
ejemplos tristes de los que han caído. 

Y sobre todo, fáltame la lumbre 
de la esperanza con que andar solía 
por la oscura región de vuestro olvido.

***

Garcilaso de la Vega. Canción III:

Con un manso rüido                               a  cappo (estancia [stanza])
d’agua corriente y clara                         b
cerca el Danubio una isla que pudiera   C
ser lugar escogido                                  a
para que descansara                               b
quien, como estó yo agora, no estuviera: C
do siempre primavera                             c
parece en la verdura                               d  corpo
sembrada de las flores;                           e
hacen los ruiseñores                               e
renovar el placer o la tristura                D
con sus blandas querellas,                      f  coda
que nunca, día ni noche, cesan dellas.    F

Aquí estuve yo puesto,
o por mejor decillo,
preso y forzado y solo en tierra ajena;
bien pueden hacer esto
en quien puede sufrillo
y en quien él a sí mismo se condena.
Tengo sola una pena,
si muero desterrado
y en tanta desventura:
que piensen por ventura
que juntos tantos males me han llevado,
y sé yo bien que muero
por solo aquello que morir espero.

El cuerpo está en poder
y en mano de quien puede
hacer a su placer lo que quisiere,
mas no podrá hacer
que mal librado quede
mientras de mí otra prenda no tuviere;
cuando ya el mal viniere
y la postrera suerte,
aquí me ha de hallar
en el mismo lugar,
que otra cosa más dura que la muerte
me halla y me ha hallado,
y esto sabe muy bien quien lo ha probado.

No es necesario agora
hablar más sin provecho,
que es mi necesidad muy apretada,
pues ha sido en una hora
todo aquello deshecho
en que toda mi vida fue gastada.
Y al fin de tal jornada
¿presumen d’espantarme?
Sepan que ya no puedo
morir sino sin miedo,
que aun nunca qué temer quiso dejarme
la desventura mía,
qu’el bien y el miedo me quitó en un día.

Danubio, rio divino,
que por fieras naciones
vas con tus claras ondas discurriendo,
pues no hay otro camino
por donde mis razones
vayan fuera d’aquí sino corriendo
por tus aguas y siendo
en ellas anegadas,
si en tierra tan ajena,
en la desierta arena,
d’alguno fueren a la fin halladas,
entiérrelas siquiera
porque su error s’acabe en tu ribera.

Aunque en el agua mueras,
canción, no has de quejarte,
que yo he mirado bien lo que te toca;
menos vida tuvieras
si hubiera de igualarte
con otras que se m’an muerto en la boca.
Quién tiene culpa en esto,
allá lo entenderás de mí muy presto.

*** 

Garcilaso de la Vega. Canción V:

Si de mi baja lira                                    a    (lira)
tanto pudiese el son, que en un momentoB
aplacase la ira                                         a
del animoso viento                                  b
y la furia del mar y el movimiento,         B

y en ásperas montañas
con el süave canto enterneciese
las fieras alimañas,
los árboles moviese,
y al son confusamente los trajese;

no pienses que cantado
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido;

ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados;

mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás armada,

y cómo por ti sola,
y por tu gran valor y hermosura,
convertido en viola,
llora su desventura
el miserable amante en tu figura.

Hablo de aquel cautivo,
de quien tener se debe más cuidado
que está muriendo vivo,
al remo condenado
en la concha de Venus amarrado.

Por ti, como solía,
del áspero caballo no corrige
la furia y gallardía,
ni con freno la rige,
ni con vivas espuelas ya le aflige;

por ti, con diestra mano
no revuelve la espada presurosa,
y en el dudoso llano
huye la polvorosa
palestra, como sierpe ponzoñosa;

por ti, su blanda musa,
en lugar de la cítara sonante,
triste querellas usa
que con llanto abundante
hacen bañar el rostro del amante;

por ti, el mayor amigo
le es importuno, grave y enojoso;
yo puedo ser testigo,
que ya del peligroso
naufragio fui su puerto y su reposo,

y agora en tal manera
vence el dolor a la razón perdida,
que ponzoñosa fiera
nunca fue aborrecida
tanto, como yo dél, ni tan temida.

No fuiste tú engendrada,
ni producida de la dura tierra;
no debe ser notada
que ingratamente yerra
quien todo el otro error de sí destierra.

Hágate temerosa
el caso de Anaxérete, y cobarde,
que de ser desdeñosa
se arrepintió muy tarde,
y así su alma con su mármol arde:

Estábase alegrando
del mal ajeno el pecho empedernido,
cuando, abajo mirando,
el cuerpo muerto vido
del miserable amante, allí tendido,

y al cuello el lazo atado
con que desenlazó de la cadena
el corazón cuitado,
y con su breve pena
compró la eterna punición ajena.

Sintió allí convertirse
en piedad amorosa el aspereza.
¡Oh tarde arrepentirse!
¡Oh última terneza!
¿Cómo te sucedió mayor dureza?

Los ojos se enclavaron
en el tendido cuerpo que allí vieron;
los huesos se tornaron
más duros y crecieron
y en sí toda la carne convirtieron;

las entrañas heladas
tornaron poco a poco en piedra dura;
por las venas cuitadas
la sangre su figura
iba desconociendo y su natura,

hasta que finalmente,
en duro mármol vuelta y transformada,
hizo de sí la gente,
no tan maravillada
cuanto de aquella ingratitud vengada.

