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DON LUIS DE GÓNGORA
Y ARGOTE
(1561-1627)
Luis de Góngora y Argote
(1651-1627) nació en Córdoba y vivió allí
la mayor parte de su vida. De joven estudió en la Universidad
de Salamanca pero pronto regresó a Córdoba. Allí
en 1585 se hizo sacerdote y fue nombrado racionero de la catedral.
En 1603 estuvo en Valladolid, residencia entonces de la corte, y allí
comenzó una guerra literaria entre él y Francisco de Quevedo.
Esta guerra fue terrible, ya que ambos poetas se odiaban mutuamente y se
atacaban poéticamente en forma escandalosa. La guerra se acentúa
durante la residencia de Góngora en Madrid, ahora corte, en 1626.
En un poema, Quevedo dice sobre Góngora que «Yo te untaré
mis versos con tocino / porque no me los muerdas, Gongorilla», haciendo
hincapié en una supuesta ascendencia judía de Góngora.
En otra ocasión, Quevedo compró la casa donde vivía
Góngora y Góngora se vio obligado a abandonarla. En
una sátira, Quevedo menciona que para perfumar la casa y «desengorgorarla»
quemó poemas de Garcilaso. Antes de que Góngora muriera,
Góngora le escribió un epitafio en vida donde dice: «Este
que en negra tumba, rodeado / de luces, yace muerto y condenado, / vendió
el alma y el cuerpo por dinero / y aun muerto es garitero [gambler]
{ . . .} / {. . . } la sotana [cassock] traía / por
sota [knave, in cards], mas que no por clerecía; / hombre
en quien la limpieza fue tan poca / (no tocando a su cepa [lineage])
/ que nunca, que yo sepa, se le cayó la mierda de la boca. / Este
a la gerigonza [dialecto de gitanos] quito el nombre, / pues después
que escribió cíclopemente, / la llama gerigóngora
la gente . . . / Fuese con Satanás culto y pelado: / ¡mirad
si Satanás es desdichado!»
Las obras de Góngora
constan de unos 94 romances auténticos
(escritos entre 1580-1626 [18 atribuibles]: líricos, burlescos [paródicos,
humorísticos, satíricos], amorosos, moriscos, de cautivos,
pastoriles, villanescos [rústicos], caballerescos [carolingios],
mitológicos, picarescos, piscatorios [églogas de pescadores],
venatorios [de caza, de montería]; generalmente de rima /-áa/,
/-éa/ y /-ée/,
aunque también hay las siguientes rimas: /-áo/, /-ía/,
/-ío/, /-óo/, /-óe/, /-óa/, /-úo/, /-úa/,
/-í/, /-ío/, /-ía/, /-úo/);
54
letrillas auténticas ( 6 líricas [1592-1621],
12 satíricas [1581-1625], 13 burlescas [1581-1626], 23 sacras [1609-1621],
más 29 atribuibles y 21 apócrifas); 167
sonetos auténticos (52 heroicos o dedicatorios [1585-1624],
45 amorosos [1582-1623], 32 satíricos [1588-1622], 19 fúnebres
[1582-1622], 19 morales [1582-1623] y 50 adicionales atribuibles);
33
composiciones diversas de arte mayor (versos largos); 3
largos poemas (Fábula de Polifemo y Galatea [escrita
en 1613], Soledades [1613-1614], y Panegírico al duque
de Lerma [su protector] {1617}); dos obras
dramáticas (Las firmezas de Isabela (1610) y El
doctor Carlino [1613]) y 124 cartas.
Supuestamente tiene dos épocas: la del «príncipe
de la luz» y la del «príncipe de las tinieblas»,
como había dicho Francisco de Cascales en sus Cartas filológicas.
El primero era el poeta fácil, sencillo, popular, autor de romances
y letrillas; el segundo el autor de poemas extravagantes, oscuros, ininteligibles,
carentes de sentido, como el Polifemo, las Soledades, y el
Panegírico
al duque de Lerma.
La fama e influencia de Góngora
fue extraordinaria en el siglo XVII y continuó durante la primera
mitad del XVIII. Tuvo en seguida comentaristas de sus obras como
si se tratara de un poeta clásico y antiguo. Tuvo sin embargo
sus enemigos en Lope de Vega y Francisco de Quevedo.
En 1620, el humanista Francisco de Cascales, censurando la oscuridad
de Góngora, lo llamó «príncipe de tinieblas».
A partir de 1737, en que Ignacio de Luzán publica
su Poética (una preceptiva neoclásica), comienza la
reacción contra Góngora y esa actitud negativa dura hasta
fines del XIX. Por supuesto, la condenación se refiere a sus obras
difíciles, especialmente a las Soledades y a la Fábula
de Polifemo y Galatea. Sus obras mas fáciles, sobre todo
sus romances y letrillas, siempre fueron gustados. La poesía
difícil, sin embargo, no sólo era condenada sino que llegó
a no entendérsela.
La reivindicación de
Góngora comenzó a fines del siglo XIX con los simbolistas
franceses como
Paul Verlaine y Stéphane Mallarmé
y, consecuentemente, el modernista nicaragüense Rubén Darío.
Todos estos poetas veían en Góngora al artista hermético,
raro, incomprensible y rechazado por la crítica académica
y oficial. También veían en él un aliado contra
el realismo de la época, y el interés en crear una poesía
exquisita, aristocrática, de esforzada perfección que sustituyera
el mundo de las cosas por otro de representaciones. En este siglo,
la reivindicación de Góngora empieza con el famoso ensayista
mejicano Alfonso Reyes (Cuestiones gongorinas, 1927).
En este mismo año, 1927, empieza también la reivindicación
gongorina en España cuando se celebra el tercentenario de su
muerte. Poetas famosos españoles de esa época como
Federico
García Lorca, Rafael Alberti, Pedro Salinas,
Jorge
Guillén,
Dámaso Alonso, Gerardo Diego,
Luis
Cernuda y Vicente Aleixandre vieron a Góngora como poeta-símbolo
de su generación. Esta generación de poetas se interesa
en el arte deshumanizado y antirrealista, en la intensa perfección
formal, y en intenciones puramente estéticas, o sea,
en el arte por el arte. El cabecilla de este grupo es el poeta
Dámaso
Alonso. En ese mismo año apareció también
una edición de las Soledades de Góngora, acompañada
de una versión en prosa, publicada por Dámaso Alonso.
La actualidad de Góngora
está en baja ahora ya que la poesía actual responde a otros
llamamientos y busca otros caminos, una línea más humana
y menos estetizante.
Los elementos característicos
del estilo gongorino son los siguientes:
-
Amplio uso de cultismos (neologismos de origen latino
y griego); [la meta de Góngora era imitar a los escritores de la
antigüedad grecolatina, o sea, imitación de los géneros
literarios, los temas, el léxico {de donde vienen los cultismos},
la sintaxis y las referencias mitológicas. En Góngora
se logra el triunfo del Renacimiento en esta «poesía límite»,
pero Góngora no inventa, sólo recoge y amontona. El
cultimso le da a la lengua otro sabor, otro valor fonético y musical,
otro acento, sobre todo en las palabras esdrújulas].
-
Sintaxis dislocada, inextricable y latinizante, atribuida
a una imitación del poeta italiano Giambattista Marino o,
en palabras de un crítico francés, Lucien Paul Thomas,
a una alteración de su salud mental (alteración del orden
normal de la colocación de las palabras en la frase y el empleo
abundante del hipérbaton; pero también refiriéndose
a la desmesurada longitud del período, a la abundante proliferación
de casi todas las palabras, o sea, sustantivos acompañados de aposiciones,
predicados, determinativos, oraciones con elementos circunstanciales, abundantes
oraciones subordinadas y largos paréntesis).
-
Riqueza de imágenes y de metáforas extravagantes,
sobre todo en referencia a la naturaleza vista como cornucopia, que queda
sustituida o aludida [eufemismo {euphemism}] por medio de estas
figuras retóricas.
-
Gusto por los elementos sensoriales: color, luz, sonido,
tacto, olor.
-
Gran número de referencias mitológicas.
El resultado es una poesía
difícil (la dificultad se considera un mérito) escrita
para minorías cultas, en que lo importante es el goce estético
que produce la bella palabra y los elementos sensoriales del lenguaje.
También es una poesía que alaba la belleza y que es totalmente
cerebral, objetiva, deshumanizante, carente de intimidad o sentimentalismo,
perfecta, poesía pura, poesía donde el poeta se ha eliminado
de su obra completamente.
Por otra parte, su poesía
tradicional, sobre todo sus letrillas, son satíricas (ataca
las flaquezas de las mujeres, la hipocresía, la presunción,
la ostentación, a los médicos [«Buena orina y buen
color / y tres higas al doctor»]; son desvergonzados, chistosos,
y obscenos, pero también amargos, pesimistas, y de advertencia moral.
Los romances de Góngora son, con los de Lope de Vega y Francisco
de Quevedo, los mejores de su época. Son satíricos
[«Píramo y Tisbe»], burlescos, moriscos [«Servía
en Orán al rey»], de cautivos, caballerescos [«Angélica
y Medoro»], pastoriles, alegóricos, amorosos, descriptivos
y de circunstancias. Sus sonetos, también como los
de Lope y Quevedo, son excelentes. Predomina en ellos el artificio
más que el sentimiento. Son de arquitectura perfecta.
Los mejores sonetos de Góngora son asimismo los mejores sonetos
que se hayan escrito en español [«Mientras por competir con
tu cabello»].
Los grandes poemas:
Fábula de Polifemo
y Galatea. Aparece en la Odisea de Homero, en Teócrito,
Virgilio, Ovidio (libro 13 de sus Metamorfosis). Hay también
versiones italianas famosas de Marino y de Tommaso Stigliani, y en España,
de Castillejo, Pérez Sigler, Sánchez de Viana, Gálvez
de Montalvo, Barahona de Soto, Carrillo de Sotomayor [influye en Góngora]
y Lope de Vega. Es famoso este mito en el Barroco por el enfrentamiento
de contrarios, sobre todo el de luz y sombra y el de lo bello y lo monstruoso.
Dámaso Alonso llama esta obra «la obra más representativa
del Barroco europeo». Consiste de 504 endecasílabos
agrupados en 63 octavas reales. Hay una gran profusión
de cultismos, complicados hipérbatos, hipérboles desmesuradas
y metáforas proliferadas. No hay en el poema ningún
sentimiento de simpatía por el gigante, como lo hay en el poema
de Carrillo, sino estremecimiento, entusiasmo y refinamiento cerebral.
Soledades: Su obra central
y la mas gongorina de todas. Aquí Góngora toma un asunto
sin antecedentes directos y elige la silva, cuyas estrofas ampliables
o reducibles a voluntad permiten todo género de complejidades y
proliferaciones sintácticas. Las Soledades iban a ser
cuatro pero no pasaron de dos, y la segunda quedó sin terminar.
La primera tiene 1.091 versos y la segunda quedó detenida en el
verso 979. Góngora supuestamente (según Pellicer) deseaba
simbolizar en las cuatro Soledades las cuatro edades del hombre:
a) En la primera la juventud con amores, prados, juegos, bodas,
y alegrías; b) En la segunda la adolescencia, con pescas,
cetrería, navegaciones; c). En la tercera la virilidad, con
monterías, cazas, prudencia, y economía; d) La cuarta la
senectud,
y allí, política y gobierno. El argumento (según
Díaz de Rivas) de la obra son los pasos de un peregrino en la soledad:
la primera Soledad se intitula Soledad de los campos y las
personas que se introducen son pastores; la segunda es la Soledad de
las riberas; la tercera
Soledad de las selvas; y la cuarta,
Soledad
del yermo. Tal como han quedado, el contenido de las
Soledades
es el que sigue. En la primera se nos presenta a un joven que, desdeñado
por su amada, llega náufrago, salvado sobre una tabla, a la costa
y es acogido por unos cabreros. Pasa con ellos la noche y a la mañana
siguiente emprende camino y encuentra a un grupo de serranos y serranas
que se dirigen a unas bodas. Al frente del grupo va un viejo que
ha perdido un hijo en el mar y mira por ello al náufrago con particular
simpatía. Invita al joven a que lo acompañe y asista
a las bodas. El viejo condena también en un largo discurso
a la ambición, causa de todos los males marítimos.
Entre danzas y fuegos de artificio concluye el día. A la mañana
siguiente los novios, adornados de flores, se encaminan a la iglesia donde
se efectúa la ceremonia nupcial. Después hay un banquete
y competencia de juegos atléticos. Anochece. Con el
nuevo día comienza la soledad segunda. El joven peregrino
acompaña a unos pescadores y llega con ellos a una isla. El
joven refiere sus cuitas amorosas. Comen en la isla sobre la hierba.
Se hace tarde. Deciden ir de caza. Tal como están, los
Soledades
son de asunto leve, que consisten de una sucesión de escenas pastoriles
de pesca y caza unidas apenas por la presencia del peregrino que sufre
de amor. Hay en todo el poema una exaltación de las fuerzas naturales
y un menosprecio de la vida de la corte (beatus ille).
El Panegírico al duque
de Lerma es un poema cortesano y adulador de 632 versos, sin emoción.
Así que el Polifemo mira hacia la antigüedad grecolatina;
las Soledades miran hacia la belleza natural, y el Panegírico
corresponde a la poesía cortesana y suntuaria. Después
de Góngora, sus imitadores fracasaron ya que este tipo de poesía
limite no admitía continuadores. Sin embargo, su estilo invadió,
sin excepción, todos los géneros, sobre todo el teatro y
la oratoria. También el español, gracias a Góngora,
experimentó uno de los más densos enriquecimientos que ha
conocido a lo largo de su historia.
Alonso, Dámaso. Góngora y el «Polifemo».
4ª ed. Tomo 2. Madrid: Gredos, 1961.
Galatea (de Rafael)
1. DEDICATORIA AL CONDE DE
NIEBLA. El poeta pide al conde que escuche sus versos.
2. Para que puedan ser escuchados sus versos, el
poeta pide ahora quietud a los animales de la caza.
3. Pide el poeta al conde que aproveche la suspensión
de la caza para oír sus versos. En otra ocasión cantará
como se merecen las alabanzas de tan gran señor. Aquí
termina la dedicatoria del poema.
4. COMIENZA LA FÁBULA.
LUGAR DE LA ACCIÓN. Antes que nada, nos indica
el poeta el lugar de la acción: Sicilia. Al fin de la estrofa
introduce ya la caverna de Polifemo, que va a describirnos después:
5. DESCRIPCIÓN
DE LA CAVERNA. Comienza la descripción propiamente
dicha de la caverna de Polifemo, y abarca esta estrofa y la siguiente.
6. Termina en esta estrofa la descripción
de la caverna de Polifemo.
7. DESCRIPCIÓN
DEL CÍCLOPE. Después de habernos descrito
la caverna, comienza ahora la descripción de Polifemo; y ocupa ésta
las estrofas 7 y 8.
8. Continúa la descripción de Polifemo.
9. Cuenta ahora el poeta cómo el gigante
Polifemo mata las alimañas más fieras.
10. Frutas del zurrón de Polifemo.
11. Sigue enumerando las frutas del zurrrón
de Polifemo.
12. Nos describe ahora el poeta el instrumento
de Polifemo y los efectos de su salvaje música.
13. DESCRIPCIÓN
DE GALATEA. Amor de Polifemo a Galatea. Comienza
la descripción de esta ninfa.
14. Continúa la descripción de Galatea.
15. Amor de los dioses marinos a Galatea: Glauco,
enamorado de la ninfa.
16. Palemón (o Palemo, como le llama Góngora),
otro dios marino, amante desdeñado por Galatea.
17. Continúa el tema de la estrofa anterior.
18. DESCRIPCIÓN
DE SICILIA. EFECTOS, EN LA ISLA, DEL AMOR POR GALATEA.
Nos ha dicho el poeta en las estrofas anteriores cómo padecen por
Galatea los dioses marinos. Va a mostrarnos ahora cómo arde
también en su amor la juventud terrestre. A modo de introducción
para este nuevo tema nos da en esta estrofa y en la primera parte de la
19, una rápida descripción de la isla de Sicilia.
19. En los cuatro primeros versos de esta estrofa
termina la descripción de Sicilia, y en los cuatro últimos
se comienza a tratar del amor que todos los hombres de la isla sienten
por Galatea.
20. Continúa el poeta describiéndonos
los efectos del amor a Galatea, entre los habitantes de la isla: cómo
le hacen ofrenda de sus productos, labradores, ganaderos y hortelanos.
Nos ha dicho al final de la estrofa anterior que Galatea era para los sicilianos
una divinidad, aunque sin templo. Y sigue ahora así:
21. Efectos que el amor a Galatea produce entre
la juventud de la isla.
22. En la estrofa anterior ha descrito la ausencia
de los pastores, absortos en el amor de Galatea: en ésta nos pinta
cómo, sin pastor, los perros no vigilan, y los lobos hacen destrozos
en los rebaños.