No quieras tú, señora,
de Némesis airada las saetas
probar, por Dios, agora;
baste que tus perfectas
obras y hermosura a los poetas

den inmortal materia,
sin que también en verso lamentable
celebren la miseria
de algún caso notable
que por ti, pase triste, miserable.

***

Garcilaso de la Vega. Elegía II:

      Aquí, Boscán, donde del buen troyano    A
Anchises con eterno nombre y vida               B
conserva la ceniza el Mantüano,                   A
      debajo de la seña esclarecida                  B
de César africano nos hallamos                     C
la vencedora gente recogida:                        B
      diversos en estudio, que unos vamos       C
muriendo por coger de la fatiga                    D
el fruto que con el sudor sembramos;            C
      otros, que hacen la virtud amiga
y premio de sus obras y así quieren
que la gente lo piense y que lo diga,
      destotros en lo público difieren,
y en lo secreto sabe Dios en cuánto
se contradicen en lo que profieren.
      Yo voy por medio, porque nunca tanto
quise obligarme a procurar hacienda,
que un poco más que aquéllos me levanto;
      ni voy tampoco por la estrecha senda
de los que cierto sé que a la otra vía
vuelven, de noche al caminar, la rienda.
      Mas ¿dónde me llevó la pluma mía,
que a sátira me voy mi paso a paso,
y aquesta que os escribo es elegía?
      Yo enderezo, señor, en fin mi paso
por donde vos sabéis que su proceso
siempre ha llevado y lleva Garcilaso;
      y así, en mitad d’aqueste monte espeso,
de las diversidades me sostengo,
no sin dificultad, mas no por eso
      dejo las musas, antes torno y vengo
dellas al negociar, y, varïando,
con ellas dulcemente me entretengo.
      Así se van las horas engañando;
así del duro afán y grave pena
estamos algún hora descansando.
      D’aquí iremos a ver de la Serena
la patria, que bien muestra haber ya sido
de ocio y d’amor antiguamente llena.
      Allí mi corazón tuvo su nido
un tiempo ya; mas no sé, triste, agora
o si estará ocupado o desparcido;
      D’aquesto un frío temor así a deshora
por mis huesos discurre en tal manera,
que no puedo vivir con él un’hora.
      Si, triste, de mi bien yo estado hubiera
un breve tiempo ausente, no lo niego
que con mayor seguridad viviera.
      La breve ausencia hace el mismo juego
en la fragua d’amor que en fragua ardiente
el agua moderada hace al fuego,
      la cual verás que no tan solamente
no le suele matar, mas le refuerza
con ardor más intenso y eminente,
      porque un contrario, con la poca fuerza
de su contrario, por vencer la lucha 
su brazo aviva y su valor esfuerza.
      Pero si el agua en abundancia mucha
sobre’l fuego s’esparce y se derrama,
el humo sube al cielo, el son s’escucha
      y, el claro resplandor de viva llama
en polvo y en ceniza convertido,
apenas queda dél sino la fama;
      así el ausencia larga, que ha esparcido
en abundancia su licor que amata
el fuego que’l amor tenía encendido,
      de tal suerte lo deja que lo trata
la mano sin peligro en el momento
que en aparencia y son se desbarata.
      Yo solo fuera voy d’aqueste cuento,
porque’l amor m’aflige y m’atormenta
y en el ausencia crece el mal que siento;
      y pienso yo que la razón consienta
y permita la causa deste efeto,
que a mí solo entre todos se presenta,
      porque como del cielo yo sujeto
estaba eternamente y diputado
al amoroso fuego en que me meto,
      así, para poder ser amatado,
el ausencia sin término, infinita
debe ser, y sin tiempo limitado;
      lo cual no habrá razón que lo permita,
porque por más y más que ausencia dure,
con la vida s’acaba, qu’es finita.
      Mas a mí ¿quién habrá que m’asegure
que mi mala fortuna con mudanza
y olvido contra mí no se conjure?
      Este temor persigue la esperanza
y oprime y enflaquece el gran deseo
con que mis ojos van de su holganza;
      con ellos solamente agora veo
este dolor que’l corazón me parte,
y con él y comigo aquí peleo.
      ¡Oh crudo, oh riguroso, oh fiero Marte,
de túnica cubierto de diamante
y endurecido siempre en toda parte!
      ¿Qué tiene que hacer el tierno amante
con tu dureza y áspero ejercicio,
llevado siempre del furor delante?
      Ejercitando por mi mal tu oficio,
soy reducido a términos que muerte
será mi postrimero beneficio;
      y ésta no permitió mi dura suerte
que me sobreviniese peleando,
de hierro traspasado agudo y fuerte,
      porque me consumiese contemplando
mi amado y dulce fruto en mano ajena,
y el duro posesor de mí burlando.
      Mas ¿dónde me trasporta y enajena
de mi propio sentido el triste miedo?
A parte de vergüenza y dolor llena,
      donde, si el mal yo viese, ya no puedo,
según con esperalle estoy perdido,
acrecentar en la miseria un dedo.
      Así lo pienso agora, y si él venido
fuese en su misma forma y su figura,
ternia el presente por mejor partido,
      y agradeceria siempre a la ventura
mostrarme de mi mal solo el retrato
que pintan mi temor y mi tristura.
      Yo sé qué cosa es esperar un rato
el bien del propio engaño y solamente
tener con él inteligencia y trato,
      como acontece al mísero doliente
que, del un cabo, el cierto amigo y sano
le muestra el grave mal de su acidente,
      y le amonesta que del cuerpo humano
comience a levantar a mejor parte
el alma suelta con volar liviano;
      mas la tierna mujer, de la otra parte,
no se puede entregar al desengaño
y encúbrele del mal la mayor parte;
      él, abrazado con su dulce engaño,
vuelve los ojos a la voz piadosa
y alégrase muriendo con su daño.
      Así los quito yo de toda cosa
y póngolos en solo el pensamiento
de la esperanza, cierta o mentirosa;
      en este dulce error muero contento,
porque ver claro y conocer mi ’stado
no puede ya curar el mal que siento,
      y acabo como aquel que’n un templado
baño metido, sin sentillo muere,
las venas dulcemente desatado.
      Tú, que en la patria, entre quien bien te quiere,
la deleitosa playa estás mirando
y oyendo el son del mar que en ella hiere,
      y sin impedimiento contemplando
la misma a quien tú vas eterna fama
en tus vivos escritos procurando,
      alégrate, que más hermosa llama
que aquella que’l troyano encendimiento
pudo causar el corazón t’inflama;
      no tienes que temer el movimiento
de la fortuna con soplar contrario,
que el puro resplandor serena el viento.
      Yo, como conducido mercenario,
voy do fortuna a mi pesar m’envía,
si no a morir, que aquéste’s voluntario;
      solo sostiene la esperanza mía
un tan débil engaño, que de nuevo
es menester hacelle cada día,
      y si no le fabrico y le renuevo,
da consigo en el suelo mi esperanza
tanto que’n vano a levantalla pruebo.
      Aqueste premio mi servir alcanza,
que en sola la miseria de mi vida
negó fortuna su común mudanza.
      ¿Dónde podré hüir que sacudida
un rato sea de mí la grave carga
que oprime mi cerviz enflaquecida?
      Mas ¡ay!, que la distancia no descarga
el triste corazón, y el mal, doquiera
que ’stoy, para alcanzarme el brazo alarga.
      Si donde’l sol ardiente reverbera
en la arenosa Libya, engendradora
de toda cosa ponzoñosa y fiera,
      o adonde’l es vencido a cualquier hora
de la rígida nieve y viento frío,
parte do no se vive ni se mora;
      si en ésta o en aquélla el desvarío
o la fortuna me llevase un día
y allí gastase todo el tiempo mío,
      el celoso temor con mano fría,
en medio del calor y ardiente arena,
el triste corazón m’apretaría;
      y en el rigor del hielo, en la serena
noche, soplando el viento agudo y puro
que’l veloce correr del agua enfrena,
      d’aqueste vivo fuego, en que m’apuro    Y
y consumirme poco a poco espero,               Z
sé que aun allí no podré estar seguro,           Y
y así diverso entre contrarios muero.            Z

*** 

Garcilaso de la Vega. Égloga I:

     El dulce lamentar de dos pastores,
Salicio juntamente y Nemoroso,
he de contar, sus quejas imitando;
cuyas ovejas al cantar sabroso
estaban muy atentas, los amores,                   5
(de pacer olvidadas) escuchando.
Tú, que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
agora estés atento sólo y dado                     10
el ínclito gobierno del estado
Albano; agora vuelto a la otra parte,
resplandeciente, armado,
representando en tierra el fiero Marte;

     agora de cuidados enojosos                       15
y de negocios libre, por ventura
andes a caza, el monte fatigando
en ardiente jinete, que apresura
el curso tras los ciervos temerosos,
que en vano su morir van dilatando;                20
espera, que en tornando
a ser restituido
al ocio ya perdido,
luego verás ejercitar mi pluma
por la infinita innumerable suma                   25
de tus virtudes y famosas obras,
antes que me consuma,
faltando a ti, que a todo el mondo sobras.

     En tanto que este tiempo que adivino
viene a sacarme de la deuda un día,                30
que se debe a tu fama y a tu gloria
(que es deuda general, no sólo mía,
mas de cualquier ingenio peregrino
que celebra lo digno de memoria),
el árbol de victoria,                              35
que ciñe estrechamente
tu gloriosa frente,
dé lugar a la hiedra que se planta
debajo de tu sombra, y se levanta
poco a poco, arrimada a tus loores;                40
y en cuanto esto se canta,
escucha tú el cantar de mis pastores.

     Saliendo de las ondas encendido,
rayaba de los montes al altura
el sol, cuando Salicio, recostado                  45
al pie de un alta haya en la verdura,
por donde un agua clara con sonido
atravesaba el fresco y verde prado,
él, con canto acordado
al rumor que sonaba,                               50
del agua que pasaba,
se quejaba tan dulce y blandamente
como si no estuviera de allí ausente
la que de su dolor culpa tenía;
y así, como presente,                              55
razonando con ella, le decía:

Salicio:

     ¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
y al encendido fuego en que me quemo
más helada que nieve, Galatea!,
estoy muriendo, y aún la vida temo;                60
témola con razón, pues tú me dejas,
que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
Vergüenza he que me vea
ninguno en tal estado,
de ti desamparado,                                 65
y de mí mismo yo me corro agora.
¿De un alma te desdeñas ser señora,
donde siempre moraste, no pudiendo
de ella salir un hora?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.              70