23. ENAMORAMIENTO DE ACIS
Y GALATEA. Galatea descansa junto a una fuente, donde,
con la música de las aves, queda dormida.
24. En la mayor fuerza del calor, llega Acis a
aquel sitio donde reposa Galatea. El joven se inclina a beber en
la fuente, pero, mientras tanto, mira a la ninfa dormida.
25. Breve descripción de Acis.
26. Ofrendas que Acis deja junto a Galatea dormida.
27. Acis se refresca las manos y la frente en el
arroyo. Un suave vientecillo sopla sobre el sitio donde duerme Galatea.
28. Al ruido del agua con que se refresca Acis,
despierta sobresaltada Galatea. Su primer impulso es huir; pero el
mismo temor se lo impide.
29. Sigue la alteración de Galatea, la cual
encuentra junto a sí las ofrendas de Acis, pero no al que allí
las puso.
30. La ninfa queda pensando a quién podrá
atribuir la ofrenda. El amor, entonces, se propone vencer el desdén
que a todos ha mostrado hasta allí Galatea.
31. Hiere el amor a Galatea. Comienza a operarse
un cambio en el corazón de la ninfa.
32. No sabe Galatea el nombre de quién le
había hecho los regalos. Se pone a buscar, y encuentra a Acis
que se finge dormido.
33, 34, 35. Nos describe el poeta en estas tres
esntancias (enlazadas por el sentido) cómo Galatea ve a Acis (que
finge dormir) y el efecto que la belleza del joven produce en la ninfa.
36. Más enamora la natural belleza que la
muy adornada: en la hermosura sin aliño de Acis se oculta un veneno
de amor que Galatea bebe ansiosamente.
37. El astuto Acis está, en medio de su
fingido sueño, muy atento a todas las reacciones que se producen
en el alma de Galatea.
38. Acis se levanta e intenta besar el pie de Galatea.
Gran sobresalto de la ninfa.
39. Serenada y amansada Galatea levanta al dichoso
Acis. Descripción del lugar en que se reclinarán los
enamorados.
40. UNIÓN DE ACIS
Y GALATEA. Recostados sobre la hierba Galatea y Acis,
son iniciados al amor al ver y escuchar cómo se están arrullando
dos palomas.
41. Acis trata de acariciar a Galatea. La
ninfa le esquiva dulcemente, con lo que él se enardece aún
más.
42. Primer beso de Acis a Galatea. Violetas
y alhelíes llueven profusamente sobre el que ya es tálamo
de los amantes.
Acis & Galatea
43. CANTO DE POLIFEMO.
Comienza la que podemos llamar tercera parte del poema: el canto de amor
y la venganza de Polifemo. En esta estrofa nos dice el poeta que,
ya avanzado el día y próximo el sol a la puesta, subió
Polifemo a la cima de un peñasco que domina la playa.
44. Toca desde la cima del peñasco su zampoña
Polifemo. Temor de la ninfa al oír esta música.
45. Amor y temor impiden huida a Galatea.
Y comienza a cantar Polifemo, cuya voz había sido preludiada por
la zampoña. Pide el poeta ayuda a las musas para reproducirlo.
46. Comienza el canto de Polifemo. Invoca
a Galatea comparándola en suavidad con los claveles, en blancura
con el cisne y en majestad con el pavo real.
47. Invita el gigante a Galatea a salir del mar
y pisar la playa.
48. Ruégale que escuche su canto.
49. Comienza Polifemo a ponderar sus riquezas.
Y habla primero de sus rebaños.
50. Continúa Polifemo jactándose
de su hacienda. Su abundancia de miel.
51. Alaba ahora su linaje. Incita a Galatea
a que no desdeñe esposo tan robusto.
52. Jáctase el cíclope de su estatura.
53. Refiere ahora Polifemo cómo cierto día
pudo verse en el mar en calma y contemplar su gran ojo.
54. Cuenta Polifemo cómo el amor de Galatea
le ha cambiado de cruel en piadoso.
55-56. En estas dos estrofas (enlazadas por el
sentido) refiere Polifemo el naufragio de una nave genovesa llena de mercaderías
orientales.
57-58. Refiere Polifemo (en estas estrofas enlazadas
por el sentido) cómo acogió a uno de los náufragos.
Este le hizo un regalo de marfil: un arco y una aljaba primorosamente labrados.
El cíclope se los ofrece a Galatea.
59. IRA DEL CÍCLOPE
Y MUERTE DE ACIS. Interrumpe su canto Polifemo para ahuyentar
con voces y pedradas a unas cabras que estaban dañando unas vides.
Llegan las voces y las piedras al lugar donde están Galatea y Acis.
60. Salen Galatea y Acis huyendo hacia el mar.
Comparación.
61. Descubre a Galatea y Acis, que corrían,
la penetrante vista de Polifemo. Lleno de rabia y celos, da un horrible
grito.
62. Arranca Polifemo una enorme peña y la
lanza sobre Acis. Invocadas las deidades marinas, hacen que del aplastado
cuerpo de Acis salga límpida agua, en vez de sangre.
63. Sale del cuerpo de Acis un caudal de agua y
va corriendo hasta llegar al mar. Allí lo recibe Doris.
Polifemo
«El
canto de Polifemo», Acis
and Galatea (1718), ópera pastoral (en inglés) de
Georg Friedrich Händel (1685-1759)
Las soledades (1ª Parte: 1613; 2ª. Parte:
1614-[1626?]):
I. Soledad primera
(1613: vv. 1-1091: soledad de los campos [poema pastorial]). Primera
redacción (vv. 1-779), segunda redacción (vv. 780-882), tercera
redacción (vv. 883-1091).
A. Dedicatoria
(vv. 1-37) a Don Alonso Diego López de Zúñiga y
Sotomayor, Duque de Béjar, grande de España, marqués
de Gibraleón y conde de Belalcázar (Benalcázar) [1577-1619].
Referencia a Euterpe (musa de la música y de la poesía lírica,
así como del deleite, el placer; es también la inventora
de la flauta doble o «dvoyanka»).
B. Primer día
(naufragio) [vv. 1-175]: Llega el náufrago peregrino a una playa
desconocida. Se aproxima a un albergue. Discurso pastoril del
peregrino. Transición del estado de la naturaleza (la tormenta)
al estado de la cultura (el albergue), o de la confusión (el mar)
a la cortesía primitiva de los cabreros. Cambio entre el mundo
de afuera (el confuso mar) al mundo de adentro (la hospitable tierra).
Comienza el poema en abril, al atardecer. El peregrino huye de una
enemiga amada de la corte.
C. Segundo día
(vv. 176-700): Sale el peregrino del albergue. Meditación
sobre las ruinas (divagación sobre el tópico medieval del
tempus fugit irreparibile). Se reúne con una procesión
de serranos que van a una boda. Hay una procesión de los regalos
que traen los serranos a la boda, entre los cuales se encuentran ternuelas,
gallinas, cabritos, conejos, pavos, perdices, panales de miel y gamos (vv.
285-334). Un serrano le relata la historia de su participación
en la Conquista (breve epopeya narrada). Aparentemente, el serrano
era un hidalgo que ahora se ha vuelto pastor. Habla de la codicia,
móvil de la Conquista, en su opinión, y de las conquistas
españolas y portuguesas. Hay referencias al mar del Norte
(el océano Atlántico); al mar del Sur (el océano Pacífico);
al istmo de Panamá; a los lestrigones (caníbales mediterráneos);
al cabo de Buena Esperanza (por donde pasó Vasco de Gama en 1498);
a la zona tórrica (India), adonde llegó Vasco de Gama; a
la circunavegación del mundo llevada a cabo por Magallanes en 400
días en la nave Victoria; a las islas firmes del mar del Alba, o
archipiélago filipino; y a las islas Malucas (vv. 366-502).
Llegan a la aldea. Se notan fuegos artificiales. Hay una fiesta
nocturna, seguida de un descanso.
D. Tercer día
(vv. 701-1091): El peregrino entra en la aldea. Presentación
de los novios. Banquete nupcial. Juegos entre los serranos
y los campesinos durante la tarde. Puesta del sol y batallas de amor
entre los novios.
1. Coros amebeos:
a. Coro I: Coro de zagalas, quienes cantan en loor del novio.
b. Coro II: Coro de garzones, quienes cantan en loor de la novia.
Se hace referencia en estos coros a Juno (diosa de nupcios),
Lucinda (diosa de los partos), Baco (dios del ocio), Hércules (dios
del trabajo), Pales (diosa del pastoreo) y Palas (diosa de tejedoras).
Se recomienda la vida pastoril humilde (aurea mediocritas) y no la ostentación.
2. Olímpica palestra (competencias entre los garzones):
a. Partido de lucha: primera batalla de los juegos olímpicos
(vv. 970-980).
b. Salto: segunda batalla de los juegos olímpicos (vv. 984-986).
c. Carrera: tercera batalla de los juegos olímpicos (vv. 1024-1034).
Hay 20 corredores. Tres de ellos llegan a los olmos primero (el olmo
es el árbol sagrado de Hércules).
Puesta del sol (Júpiter,
lo viril). Salida de la noche (Venus, lo femenil). Fuegos artificiales.
Estacada suave: batallas de amor en la cama de los novios. Final
del poema (vv. 1085-1091). Sobresalen en esta primera soledad los
elementos de tierra y fuego.

II. Soledad segunda
(1614-[1626?]: vv. 1-979: soledad de las riberas [poema piscatorio]).
Primera redacción: vv. 1-274; segunda redacción: 275-840;
tercera redacción: 841-936; coda de 42 vv. adicionales: vv. 937-979.
A. Cuarto día
(vv. 1-676): La isla. Después de la boda, el peregrino embarca
con dos pescadores. Soliloquio del héroe. Recorrido
de la isla con el viejo «Nereo». Cena y narración
de las proezas piscatorias de las hijas del anciano marinero. Quejas
de amor de los pescadores Micón y Lícidas. Intervención
del peregrino. Himno al amor.
1. Vv. 116-170: Sololoquio del peregrino (cf. Con la oda pastoril
en 1.94-135). Cinco años (un lustro) viajó el peregrino
por mar y tierra.
2. Vv. 248-336: Descripción encomiástica (cf. con la
narración épica en 1.336-502) de una economía natural
rural, que consiste de cisnes (vv. 248-262), palomas (vv. 263-274), conejos
(vv. 275-282), abejas (vv. 283-301), cabras (vv. 303-313), una fuente (vv.
314-327) y un huerto (vv. 327-336).
3. Vv. 364-387: Discurso del peregrino en el que celebra la prudente
medianía que mantiene su huésped en la isla (cf. el discurso
nupcial en 1.893-943).
4. Narración de la pesca de las hijas del viejo pescador «Nereo»:
a. Filódoces. Esta hija «caza» una foca
con un arpón.
b. Éfire. Esta hija «caza» un monstruo marino
y un esturión con un arpón.
5. Cantos amebeos de los pescadores (cf. los cantos nupciales en
1.767-844):
a. Lícidas ama a Leucipe, otra hija de «Nereo».
b. Micón ama a Cloris, otra hija de «Nereo».
6. Interviene el peregrino como «celestino» a favor de
los pescadores para que puedan casarse con las hijas de «Nereo».
B. Quinto (último)
día (vv. 677-979): La cetrería. Con el alba, abandona
el peregrino la isla de «Nereo» en una barquilla. Observa
un magnífico castillo sobre el mar. Hay una tropa de halcones
comandados por un príncipe. Batalla de pluma de los halcones
y varios pájaros. Retirada.
1. Descripción del castillo sobre el mar, propiedad de los
duques de Medina Sidonia y condes de Niebla (suegro del duque Lerma, favorito
de la corte de Felipe III).
2. [Lo militar y lo cortesano:] Procesión de la generosa cetrería
(vvv. 735-830):
a. El neblí (falcon) [vv. 745-749]
b. El sacre de Chipre (saker) [vv. 750-753]
c. El gerifalte de Holanda (gerfalcon, gyrfalcon) [vv. 754-757]
d. El baharí de España (red-legged sparrow hawk)
[vv. 758-761]
e. El borní de África (marsh herrier) [vv. 762-771]
f. El aleto de América (osprey, fish hawk) [vv. 772-782]
g. El azor de Inglaterra (goshawk) [vv. 783-790]
h. El búho (eagle owl, horn owl) [vv. 791-798]
i. Un perro de caza (vv. 799-808)
j. Un príncipe (vv. 809-822) [posible alusión a don
Manuel Alonso Pérez de Guzmán, el Bueno, 12º conde
de Niebla y 7º duque de Medina Sidonia [1549-1615], admiral de la
Armada Invencible)
Termina el poema en el v.
840 con una alusión a una lucha de los halcones según el
MS consultado por Juan López de Vicuña para sus Obras en
verso del Homero español (Madrid, 1627).
C. Luchas «aéreas»
entre los halcones y varios pájaros:
1. Vv. 841-874: Lucha entre un doral (fly catcher) y un baharí.
2. Vv. 875-902: Lucha entre varios cuervos y un búho.
3. Vv. 902-935: Lucha estratégica entre un gerifalte, una
cuerva (rook, crow) y un sacre.
4. Vv. 936: Muerte de la cuerva y fin de la cetrería.
Fin de los MSS del poema anteriores (MS 3795 de la
Biblioteca Nacional de Madrid y MS 3:266 de la Biblioteca Nacional de Lisboa)
al MS de Antonio Chacón (c. 1625-1628).
D. Coda de 42 vv.
(vv. 937-979): Esta coda fue escrita años después de
la Soledad segunda, persuasido Góngora por Antonio Chacón.
Se nota un tono de cansancio.
1. Sigue el barco del peregrino por la playa a un cazador.
Ve el peregrino chozas miserables y abandonadas. Sus habitantes serán
posiblemente jornaleros del príncipe de la cetrería.
Aparentemente han ido de pesca (por la referencia a Glauco, dios marino)
o al trabajo pastoril (por la referencia a Pales, diosa del pastoreo).
2. Varios halcones (milanos [kites, goshawks]) atacan polluelos.
Se usan imágenes bélicas al referirse a estas aves como corsarios
volantes atacando a infantería.
3. Los halcones cansados y fatigados son aprisionados por los halconeros.
Comienza el anochecer. Sale el búho. Fin del poema (v.
979). Sobresalen los elementos de aire y agua.
Etc.
Poesía:
Luis de Góngora y Argote: Soneto LIII (moral):
Infiere,
de los achaques de la vejez, cercano el fin, a que católico se alienta:
En este occidental, en este, oh Licio,
climatérico lustro de tu vida
todo mal afirmado pie es caída,
toda fácil caída es precipicio.
¿Caduca el paso? Ilústrese el juicio.
Desatándose va la tierra unida;
¿qué prudencia del polvo prevenida
la ruina aguardó del edificio?
La piel no sólo sierpe venenosa,
mas con la piel los años se desnuda,
y el hombre no. ¡Ciego discurso humano!
¡Oh aquél dichoso que, la ponderosa
porción depuesta en una piedra muda,
la leve da al zafiro soberano!
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto LIV (moral):
De
la brevedad engañosa de la vida:
Menos solicitó veloz saeta
destinada señal que mordió aguda;
agonal carro por la arena muda
no coronó con más silencio meta
que presurosa corre, que secreta
a su fin nuestra edad. A quien lo duda,
fiera que sea de razón desnuda,
cada Sol repetido es un cometa.
¿Confiésalo Cartago y tú lo ignoras?
Peligro corres, Licio, si porfías
en seguir sombras y abrazar engaños.
Mal te perdonarán a ti los las horas,
las horas que limando están los días,
los días que royendo están los años.
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto LXIX (fúnebre):
Inscripción
para el sepulcro de Domínico Greco:
Esta en forma elegante, ¡oh peregrino!,
de pórfido luciente dura llave,
el pincel niega al mundo más suave
que dio espíritu a leño, vida a lino.
Su nombre, aun de mayor aliento dino
que en los clarines de la Fama cabe,
el campo ilustra de este mármol grave,
venéralo y prosigue tu camino.
Yace el griego, heredó Naturaleza
arte y el Arte estudio, Iris colores,
Febo luces, si no sombras Morfeo.
Tanta urna, a pesar de su dureza,
lágrimas beba, y cuantos suda olores
corteza funeral de árbol sabeo.
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto LXXXII
(amoroso):
La dulce boca que a gustar convida
Un humor entre perlas distilado,
Y a no invidiar aquel licor sagrado
Que a Júpiter ministra el garzón de Ida,
Amantes, no toquéis, si queréis vida;
Porque entre un labio y otro colorado
Amor está, de su veneno armado,
Cual entre flor y flor sierpe escondida.
No os engañen las rosas que a la Aurora
Diréis que, aljofaradas y olorosas
Se le cayeron del purpúreo seno;
Manzanas son de Tántalo, y no rosas,
Que pronto huyen del que incitan hora
Y sólo del Amor queda el veneno.