     El sol tiende los rayos de su lumbre
por montes y por valles, despertando
las aves y animales y la gente:
cuál por el aire claro va volando,
cuál por el verde valle o alta cumbre              75
paciendo va segura y libremente,
cuál con el sol presente
va de nuevo al oficio,
y al usado ejercicio
do su natura o menester le inclina,                80
siempre está en llanto esta ánima mezquina,
cuando la sombra el mondo va cubriendo,
o la luz se avecina.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     ¿Y tú, de esta mi vida ya olvidada,              85
sin mostrar un pequeño sentimiento
de que por ti Salicio triste muera,
dejas llevar (¡desconocida!) al viento
el amor y la fe que ser guardada
eternamente sólo a mí debiera?                     90
¡Oh Dios!, ¿por qué siquiera,
(pues ves desde tu altura
esta falsa perjura
causar la muerte de un estrecho amigo)
no recibe del cielo algún castigo?                 95
Si en pago del amor yo estoy muriendo,
¿qué hará el enemigo?
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     Por ti el silencio de la selva umbrosa,
por ti la esquividad y apartamiento                100
del solitario monte me agradaba;
por ti la verde hierba, el fresco viento,
el blanco lirio y colorada rosa
y dulce primavera deseaba.
¡Ay, cuánto me engañaba!                           105
¡Ay, cuán diferente era
y cuán de otra manera
lo que en tu falso pecho se escondía!
Bien claro con su voz me lo decía
la siniestra corneja, repitiendo                   110
la desventura mía.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
(reputándolo yo por desvarío)
vi mi mal entre sueños, desdichado!                115
Soñaba que en el tiempo del estío
llevaba, por pasar allí la sienta,
a beber en el Tajo mi ganado;
y después de llegado,
sin saber de cuál arte,                            120
por desusada parte
y por nuevo camino el agua se iba;
ardiendo yo con la calor estiva,
el curso enajenado iba siguiendo
del agua fugitiva.                                 125
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?                  130
¿Cuál es el cuello que, como en cadena,
de tus hermosos brazos anudaste?
No hay corazón que baste,
aunque fuese de piedra,
viendo mi amada hiedra,                            135
de mí arrancada, en otro muro asida,
y mi parra en otro olmo entretejida,
que no se esté con llanto deshaciendo
hasta acabar la vida.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.              140

     ¿Qué no se esperará de aquí adelante,
por difícil que sea y por incierto?
O ¿qué discordia no será juntada?,
y juntamente ¿qué tendrá por cierto,
o qué de hoy más no temerá el amante,              145
siendo a todo materia por ti dada?
Cuando tú enajenada
de mi cuidado fuiste,
notable causa diste,
y ejemplo a todos cuantos cubre el cielo,          150
que el más seguro tema con recelo
perder lo que estuviere poseyendo.
Salid fuera sin duelo,
salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     Materia diste al mundo de esperanza              155
de alcanzar lo imposible y no pensado,
y de hacer juntar lo diferente,
dando a quien diste el corazón malvado,
quitándolo de mí con tal mudanza
que siempre sonará de gente en gente.              160
La cordera paciente
con el lobo hambriento
hará su ayuntamiento,
y con las simples aves sin ruido
harán las bravas sierpes ya su nido;               165
que mayor diferencia comprendo
de ti al que has escogido.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     Siempre de nueva leche en el verano
y en el invierno abundo; en mi majada              170
la manteca y el queso está sobrado;
de mi cantar, pues, yo te vi agradada
tanto que no pudiera el mantuano
Títiro ser de ti más alabado.
No soy, pues, bien mirado,                         175
tan disforme ni feo;
que aún agora me veo
en esta agua que corre clara y pura,
y cierto no trocara mi figura
con ese que de mí se está riendo;                  180
¡trocara mi ventura!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     ¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?              185
Si no tuvieras condición terrible,
siempre fuera tenido de ti en precio,
y no viera de ti este apartamiento.
¿No sabes que sin cuento
buscan en el estío                                 190
mis ovejas el frío
de la sierra de Cuenca, y el gobierno
del abrigado Estremo en el invierno?
Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
me estoy en llanto eterno!                         195
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

     Con mi llorar las piedras enternecen
su natural dureza y la quebrantan;
los árboles parece que se inclinan:
las aves que me escuchan, cuando cantan,           200
con diferente voz se condolecen,
y mi morir cantando me adivinan.
Las fieras, que reclinan
su cuerpo fatigado,
dejan el sosegado                                  205
sueño por escuchar mi llanto triste.
Tú sola contra mí te endureciste,
los ojos aún siquiera no volviendo
a lo que tú hiciste.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.              210

     Mas ya que a socorrerme aquí no vienes,
no dejes el lugar que tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura;
yo dejaré el lugar do me dejaste; 
ven, si por sólo esto te detienes;                 215
ves aquí un prado lleno de verdura,
ves aquí una espesura,
ves aquí una agua clara,
en otro tiempo cara, 
a quien de ti con lágrimas me quejo.               220
Quizá aquí hallarás (pues yo me alejo)
al que todo mi bien quitarme puede;
que pues el bien le dejo,
no es mucho que el lugar también le quede. 

     Aquí dio fin a su cantar Salicio,                225
y suspirando en el postrero acento,
soltó de llanto una profunda vena.
Queriendo el monte al grave sentimiento
de aquel dolor en algo ser propicio, 
con la pesada voz retumba y suena.                 230
La blanca Filomena,
casi como dolida
y a compasión movida,
dulcemente responde al son lloroso. 
Lo que cantó tras esto Nemoroso                    235
decidlo vos Piérides, que tanto
no puedo yo, ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto.

Nemoroso:

     Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas,            240
verde prado, de fresca sombra lleno,
aves que aquí sembráis vuestras querellas,
hiedra que por los árboles caminas,
torciendo el paso por su verde seno:
yo me vi tan ajeno                                 245
del grave mal que siento,
que de puro contento
con vuestra soledad me recreaba,
donde con dulce sueño reposaba,
o con el pensamiento discurría                     250
por donde no hallaba
sino memorias llenas de alegría.