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto LXXXVI
(amoroso):
De pura honestidad templo sagrado,
Cuyo bello cimiento y gentil muro
De blanco nácar y alabastro duro
Fue por divina mano fabricado;
Pequeña puerta de coral preciado,
Claras lumbreras de mirar seguro,
Que a la esmeralda fina el verde puro
Habéis para viriles usurpado;
Soberbio techo, cuyas cimbrias de oro
Al claro sol, en cuanto en torno gira,
Ornan de luz, coronan de belleza;
Ídolo bello, a quien humilde adoro,
Oye piadoso al que por ti suspira,
Tus himnos canta, y tus virtudes reza.
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto CIII (amoroso):
De
un caminante enfermo que se enamoró donde fue hospedado:
Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto,
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
Repetido latir, si no vecino,
distinto oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto
piedad halló, si no halló camino.
Salió el Sol y, entre armiños escondida,
soñolienda beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.
Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto CIX (amoroso):
De
una dama que, quitándose una sortija, se picó con un alfiler:
Prisión del nácar era, articulado,
de mi firmeza un émulo luciente,
un dïamante, ingenïosamente
en oro también él aprisionado.
Clori, pues, que su dedo apremïado
de metal aun precioso no consiente,
gallarda un día, sobre impacïente,
lo redimió del vínculo dorado.
Mas ay, que insidïoso latón breve
en los cristales de su bella mano
sacrílego divina sangre bebe:
púrpura ilustró menos indïano
marfil; invidïosa sobre nieve,
claveles deshojó la Aurora en vano.
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto CLXV:
Ilustre y hermosísima María,
mientras se dejan ver a cualquier hora
en tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos y, en tu frente, el día,
y mientras con gentil descortesía
mueve el viento la hebra voladora
que la Arabia en sus venas atesora
y el rico Tajo en sus arenas cría;
antes que de la edad Febo eclipsado
y el claro día vuelto en noche oscura,
huya la Aurora del mortal nublado;
antes que lo que hoy es rubio tesoro
venza a la blanca nieve su blancura,
goza, goza el color, la luz, el oro.
***
Luis de Góngora y Argote: Soneto CLXVI:
Mientras por competir con tu cabello
Oro bruñido al sol relumbra en vano,
Mientras con menosprecio en medio el llano
Mira tu blanca frente al lilio bello;
Mientras a cada labio, por cogello,
Siguen más ojos que al clavel temprano,
Y mientras triunfa con desdén lozano
Del luciente cristal tu gentil cuello,
Goza cuello, cabello, labio y frente,
Antes que lo que fue en tu edad dorada
Oro, lilio, clavel, cristal luciente,
No sólo en plata o vïola troncada
Se vuelva, más tú y ello juntamente
En tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.
***
Luis de Góngora y Argote: Fábula de Polifemo
y Galatea: Al conde de Niebla:
Estas que me dictó, rimas sonoras,
Culta sí aunque bucólica Talía,
Oh excelso Conde, en las purpúreas horas
Que es rosas la alba y rosicler el día,
Ahora que de luz tu niebla doras,
Escucha, al son de la zampoña mía,
Si ya los muros no te ven de Huelva
Peinar el viento, fatigar la selva.
Templado pula en la maestra mano
El generoso pájaro su pluma,
O tan mudo en la alcándara, que en vano
Aun desmentir el cascabel presuma;
Tascando haga el freno de oro cano
Del caballo andaluz la ociosa espuma;
Gima el lebrel en el cordón de seda,
Y al cuerno al fin la cítara suceda.
Treguas al ejercicio sean robusto,
Ocio atento, silencio dulce, en cuanto
Debajo escuchas de dosel augusto
Del músico jayán el fiero canto.
Alterna con las Musas hoy el gusto,
Que si la mía puede ofrecer tanto
Clarín --y de la Fama no segundo--,
Tu nombre oirán los términos del mundo.
I
Donde espumoso el mar sicilïano
El pie argenta de plata al Lilibeo,
Bóveda o de las fraguas de Vulcano
O tumba de los huesos de Tifeo,
Pálidas señas cenizoso un llano,
Cuando no del sacrílego deseo,
Del duro oficio da. Allí una alta roca
Mordaza es a una gruta de su boca.
Guarnición tosca de este escollo duro
Troncos robustos son, a cuya greña
Menos luz debe, menos aire puro
La caverna profunda, que a la peña;
Caliginoso lecho, el seno obscuro
Ser de la negra noche nos lo enseña
Infame turba de nocturnas aves,
Gimiendo tristes y volando graves.
De este, pues, formidable de la tierra
Bostezo, el melancólico vacío
A Polifemo, horror de aquella sierra,
Bárbara choza es, albergue umbrío
Y redil espacioso donde encierra
Cuanto las cumbres ásperas cabrío,
De los montes esconde: copia bella
Que un silbo junta y un peñasco sella.
Un monte era de miembros eminente
Este que --de Neptuno hijo fiero--
De un ojo ilustra el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero;
Cíclope a quien el pino más valiente
Bastón le obedecía tan ligero,
Y al grave peso junco tan delgado,
Que un día era bastón y otro cayado.
Negro el cabello, imitador undoso
De las oscuras aguas del Leteo,
Al viento que lo peina proceloso
Vuela sin orden, pende sin aseo;
Un torrente es su barba, impetuoso
Que --adusto hijo de este Pirineo--
Su pecho inunda-- o tarde, o mal, o en vano
Surcada aun de los dedos de su mano.
No la Trinacria en sus montañas, fiera
Armó de crueldad, calzó de viento,
Que redima feroz, salve ligera
Su piel manchada de colores ciento:
Pellico es ya la que en los bosques era
Mortal horror al que con paso lento
Los bueyes a su albergue reducía,
Pisando la dudosa luz del día.
Cercado es, cuando más capaz más lleno,
De la fruta, el zurrón, casi abortada,
Que el tardo otoño deja al blando seno
De la piadosa yerba encomendada:
La serva, a quien le da rugas el heno;
La pera, de quien fue cuna dorada,
La rubia paja y --pálida turora--
La niega avara y pródiga la dora.
Erizo es, el zurrón, de la castaña;
Y --entre el membrillo o verde o datilado--
De la manzana hipócrita, que engaña,
A lo pálido no, a lo arrebolado,
Y de la encina honor de la montaña,
Que pabellón al siglo fue dorado,
El tributo, alimento, aunque grosero,
Del mejor mundo, del candor primero.
Cera y cáñamo unió --que no debiera--
Cien cañas, cuyo bárbaro rüido,
De más ecos que unió cáñamo
y cera
Albogues, duramente es repetido.
La selva se confunde, el mar se altera,
Rompe Tritón su caracol torcido,
Sordo huye el bajel a vela y remo:
¡Tal la música es de Polifemo!
Ninfa, de Doris hija, la más bella,
Adora, que vio el reino de la espuma.
Galatea es su nombre, y dulce en ella
El terno Venus de sus Gracias suma.
Son una y otra luminosa estrella
Lucientes ojos de su blanca pluma:
Si roca de cristal no es de Neptuno,
Pavón de Venus es, cisne de Juno.
Purpúreas rosas sobre Galatea
La Alba entre lilios cándidos deshoja:
Duda el Amor cuál más su color sea,
O púrpura nevada, o nieve roja.
De su frente la perla es, eritrea,
Émula vana. El ciego dios se enoja,
Y, condenado su esplendor, la deja
Pender en oro al nácar de su oreja.
Invidia de las ninfas, y cuidado
De cuantas honra el mar deidades, era;
Pompa del marinero niño alado
Que sin fanal conduce su venera.
Verde el cabello, el pecho no escamado,
Ronco sí, escucha a Glauco la ribera
Inducir a pisar la bella ingrata,
En carro de cristal, campos de plata.
Marino joven, las cerúleas sienes,
Del más tierno coral ciñe Palemo,
Rico de cuantos la agua engendra bienes,
Del Faro odioso al promontorio extremo;
Mas en la gracia igual, si en los desdenes
Perdonado algo más que Polifemo,
De la que, aún no le oyó, y, calzada plumas,
Tantas flores pisó como él espumas.
Huye la ninfa bella: y el marino
Amante nadador, ser bien quisiera,
Ya que no áspid a su pie divino,
Dorado pomo a su veloz carrera;
Mas, ¿cuál diente mortal, cuál metal
fino
La fuga suspender podrá ligera
Que el desdén solicita? ¡Oh cuánto
yerra
Delfín que sigue en agua corza en tierra!
Sicilia, en cuanto oculta, en cuanto ofrece,
Copa es de Baco, huerto de Pomona:
Tanto de frutas ésta la enriquece,
Cuanto aquél de racimos la corona.
En carro que estival trillo parece,
A sus campañas Ceres no perdona,
De cuyas siempre fértiles espigas
Las provincias de Europa son hormigas.
A Pales su viciosa cumbre debe
Lo que a Ceres, y aún más, su vega llana;
Pues si en la una granos de oro llueve,
Copos nieva en la otra mil de lana.
De cuantos siegan oro, esquilan nieve,
O en pipas guardan la exprimida grana,
Bien sea religión, bien amor sea,
Deidad, aunque sin templo, es Galatea.
Sin aras, no: que el margen donde para
Del espumoso mar su pie ligero,
Al labrador, de sus primicias ara,
De sus esquilmos es al ganadero;
De la Copia a la tierra poco avara
El cuerno vierte el hortelano, entero,
Sobre la mimbre que tejió prolija,
Si artificiosa no, su honesta hija.
Arde la juventud, y los arados
Peinan las tierras que surcaron antes,
Mal conducidos, cuando no arrastrados,
De tardos bueyes cual su dueño errantes;
Sin pastor que los silbe, los ganados
Los crujidos ignoran resonantes
De las hondas, si en vez del pastor pobre
El céfiro no silba, o cruje el robre.
Mudo la noche el can, el día dormido
De cerro en cerro y sombra en sombra yace.
Bala el ganado; al mísero balido,
Nocturno el lobo de las sombras nace.
Cébase --y fiero deja humedecido
En sangre de una lo que la otra pace.
¡Revoca, Amor, los silbos, o a su dueño,
El silencio del can siga y el sueño!
La fugitiva Ninfa en tanto, donde
Hurta un laurel su tronco al Sol ardiente,
Tantos jazmines cuanta yerba esconde
La nieve de sus miembros da una fuente.
Dulce se queja, dulce le responde
Un ruiseñor a otro, y dulcemente
Al sueño da sus ojos la armonía,
Por no abrasar con tres soles el día.
Salamandria del Sol, vestido estrellas,
Latiendo el Can del cielo estaba, cuando
--Polvo el cabello, húmidas centellas,
Si no ardientes aljófares, sudando--
Llegó Acis, y de ambas luces bellas
Dulce Occidente viendo al sueño blando,
Su boca dio, y sus ojos, cuanto pudo,
Al sonoro cristal, al cristal mudo.
Era Acis un venablo de Cupido,
De un Fauno --medio hombre, medio fiera--,
En Simetis, hermosa Ninfa, habido;
Gloria del mar, honor de su ribera.
El bello imán, el ídolo dormido,
Que acero sigue, idólatra venera,
Rico de cuanto el huerto ofrece pobre,
Rinden las vacas y fomenta el robre.
El celestial humor recién cuajado
Que la almendra guardó, entre verde y seca,
En blanca mimbre se lo puso al lado
Y un copo, en verdes juncos, de manteca;
En breve corcho, pero bien labrado,
Un rubio hijo de una encina hueca,
Dulcísimo panal, a cuya cera
Su néctar vinculó la primavera.
Caluroso, al arroyo da las manos,
Y con ellas, las ondas a su frente,
Entre dos mirtos que --de espuma canos--,
Dos verdes garzas son de la corriente.
Vagas cortinas de volantes vanos
Corrió Favonio lisonjeramente,
A la de viento, cuando no sea cama
De frescas sombras, de menuda grama.
La Ninfa, pues, la sonora plata
Bullir sintió del arroyuelo apenas,
Cuando --a los verdes márgenes ingrata--
Segur se hizo de sus azucenas.
Huyera... mas tan frío se desata
Un temor perezoso por sus venas,
Que a la precisa fuga, al presto vuelo
Grillos de nieve fue, plumas de hielo.
Fruta en mimbre halló, leche exprimida
En juncos, miel en corcho, mas sin dueño;
Si bien al dueño debe, agradecida,
Su deidad culta, venerado el sueño.
A la ausencia mil veces ofrecida,
Este de cortesía no pequeño
Indicio la dejó --aunque estatua helada--
Más discursiva y menos alterada.
No al Cíclope atribuye, no, la ofrenda;
No a Sátiro lascivo, ni a otro feo
Morador de las selvas, cuya rienda
El sueño aflija, que aflojó el deseo.
El niño dios, entonces, de la venda,
Ostentación gloriosa, alto trofeo
Quiere que al árbol de su madre sea
El desdén hasta allí de Galatea.
Entre las ramas del que más se lava
En el arroyo, mirto levantado,
Carcaj de cristal hizo, si no aljaba,
Su blanco pecho de un arpón dorado.
El monstruo de rigor, la fiera brava
Mira la ofrenda ya con más cuidado,
Y aun siente que a su dueño sea devoto,
Confuso alcaide más, el verde soto.
Llamáralo, aunque muda; mas no sabe
El nombre articular que más querría,
Ni lo ha visto; si bien pincel suave
Lo ha bosquejado ya en su fantasía.
Al pie --no tanto ya, del temor, grave--
Fía su intento; y, tímida, en la umbría
Cama de campo y campo de batalla,
Fingiendo sueño al cauto garzón halla.
El bulto vio y, haciéndolo dormido,
Librada en un pie toda sobre él pende
--Urbana al sueño, bárbara al mentido
Retórico silencio que no entiende--:
No el ave reina, así el fragoso nido
Corona inmóvil, mientras no desciende
--Rayo con plumas-- al milano pollo,
Que la eminencia abriga de un escollo,
Como la Ninfa bella --compitiendo
Con el garzón dormido en cortesía--
No sólo para, mas el dulce estruendo
Del lento arroyo enmudecer querría.
A pesar luego de las ramas, viendo
Colorido el bosquejo que ya había
En su imaginación Cupldo hecho
Con el pincel que le clavó su pecho,
De sitio mejorada, atenta mira,
En la disposición robusta, aquello
Que, si por lo suave no la admira,
Es fuerza que la admire por lo bello.
Del casi tramontado Sol aspira
A los confusos rayos su cabello;
Flores su bozo es cuyas colores,
Como duerme la luz, niegan las flores.
(En la rústica greña yace oculto
El áspid del intonso prado ameno,
Antes que del peinado jardín culto
En el lascivo, regalado seno.)
En lo viril desata de su vulto
Lo más dulce el Amor de su veneno:
Bébelo Galatea, y da otro paso,
Por apurarle la ponzoña al vaso.
Acis --aún más, de aquello que dispensa
La brújula del sueño, vigilante--,
Alterada la Ninfa esté o suspensa,
Argos es siempre atento a su semblante,
Lince penetrador de lo que piensa,
Cíñalo bronce o múrelo diamante:
Que en sus Paladiones Amor ciego,
Sin romper muros introduce fuego.
El sueño de sus miembros sacudido,
Gallardo el joven la persona ostenta,
Y al marfil luego de sus pies rendido,
El coturno besar dorado intenta.
Menos ofende el rayo prevenido,
Al marinero, menos la tormenta
Prevista le turbó, o pronosticada:
Galatea lo diga, salteada.
Más agradable, y menos zahareña,
Al mancebo levanta venturoso,
Dulce ya conociéndole y risueña,
Paces no al sueño, treguas sí al reposo.
Lo cóncavo hacía de una peña
A un fresco sitial dosel umbroso,
Y verdes celosías unas yedras,
Trepando troncos y abrazando piedras.
Sobre una alfombra, que imitara en vano
El tirio sus matices --si bien era
De cuantas sedas ya hiló gusano
Y artífice tejió la Primavera--,
Reclinados, al mirto más lozano
Una y otra lasciva, si ligera,
Paloma se caló, cuyos gemidos
--Trompas de Amor-- alteran sus oídos.
El ronco arrullo al joven solicita;
Mas, con desvíos Galatea suaves,
A su audacia los términos limita,
Y el aplauso al concento de las aves.
Entre las ondas y la fruta, imita
Acis al siempre ayuno en penas graves:
Que, en tanta gloria, infierno son no breve
Fugitivo cristal, pomos de nieve.
No a las palomas concedió Cupido
Juntar de sus dos picos los rubíes
Cuando al clavel el joven atrevido
Las dos hojas le chupa carmesíes.
Cuantas produce Pafo, engendra Gnido,
Negras víolas, blancos alhelíes,
Llueven sobre el que Amor quiere que sea
Tálamo de Acis y de Galatea.
II
Su aliento humo, sus relinchos fuego
--Si bien su freno espumas-- ilustraba
Las columnas, Etón, que erigió el Griego,
Do el carro de la luz sus ruedas lava,
Cuando de amor el fiero jayán ciego,
La cerviz oprimió a una roca brava,
Que a la playa, de escollos no desnuda,
Linterna es ciega y atalaya muda.