     Y en este mismo valle, donde agora
me entristezco y me canso, en el reposo
estuve ya contento y descansado.                   255
¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
Acuérdome, durmiendo aquí alguna hora,
que despertando, a Elisa vi a mi lado.
¡Oh miserable hado!
¡Oh tela delicada,                                 260
antes de tiempo dada
a los agudos filos de la muerte!
Más convenible fuera aquesta suerte
a los cansados años de mi vida,
que es más que el hierro fuerte,                   265
pues no la ha quebrantado tu partida.

     ¿Dó están agora aquellos claros ojos
que llevaban tras sí, como colgada,
mi ánima doquier que ellos se volvían?
¿Dó está la blanca mano delicada,                  270
llena de vencimientos y despojos
que de mí mis sentidos le ofrecían?
Los cabellos que vían
con gran desprecio al oro,
como a menor tesoro,                               275
¿adónde están?  ¿Adónde el blando pecho?
¿Dó la columna que el dorado techo
con presunción graciosa sostenía?
Aquesto todo agora ya se encierra,
por desventura mía,                                280
en la fría, desierta y dura tierra.

     ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento            285
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a sempiterno llanto                            290
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.            295

     Después que nos dejaste, nunca pace
en hartura el ganado ya, ni acude
el campo al labrador con mano llena.
No hay bien que en mal no se convierta y mude:
la mala hierba al trigo ahoga, y nace              300
en lugar suyo la infelice avena;
la tierra, que de buena
gana nos producía
flores con que solía
quitar en sólo vellas mil enojos,                  305
produce agora en cambio estos abrojos,
ya de rigor de espinas intratable;
yo hago con mis ojos
crecer, llorando, el fruto miserable.

     Como al partir del sol la sombra crece,          310
y en cayendo su rayo se levanta
la negra escuridad que el mundo cubre,
de do viene el temor que nos espanta,
y la medrosa forma en que se ofrece
aquello que la noche nos encubre,                  315
hasta que el sol descubre
su luz pura y hermosa:
tal es la tenebrosa
noche de tu partir, en que he quedado
de sombra y de temor atormentado,                  320
hasta que muerte el tiempo determine
que a ver el deseado
sol de tu clara vista me encamine.

     Cual suele el ruiseñor con triste canto
quejarse, entre las hojas escondido,               325
del duro labrador, que cautamente
le despojó su caro y dulce nido
de los tiernos hijuelos, entre tanto
que del amado ramo estaba ausente,
y aquel dolor que siente                           330
con diferencia tanta
por la dulce garganta
despide, y a su canto el aire suena,
y la callada noche no refrena
su lamentable oficio y sus querellas,              335
trayendo de su pena
al cielo por testigo y las estrellas;

     desta manera suelto yo la rienda
a mi dolor, y así me quejo en vano
de la dureza de la muerte airada.                  340
Ella en mi corazón metió la mano,
y de allí me llevó mi dulce prenda,
que aquél era su nido y su morada.
¡Ay muerte arrebatada!
Por ti me estoy quejando                           345
al cielo y enojando
con importuno llanto al mundo todo:
tan desigual dolor no sufre modo.
No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya del todo                             350
primero no me quitan el sentido.

     Una parte guardé de tus cabellos,
Elisa, envueltos en un blanco paño,
que nunca de mi seno se me apartan;
descójolos, y de un dolor tamaño                   355
enternecerme siento, que sobre ellos
nunca mis ojos de llorar se hartan.
Sin que de allí se partan,
con sospiros calientes,
más que la llama ardientes,                        360
los enjugo del llanto, y de consuno
casi los paso y cuento uno a uno;
juntándolos, con un cordón los ato.
Tras esto el importuno
dolor me deja descansar un rato.                   365

     Mas luego a la memoria se me ofrece
aquella noche tenebrosa, escura,
que siempre aflige esta ánima mezquina
con la memoria de mi desventura
Verte presente agora me parece                     370
en aquel duro trance de Lucina,
y aquella voz divina,
con cuyo son y acentos
a los airados vientos
pudieras amansar, que agora es muda.               375
Me parece que oigo que a la cruda,
inexorable diosa demandabas
en aquel paso ayuda;
y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?

     ¿Ibate tanto en perseguir las fieras?            380
¿Ibate tanto en un pastor dormido?
¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
que, conmovida a compasión, oído
a los votos y lágrimas no dieras,
por no ver hecha tierra tal belleza,               385
o no ver la tristeza
en que tu Nemoroso
queda, que su reposo
era seguir tu oficio, persiguiendo
las fieras por los monte, y ofreciendo             390
a tus sagradas aras los despojos?
¿Y tú, ingrata, riendo
dejas morir mi bien ante los ojos?

     Divina Elisa, pues agora el cielo
con inmortales pies pisas y mides,                 395
y su mudanza ves, estando queda,
¿por qué de mí te olvidas y no pides
que se apresure el tiempo en que este velo
rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
y en la tercera rueda,                             400
contigo mano a mano,
busquemos otro llano,
busquemos otros montes y otros ríos,
otros valles floridos y sombríos,
do descansar y siempre pueda verte                 405
ante los ojos míos,
sin miedo y sobresalto de perderte?