Árbitro de montañas y ribera,
Aliento dio, en la cumbre de la roca,
A los albogues que agregó la cera,
El prodigioso fuelle de su boca;
La Ninfa los oyó, y ser más quisiera
Breve flor, yerba humilde y tierra poca,
Que de su nuevo tronco vid lasciva,
Muerta de amor, y de temor no viva.
Mas --cristalinos pámpanos sus brazos--
Amor la implica, si el temor la anuda,
Al infelice olmo, que pedazos
La segur de los celos hará, aguda.
Las cavernas en tanto, los ribazos
Que ha prevenido la zampoña ruda,
El trueno de la voz fulminó luego:
Referillo, Piérides, os ruego.
«¡Oh bella Galatea, más süave
Que los claveles que tronchó la aurora;
Blanca más que las plumas de aquel ave
Que dulce muere y en las aguas mora;
Igual en pompa al pájaro que, grave,
Su manto azul de tantos ojos dora
Cuantas el celestial zafiro estrellas!
¡Oh tú, que en dos incluyes las más
bellas!
»Deja las ondas, deja el rubio coro
De las hijas de Tetis, y el mar vea,
Cuando niega la luz un carro de oro,
Que en dos la restituye Galatea.
Pisa la arena, que en la arena adoro
Cuantas el blanco pie conchas platea,
Cuyo bello contacto puede hacerlas,
Sin concebir rocío, parir perlas.
»Sorda hija del mar, cuyas orejas
A mis gemidos son rocas al viento:
O dormida te hurten a mis quejas
Purpúreos troncos de corales ciento,
O al disonante número de almejas
--Marino, si agradable no, instrumento--,
Coros tejiendo estés, escucha un día
Mi voz, por dulce, cuando no por mía.
»Pastor soy, mas tan rico de ganados,
Que los valles impido más vacíos,
Los cerros desparezco levantados
Y los caudales seco de los ríos;
No los que, de sus ubres desatados,
O derivados de los ojos míos,
Leche corren y lágrimas; que iguales
En número a mis bienes son mis males.
»Sudando néctar, lambicando olores,
Senos que ignora aun la golosa cabra
Corchos me guardan, más que abeja flores
Liba inquïeta, ingenïosa labra;
Troncos me ofrecen árboles mayores,
Cuyos enjambres, o el abril los abra,
O los desate el mayo, ámbar distilan,
Y en ruecas de oro rayos del Sol hilan.
»Del Júpiter soy hijo, de las ondas,
Aunque pastor; si tu desdén no espera
A que el monarca de esas grutas hondas
En trono de cristal te abrace nuera,
Polifemo te llama, no te escondas,
Que tanto esposo admira la ribera
Cual otro no vio Febo más robusto,
Del perezoso Volga al Indo adusto.
»Sentado, a la alta palma no perdona
Su dulce fruto mi robusta mano;
En pie, sombra capaz es mi persona
De innumerables cabras el verano.
¿Qué mucho, si de nubes se corona
Por igualarme la montaña en vano,
Y en los cielos, desde esta roca, puedo
Escribir mis desdichas con el dedo?
»Marítimo Alción, roca eminente
Sobre sus huevos coronaba, el día
Que espejo de zafiro fue luciente
La playa azul de la persona mía;
Miréme, y lucir vi un sol en mi frente,
Cuando en el cielo un ojo se veía:
Neutra el agua dudaba a cuál fe preste:
O al cielo humano o al cíclope celeste.
»Registra en otras puertas el venado
Sus años, su cabeza colmilluda
La fiera, cuyo cerro levantado,
De helvecias picas es muralla aguda;
La humana suya el caminante errado
Dio ya a mi cueva, de piedad desnuda,
Albergue hoy por tu causa al peregrino,
Do halló reparo, si perdió camino.
»En tablas dividida, rica nave
Besó la playa miserablemente,
De cuantas vomitó riquezas grave,
Por las bocas del Nilo el Oriente.
Yugo aquel día, y yugo bien suave,
Del fiero mar a la sañuda frente
Imponiéndole estaba, si no al viento,
Dulcísimas coyundas mi instrumento,
»Cuando, entre globos de agua, entregar veo
A las arenas ligurina haya,
En cajas los aromas del Sabeo,
En cofres las riquezas de Cambaya:
Delicias de aquel mundo, ya trofeo
De Escila, que, ostentado en nuestra playa,
Lastimoso despojo fue dos días
A las que esta montaña engendra Harpías.
»Segunda tabla a un ginovés mi gruta
De su persona fue, de su hacienda:
La una reparada, la otra enjuta,
Relación del naufragio hizo horrenda.
Luciente paga de la mejor fruta
Que en yerbas se recline, en hilos penda,
Colmillo fue del animal que el Ganges
Sufrir muros le vio, romper falanges:
»Arco, digo, gentil, bruñida aljaba,
Obras ambas de artífice prolijo,
Y de Malaco rey a deidad Java
Alto don, según ya mi huésped dijo,
De aquél la mano, de ésta el hombro agrava;
Convencida la madre, imita al hijo:
Serás a un tiempo, en estos horizontes,
Venus del mar, Cupido de los montes».
Su horrenda voz, no su dolor interno
Cabras aquí le interrumpieron, cuantas
--Vagas el pie, sacrílegas el cuerno--
A Baco se atrevieron en sus plantas.
Mas, conculcado el pámpano más tierno
Viendo el fiero pastor, voces él tantas,
Y tantas despidió la honda piedras,
Que el muro penetraron de las yedras.
De los nudos, con esto, más suaves,
Los dulces dos amantes desatados,
Por duras guijas, por espinas graves
Solicitan el mar con pies alados:
Tal redimiendo de importunas aves
Incauto meseguero sus sembrados,
De liebres dirimió copia así amiga,
Que vario sexo unió y un surco abriga.
Viendo el fiero Jayán con paso mudo
Correr al mar la fugitiva nieve
(Que a tanta vista el Líbico desnudo
Registra el campo de su adarga breve)
Y al garzón viendo, cuantas mover pudo
Celoso trueno, antiguas hayas mueve:
Tal, antes que la opaca nube rompa
Previene rayo fulminante trompa.
Con violencia desgajó infinita
La mayor punta de la excelsa roca,
Que al joven, sobre quien la precipita,
Urna es mucha, pirámide no poca.
Con lágrimas la Ninfa solicita
Las deidades del mar, que Acis invoca:
Concurren todas, y el peñasco duro
La sangre que exprimió, cristal fue puro.
Sus miembros lastimosamente opresos
Del escollo fatal fueron apenas,
Que los pies de los árboles más gruesos
Calzó el líquido aljófar de sus
venas.
Corriente plata al fin sus blancos huesos,
Lamiendo flores y argentando arenas,
A Doris llega que, con llanto pío,
Yerno lo saludó, lo aclamó río.
***
Luis de Góngora y Argote: Letrilla XIX (sacra):
Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no solo tu pastor soy,
sino no tu pasto también.
Por descubrirte mejor,
cuando balabas perdida,
dejé en un árbol la vida,
donde me subió tu amor;
si prenda quieres, mayor,
mis obras hoy te la den.
Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no solo tu pastor soy,
sino no tu pasto también.
Pasto, al fin, hoy tuyo hecho,
¿cuál dará mayor asombro,
o el traerte yo en el hombro
o el traerme tú en el pecho?
Prendas son de amor estrecho,
que aun los más ciegos las ven.
Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no solo tu pastor soy,
sino tu pasto también.
***
Luis de Góngora y Argote: Letrilla XXIII
(sacra): Al nacimiento de Cristo nuestro Señor:
Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!
Cuando el silencio tenía
Todas las cosas del suelo,
Y, coronada del yelo,
Reinaba la noche fría,
En medio la monarquía
De tiniebla tan cruel,
Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!
De un solo Clavel ceñida,
La Virgen, Aurora bella,
Al mundo se lo dio, y ella
Quedó cual antes florida;
A la púrpura caída
Solo fue el heno fïel.
Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!
El heno, pues, que fue dino,
A pesar de tantas nieves,
De ver en sus brazos leves
Este rosicler divino
Para su lecho fue lino,
Oro para su dosel.
Caído se le ha un Clavel
Hoy a la Aurora del seno:
¡Qué glorioso que está el heno,
Porque ha caído sobre él!
***
Luis de Góngora y Argote: Letrilla XLVIII
(burlesca):
Ándeme yo caliente
Y ríase la gente.
Traten otros del gobierno
Del mundo y sus monarquías,
Mientras gobiernan mis días
Mantequillas y pan tierno,
Y las mañanas de invierno
Naranjada y aguardiente,
Y ríase la gente.
Coma en dorada vajilla
El príncipe mil cuidados,
Cómo píldoras dorados;
Que yo en mi pobre mesilla
Quiero más una morcilla
Que en el asador reviente,
Y ríase la gente.
Cuando cubra las montañas
De blanca nieve el enero,
Tenga yo lleno el brasero
De bellotas y castañas,
Y quien las dulces patrañas
Del Rey que rabió me cuente,
Y ríase la gente.
Busque muy en hora buena
El mercader nuevos soles;
Yo conchas y caracoles
Entre la menuda arena,
Escuchando a Filomena
Sobre el chopo de la fuente,
Y ríase la gente.
Pase a media noche el mar,
Y arda en amorosa llama
Leandro por ver a su Dama;
Que yo más quiero pasar
Del golfo de mi lagar
La blanca o roja corriente,
Y ríase la gente.
Pues Amor es tan cruel,
Que de Píramo y su amada
Hace tálamo una espada,
Do se junten ella y él,
Sea mi Tisbe un pastel,
Y la espada sea mi diente,
Y ríase la gente.
***
Luis de Góngora y Argote: Romance XVII (amoroso):
Angélica
y Medoro:
En un pastoral albergue
que la guerra entre unos robres
lo dejó por escondido
o lo perdonó por pobre,
do la paz viste pellico
y conduce, entre pastores,
ovejas del monte al llano,
y cabras del llano al monte,
mal herido y bien curado,
se alberga un dichoso joven,
que, sin clavarle, Amor, flecha,
lo coronó de favores.
Las venas con poca sangre,
los ojos con mucha noche,
lo halló en el campo aquella
vida y muerte de los hombres.
Del palafrén se derriba,
no porque al moro conoce,
sino por ver que la hierba
tanta sangre paga en flores.
Límpiale el rostro, y la mano
siente al Amor que se esconde
tras las rosas, que la muerte
va violando sus colores
(escondióse tras las rosas,
por que labren sus arpones
el diamante del Catay
con aquella sangre noble).
Ya le regala los ojos,
ya le entra, sin ver por dónde,
una piedad mal nacida
entre dulces escorpiones;
ya es herido el pedernal,
ya despide, el primer golpe,
centellas de agua. ¡Oh piedad,
hija de padres traidores!
Hierbas aplica a sus llagas,
que, si no sanan entonces,
en virtud de tales manos
lisonjean los dolores.
Amor le ofrece su venda,
mas ella sus velos rompe
para ligar sus heridas;
los rayos del sol perdonen.
Los últimos nudos daba,
cuando el cielo la socorre
de un villano en una yegua,
que iba penetrando el bosque.
Enfrénanlo de la bella
las tristes piadosas voces,
que, los firmes troncos, mueven,
y las sordas piedras oyen;
y la, que mejor se halla
en las selvas que en la corte,
simple bondad, al pío ruego
cortésmente corresponde:
humilde se apea el villano,
y sobre la yegua pone
un cuerpo con poca sangre,
pero con dos corazones.
A su cabaña los guía,
que el sol deja su horizonte,
y el humo de su cabaña
les va sirviendo de norte.
Llegaron temprano a ella,
do una labradora acoge
un mal vivo con dos almas
y una ciega con dos soles.
Blando heno, en vez de pluma,
para lecho les compone,
que será tálamo luego
do el garzón sus dichas logre.
Las manos, pues, cuyos dedos
de esta vida fueron dioses,
restituyen a Medoro
salud nueva, fuerzas dobles,
y le entregan, cuando menos,
su beldad y un reino en dote,
segunda invidia de Marte,
primera dicha de Adonis.
Corona, un lascivo enjambre
de cupidillos menores,
la choza, bien como abejas,
hueco tronco de alcornoque.
¡Qué de nudos le está dando
a un áspid la Invidia torpe,
contando de las palomas
los arrullos gemidores!
¡Qué bien la destierra Amor,
haciendo la cuerda azote,
por que el caso no se infame
y el lugar no se inficione!
Todo es gala el africano,
su vestido espira olores,
el lunado arco suspende
y el corvo alfanje depone;
tórtolas enamoradas
son sus roncos atambores,
y los volantes de Venus,
sus bien seguidos pendones.
Desnuda el pecho anda ella,
vuela el cabello sin orden;
si lo abrocha, es con claveles,
con jazmines, si lo coge;
el pie calza en lazos de oro,
por que la nieve se goce,
y no se vaya por pies
la hermosura del orbe.
Todo sirve a los amantes:
plumas les baten, veloces,
airecillos lisonjeros,
si no son murmuradores;
los campos les dan alfombras,
los árboles, pabellones,
la apacible fuente, sueño,
música, los ruiseñores;
los troncos les dan cortezas
en que se guarden sus nombres
mejor que en tablas de mármol
o que en láminas de bronce:
no hay verde fresno sin letra,
ni blanco chopo sin mote;
si un valle «Angélica» suena,
otro «Angélica» responde.
Cuevas, do el silencio apenas
deja que sombras las moren,
profanan con sus abrazos,
a pesar de sus horrores.
Choza, pues, tálamo y lecho,
cortesanos labradores,
aires, campos, fuentes, vegas,
cuevas, troncos, aves, flores,
fresnos, chopos, montes, valles,
contestes de estos amores,
el cielo os guarde, si puede,
de las locuras del Conde.
***
Luis de Góngora y Argote: Romance XXXII
(amoroso):
Servía en Orán al Rey
Un español con dos lanzas,
Y con el alma y la vida
A una gallarda africana,
Tan noble como hermosa,
Tan amante como amada,
Con quien estaba una noche
Cuando tocaron al arma.
Trescientos Cenetes eran
De este rebato la causa,
Que los rayos de la luna
Descubrieron sus adargas;
Las adargas avisaron
A las mudas atalayas,
Las atalayas los fuegos,
Los fuegos a las campanas;
Y ellas al enamorado,
Que en los brazos de su dama
Oyó el militar estruendo
De las trompas y las cajas.
Espuelas de honor le pican
Y freno de amor le para;
No salir es cobardía,
Ingratitud es dejalla.
Del cuello pendiente ella,
Viéndole tomar la espada,
Con lágrimas y suspiros
Le dice aquestas palabras:
«Salid al campo, señor,
Bañen mis ojos la cama,
Que ella me será también,
Sin vos, campo de batalla.
Vestíos y salid apriesa,
Que el general os aguarda;
Yo os hago a vos mucha sobra
Y vos a él mucha falta.
Bien podéis salir desnudo,
Pues mi llanto no os ablanda,
Que tenéis de acero el pecho,
Y no habéis menester armas».
Viendo el español brioso
Cuánto le detiene y habla,
Le dice así: «Mi señora,
Tan dulce como enojada,
«Porque con honra y amor
Yo me quede, cumpla y vaya,
Vaya a los moros el cuerpo,
Y quede con vos el alma.
Concededme, dueño mío,
Licencia para que salga
Al rebato en vuestro nombre,
Y en vuestro nombre combata».
***
Luis de Góngora y Argote: Romancillo XLIX
(amoroso):
La más bella niña
De nuestro lugar,
Hoy viuda y sola
Y ayer por casar,
Viendo que sus ojos
A la guerra van,
A su madre dice,
Que escucha su mal:
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Pues me distes, madre,
En tan tierna edad
Tan corto el placer,
Tan largo el pesar,
Y me cautivastes
De quien hoy se va
Y lleva las llaves
De mi libertad,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
En llorar conviertan
Mis ojos, de hoy más,
El sabroso oficio
Del dulce mirar,
Pues que no se pueden
Mejor ocupar,
Yéndose a la guerra
Quien era mi paz,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
No me pongáis freno
Ni queráis culpar,
Que lo uno es justo,
Lo otro por demás.
Si me queréis bien,
No me hagáis mal;
Harto peor fuera
Morir y callar,
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Dulce madre mía,
¿Quién no llorará,
Aunque tenga el pecho
Como un pedernal,
Y no dará voces
Viendo marchitar
Los más verdes años
De mi mocedad?
Dejadme llorar
Orillas del mar.
Váyanse las noches,
Pues ido se han
Los ojos que hacían
Los míos velar;
Váyanse, y no vean
Tanta soledad,
Después que en mi lecho
Sobra la mitad.
Dejadme llorar
Orillas del mar.
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A. Robert Lauer
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Última actualización:
20 de mayo de 2013
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