            ------

     Nunca pusieran fin al triste lloro
los pastores, ni fueran acabadas
las canciones que sólo el monte oía,               410
si mirando las nubes coloradas,
al tramontar del sol bordadas de oro,
no vieran que era ya pasado el día,
la sombra se veía
venir corriendo apriesa                            415
ya por la falda espesa
del altísimo monte, y recordando
ambos como de sueño, y acabando
el fugitivo sol, de luz escaso,
su ganado llevando,                                420
se fueran recogiendo paso a paso.

***

Garcilaso de la Vega. Égloga III:

Personas: TIRRENO, ALZINO

     Aquella voluntad honesta y pura,            A (octava real [ottava rima])
 ilustre y hermosísima María,                        B
 que’n mí de celebrar tu hermosura,             A
 tu ingenio y tu valor estar solía,                   B
 a despecho y pesar de la ventura                 A
 que por otro camino me desvía,                   B
 está y estará tanto en mí clavada                  C
 cuanto del cuerpo el alma acompañada.       C

     Y aun no se me figura que me toca
 aqueste oficio solamente en vida,
 mas con la lengua muerta y fria en la boca
 pienso mover la voz a ti debida;
 libre mi alma de su estrecha roca,
 por el Estigio lago conducida,
 celebrando t’irá, y aquel sonido
 hará parar las aguas del olvido.

     Mas la fortuna, de mi mal no harta,
 me aflige y d’un trabajo en otro lleva;
 ya de la patria, ya del bien me aparta,
 ya mi paciencia en mil maneras prueba,
 y lo que siento más es que la carta
 donde mi pluma en tu alabanza mueva,
 poniendo en su lugar cuidados vanos,
 me quita y m’arrebata de las manos. 

     Pero por más que’n mí su fuerza pruebe,
 no tornará mi corazón mudable:
 nunca dirán jamás que me remueve
 fortuna d’un estudio tan loable;
 Apolo y las hermanas todas nueve
 me darán ocio y lengua con que hable
 lo menos de lo que’n tu ser cupiere,
 qu’esto será lo más que yo pudiere.

     En tanto, no te ofenda ni te harte
 tratar del campo y soledad que amaste,
 ni desdeñes aquesta inculta parte
 de mi estilo, que’n algo ya estimaste;
 entre las armas del sangriento Marte,
 do apenas hay quien su furor contraste,
 hurté de tiempo aquesta breve suma,
 tomando ora la espada, ora la pluma.

     Aplica, pues, un rato los sentidos
 al bajo son de mi zampoña ruda,
 indigna de llegar a tus oídos,
 pues d’ornamento y gracia va desnuda;
 mas a las veces son mejor oídos
 el puro ingenio y lengua casi muda,
 testigos limpios d’ánimo inocente,
 que la curiosidad del elocuente. 

     Por aquesta razón de ti escuchado,
 aunque me falten otras, ser merezco;
 lo que puedo te doy, y lo que he dado,
 con recebillo tú, yo m’enriquezco.
 De cuatro ninfas que del Tajo amado
 salieron juntas, a cantar me ofrezco:
 Filódoce, Dinámene y Climene,
 Nise, que en hermosura par no tiene.

     Cerca del Tajo, en soledad amena,
 de verdes sauces hay una espesura
 toda de hiedra revestida y llena,
 que por el tronco va hasta el altura
 y así la teje arriba y encadena
 que’l sol no halla paso a la verdura;
 el agua baña el prado con sonido,
 alegrando la hierba y el oído. 

     Con tanta mansedumbre el cristalino
 Tajo en aquella parte caminaba
 que pudieron los ojos el camino
 determinar apenas que llevaba.
 Peinando sus cabellos d’oro fino,
 una ninfa del agua do moraba
 la cabeza sacó, y el prado ameno
 vido de flores y de sombra lleno.

     Movióla el sitio umbroso, el manso viento,
 el suave olor d’aquel florido suelo;
 las aves en el fresco apartamiento
 vio descansar del trabajoso vuelo;
 secaba entonces el terreno aliento
 el sol, subido en la mitad del cielo;
 en el silencio solo se ’scuchaba
 un susurro de abejas que sonaba. 

     Habiendo contemplado una gran pieza
 atentamente aquel lugar sombrío,
 somorgujó de nuevo su cabeza
 y al fondo se dejó calar del río;
 a sus hermanas a contar empieza
 del verde sitio el agradable frío,
 y que vayan, les ruega y amonesta,
 allí con su labor a estar la siesta.

     No perdió en esto mucho tiempo el ruego,
 que las tres d’ellas su labor tomaron
 y en mirando defuera vieron luego
 el prado, hacia el cual enderezaron;
 el agua clara con lascivo juego
 nadando dividieron y cortaron
 hasta que’l blanco pie tocó mojado,
 saliendo del arena, el verde prado.
     Poniendo ya en lo enjuto las pisadas,
 escurriendo del agua sus cabellos,
 los cuales esparciendo cubijadas
 las hermosas espaldas fueron dellos,
 luego sacando telas delicadas
 que’n delgadeza competian con ellos,
 en lo más escondido se metieron
 y a su labor atentas se pusieron. 

     Las telas eran hechas y tejidas
 del oro que’l felice Tajo envía,
 apurado después de bien cernidas
 las menudas arenas do se cría,
 y de las verdes ovas, reducidas
 en estambre sotil cual convenía
 para seguir el delicado estilo
 del oro, ya tirado en rico hilo.

     La delicada estambre era distinta
 de las colores que antes le habian dado
 con la fineza de la varia tinta
 que se halla en las conchas del pescado;
 tanto arteficio muestra en lo que pinta
 y teje cada ninfa en su labrado
 cuanto mostraron en sus tablas antes
 el celebrado Apeles y Timantes. 

     Filódoce, que así d’aquéllas era
 llamada la mayor, con diestra mano
 tenía figurada la ribera
 de Estrimón, de una parte el verde llano
 y d’otra el monte d’aspereza fiera,
 pisado tarde o nunca de pie humano,
 donde el amor movió con tanta gracia
 la dolorosa lengua del de Tracia.

     Estaba figurada la hermosa
 Eurídice, en el blanco pie mordida
 de la pequeña sierpe ponzoñosa,
 entre la hierba y flores escondida;
 descolorida estaba como rosa
 que ha sido fuera de sazón cogida,
 y el ánima, los ojos ya volviendo,
 de la hermosa carne despidiendo.

     Figurado se vía estensamente
 el osado marido, que bajaba
 al triste reino de la escura gente
 y la mujer perdida recobraba;
 y cómo, después desto, él impaciente
 por mirarla de nuevo, la tornaba
 a perder otra vez, y del tirano
 se queja al monte solitario en vano. 

     Dinámene no menos artificio
 mostraba en la labor que había tejido,
 pintando a Apolo en el robusto oficio
 de la silvestre caza embebecido.
 Mudar presto le hace el ejercicio
 la vengativa mano de Cupido,
 que hizo a Apolo consumirse en lloro
 después que le enclavó con punta d’oro.

     Dafne, con el cabello suelto al viento,
 sin perdonar al blanco pie corría
 por áspero camino tan sin tiento
 que Apolo en la pintura parecía
 que, porqu’ella templase el movimiento,
 con menos ligereza la seguía;
 él va siguiendo, y ella huye como
 quien siente al pecho el odïoso plomo. 

     Mas a la fin los brazos le crecían
 y en sendos ramos vueltos se mostraban;
 y los cabellos, que vencer solían
 al oro fino, en hojas se tornaban;
 en torcidas raíces s’estendían
 los blancos pies y en tierra se hincaban;
 llora el amante y busca el ser primero,
 besando y abrazando aquel madero.

     Climene, llena de destreza y maña,
 el oro y las colores matizando,
 iba de hayas una gran montaña,
 de robles y de peñas varïando;
 un puerco entre ellas, de braveza estraña,
 estaba los colmillos aguzando
 contra un mozo no menos animoso,
 con su venablo en mano, que hermoso.

     Tras esto, el puerco allí se via herido
 d’aquel mancebo, por su mal valiente,
 y el mozo en tierra estaba ya tendido,
 abierto el pecho del rabioso diente,
 con el cabello d’oro desparcido
 barriendo el suelo miserablemente;
 las rosas blancas por allí sembradas
 tornaban con su sangre coloradas. 

     Adonis éste se mostraba qu’era,
 según se muestra Venus dolorida,
 que viendo la herida abierta y fiera,
 sobr’él estaba casi amortecida;
 boca con boca coge la postrera
 parte del aire que solia dar vida
 al cuerpo por quien ella en este suelo
 aborrecido tuvo al alto cielo.

     La blanca Nise no tomó a destajo
 de los pasados casos la memoria,
 y en la labor de su sotil trabajo
 no quiso entretejer antigua historia;
 antes, mostrando de su claro Tajo
 en su labor la celebrada gloria,
 la figuró en la parte dond’ él baña
 la más felice tierra de la España. 

     Pintado el caudaloso rio se vía,
 que en áspera estrecheza reducido,
 un monte casi alrededor ceñía,
 con ímpetu corriendo y con rüido;
 querer cercarlo todo parecía
 en su volver, mas era afán perdido;
 dejábase correr en fin derecho,
 contento de lo mucho que habia hecho.

     Estaba puesta en la sublime cumbre
 del monte, y desde allí por él sembrada,
 aquella ilustre y clara pesadumbre
 d’antiguos edificios adornada.
 D’allí con agradable mansedumbre
 el Tajo va siguiendo su jornada
 y regando los campos y arboledas
 con artificio de las altas ruedas.

     En la hermosa tela se veían,
 entretejidas, las silvestres diosas
 salir de la espesura, y que venían
 todas a la ribera presurosas,
 en el semblante tristes, y traían
 cestillos blancos de purpúreas rosas,
 las cuales esparciendo derramaban
 sobre una ninfa muerta que lloraban. 

     Todas, con el cabello desparcido,
 lloraban una ninfa delicada 
 cuya vida mostraba que habia sido
 antes de tiempo y casi en flor cortada;
 cerca del agua, en un lugar florido,
 estaba entre las hierbas degollada
 cual queda el blanco cisne cuando pierde
 la dulce vida entre la hierba verde.

     Una d’aquellas diosas que’n belleza
 al parecer a todas ecedía,
 mostrando en el semblante la tristeza
 que del funesto y triste caso había,
 apartada algún tanto, en la corteza
 de un álamo unas letras escribía
 como epitafio de la ninfa bella,
 que hablaban ansí por parte della: 

     «Elisa soy, en cuyo nombre suena
 y se lamenta el monte cavernoso,
 testigo del dolor y grave pena
 en que por mí se aflige Nemoroso
 y llama “Elisa”; “Elisa” a boca llena
 responde el Tajo, y lleva presuroso
 al mar de Lusitania el nombre mío,
 donde será escuchado, yo lo fío».

     En fin, en esta tela artificiosa
 toda la historia estaba figurada
 que en aquella ribera deleitosa
 de Nemoroso fue tan celebrada,
 porque de todo aquesto y cada cosa
 estaba Nise ya tan informada
 que, llorando el pastor, mil veces ella
 se enterneció escuchando su querella;

     y porque aqueste lamentable cuento,
 no sólo entre las selvas se contase,
 mas dentro de las ondas sentimiento
 con la noticia desto se mostrase,
 quiso que de su tela el argumento
 la bella ninfa muerta señalase
 y ansí se publicase de uno en uno
 por el húmido reino de Neptuno. 

     Destas historias tales varïadas
 eran las telas de las cuatro hermanas,
 las cuales con colores matizadas,
 claras las luces, de las sombras vanas
 mostraban a los ojos relevadas
 las cosas y figuras que eran llanas,
 tanto que al parecer el cuerpo vano
 pudiera ser tomado con la mano.

     Los rayos ya del sol se trastornaban,
 escondiendo su luz al mundo cara
 tras altos montes, y a la luna daban
 lugar para mostrar su blanca cara;
 los peces a menudo ya saltaban,
 con la cola azotando el agua clara,
 cuando las ninfas, la labor dejando,
 hacia el agua se fueron paseando. 

     En las templadas ondas ya metidos
 tenian los pies y reclinar querían
 los blancos cuerpos cuando sus oídos
 fueron de dos zampoñas que tañían
 suave y dulcemente detenidos,
 tanto que sin mudarse las oían
 y al son de las zampoñas escuchaban
 dos pastores a veces que cantaban.

     Más claro cada vez el son se oía
 de dos pastores que venian cantando
 tras el ganado, que también venía
 por aquel verde soto caminando
 y a la majada, ya pasado el día,
 recogido le llevan, alegrando
 las verdes selvas con el son süave,
 haciendo su trabajo menos grave.

     Tirreno destos dos el uno era,
 Alcino el otro, entrambos estimados
 y sobre cuantos pacen la ribera
 del Tajo con sus vacas enseñados;
 mancebos de una edad, d’una manera
 a cantar juntamente aparejados
 y a responder, aquesto van diciendo,
 cantando el uno, el otro respondiendo: 

TIRRENO 

     Flérida, para mí dulce y sabrosa
 más que la fruta del cercado ajeno,
 más blanca que la leche y más hermosa
 que’l prado por abril de flores lleno:
 si tú respondes pura y amorosa
 al verdadero amor de tu Tirreno,
 a mi majada arribarás primero
 que’l cielo nos amuestre su lucero.

ALCINO

     Hermosa Filis, siempre yo te sea
 amargo al gusto más que la retama,
 y de ti despojado yo me vea
 cual queda el tronco de su verde rama,
 si más que yo el murciélago desea
 la escuridad, ni más la luz desama,
 por ver ya el fin de un término tamaño,
 deste dia, para mí mayor que un año. 

TIRRENO

     Cual suele, acompañada de su bando,
 aparecer la dulce primavera,
 cuando Favonio y Céfiro, soplando,
 al campo tornan su beldad primera,
 y van artificiosos esmaltando
 de rojo, azul y blanco la ribera:
 en tal manera, a mí Flérida mía
 viniendo, reverdece mi alegría.

ALCINO

     ¿Ves el furor del animoso viento
 embravecido en la fragosa sierra
 que los antigos robles ciento a ciento
 y los pinos altísimos atierra,
 y de tanto destrozo aun no contento,
 al espantoso mar mueve la guerra?
 Pequeña es esta furia comparada
 a la de Filis con Alcino airada.

TIRRENO

     El blanco trigo multiplica y crece;
 produce el campo en abundancia tierno
 pasto al ganado; el verde monte ofrece
 a las fieras salvajes su gobierno;
 adoquiera que miro, me parece
 que derrama la copia todo el cuerno:
 mas todo se convertirá en abrojos
 si dello aparta Flérida sus ojos. 

ALCINO

     De la esterilidad es oprimido
 el monte, el campo, el soto y el ganado;
 la malicia del aire corrompido
 hace morir la hierba mal su grado;
 las aves ven su descubierto nido
 que ya de verdes hojas fue cercado:
 pero si Filis por aquí tornare,
 hará reverdecer cuanto mirare.

TIRRENO

     El álamo de Alcides escogido                        (NB: Observen la figura retórica llamada
 fue siempre, y el laurel del rojo Apolo;               frequentatio: proceso de diseminación de
 de la hermosa Venus fue tenido                            congeries [acumulación de sustantivos] y
 en precio y en estima el mirto solo;                     de recolección al final del verso)
 el verde sauz de Flérida es querido
 y por suyo entre todos escogiólo:
 doquiera que sauces de hoy más se hallen,
 el álamo, el laurel y el mirto callen. 

ALCINO

     El fresno por la selva en hermosura
 sabemos ya que sobre todos vaya;
 y en aspereza y monte d’espesura
 se aventaja la verde y alta haya;
 mas el que la beldad de tu figura
 dondequiera mirado, Filis, haya,
 al fresno y a la haya en su aspereza
 confesará que vence tu belleza.

     Esto cantó Tirreno, y esto Alcino
 le respondió, y habiendo ya acabado
 el dulce son, siguieron su camino
 con paso un poco más apresurado;
 siendo a las ninfas ya el rumor vecino,
 juntas s’arrojan por el agua a nado,
 y de la blanca espuma que movieron
 las cristalinas ondas se cubrieron.
 

 

Creación de A. Robert Lauer

<arlauer@ou.edu>
Última actualización:
13 de febrero de 2016