DON FRANCISCO DE QUEVEDO Y VILLEGAS:
(1580-1645):


(1580-1645)

Bibliografía

       Francisco de Quevedo y Villegas nació en Madrid de familia hidalga de la montaña de Santander. Pasó su vida infantil en Palacio y en la Corte, donde se interesó por la política. Su padre, Pedro Gómez de Quevedo Villegas, fue secretario de la princesa María, hija del emperador Carlos V y esposa de Maximiliano, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico; también fue secretario de doña Ana María de Austria, cuarta esposa de Felipe II.  Su madre, María Santibáñez de Quevedo, fue dama de honor de la reina Ana María. Quevedo estudió con los jesuitas en el Colegio Imperial de Madrid, y después cursó estudios en las Universidades de Alcalá y Valladolid, sobre todo cuando Valladolid fue capital de la Corte (1601-1606). En Alcalá estudió lenguas clásicas, francés, italiano y filosofía. En Valladolid siguió estudios teológicos. Antes de recibir ordenes menores con intenciones de dedicarse al sacerdocio, regresó a Madrid, con la corte, en 1606. Empieza a escribir los Sueños (Sueños y discursos) en 1607 (hasta 1623), obra que publica en 1627. En 1613 fue a Italia como secretario de don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, quien fue nombrado virrey de Sicilia.  Quevedo trató que se le nombrara al duque de Osuna virrey de Nápoles. El duque, sin embargo, se metió en política italiana, tratando de hundir la República de Venecia, enemiga entonces de España, pero este plan fracasó al ser acusado el duque, por los venecianos, de que el duque de Osuna trataba de independizarse de España. Esto causó la caída del duque y el ascenso al poder del conde-duque de Olivares. Osuna fue encarcelado y Quevedo fue desterrado a una propiedad suya en La Torre de Juan Abad en Castilla-La Mancha. Quevedo defendió al Duque de Osuna hasta su muerte. Trató de ganarse la amistad del conde-duque de Olivares y le dedicó algunas obras suyas (la epístola satírica «No he de callar, por más que con el dedo»). Desafortunadamente, el 7 de diciembre de 1639 fue detenido y encarcelado después en León entre 1639-1643, supuestamente por haber leído el nuevo rey, Felipe IV, bajo su servilleta, el famoso memorial «Católica, sacra, real Majestad», que enojó al monarca. Fue sacado de prisión 5 meses después de la caída de Olivares, sin que se le hubiera abierto proceso ni tomado declaración alguna. Quevedo era antifeminista y permaneció soltero casi toda su vida. Sin embargo, vivió amancebado con una mujer llamada «La Ledesma», de la que tuvo varios hijos.  Aparentemente Quevedo adoraba a la Mujer pero le fastidiaban las mujeres. Se casó finalmente en 1634, cuando ya tenia 54 años, con una viuda, doña Esperanza de Aragón, pero el casamiento duró poco y después de muchos disgustos se separó de ella en 1636. Publicó el Buscón (Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños) en 1626, su famosa novela picaresca. Quevedo fue autor de obras satírico-morales (v. gr., Sueños y discursos [1627], el Buscón [1626], La hora de todos y la Fortuna con seso [1636]); festivas (v. gr., Gracias y desgracias del ojo del culo); teatrales (Cómo ha de ser el privado); políticas (v. gr., Política de Dios, gobierno de Cristo [1626], Vida de Marco Bruto [1644], Execración contra los judíos [1633]); ascéticas (Providencia de Dios [1641]); filosóficas (v. gr., La cuna y la sepultura [1634]) y de crítica literaria (v. gr., La aguja de navegar cultos con la receta para hacer Soledades en un día [1631], La culta latiniparla [1624]). Hizo a la vez comentarios bíblicos (Lágrimas de Jeremías castellanas) y tradujo a varios autores clásicos como Anacreonte y Plutarco, entre los griegos, y, entre los latinos, Marcial, Persio y Juvenal.
       Era Quevedo de una gran cultura, conocedor de ciencias, de religión y de varias lenguas extranjeras, incluso el francés, el italiano, el portugués, el latín, el griego y el hebreo. Cuando comía, lo hacía entre dos atriles, donde cabían 4 libros a la vez, los cuales leía mientras comía. Cuando viajaba generalmente llevaba consigo más de 100 libros para leer. Era un hombre pesimista, desilusionado, sarcástico, desengañado, sagaz, malicioso, avisado, agresivo, irónico, audaz, resentido, escéptico, estoico, insensible hacia lo tierno y hacia lo sentimental, y con gustos por el humor negro, el impudor y la obscenidad. En su obra literaria, Quevedo retuerce, estiliza, amontona, deforma, contorsiona, hiperboliza, deshumaniza, intelectualiza y crea, imponiendo su voluntad en su obra. Era de mediana estatura, de pelo negro y encrespado, de frente grande, de ojos muy vivos, corto de vista--siempre llevaba lentes--cojo y lisiado de ambos pies. Góngora le llamaba «pies de cuerno», Ruiz de Alarcón «pata coja» y Suárez de Figueroa «antojicoxo» (neologismo). Era de temperamente sensible y tímido, de carácter violento y buen espadachín.
       Luis de Góngora se interesaba por los valores fónicos, sensoriales e imaginativos del lenguaje.  Francisco de Quevedo es el gran maestro del conceptismo. El concepto puede ser:

  • Un juego de palabras (paranomasia [v. gr., «paro [parar] porque paro [parir]»]).
  • Una agudeza de ingenio.
  • Un adentramiento intuitivo en la esencia de un tema poético (el amor, la muerte, el tiempo).
  • Algo que apela a la imaginación, no a los sentidos. 
La poesía conceptista es poesía de contenido. La palabra está al servicio de un contenido conceptual y emocional. La poesía de Quevedo es amorosa, satírica, burlesca,  metafísica, moral, religiosa, fúnebre, escatológica y hasta lo que hoy llamaríamos existencialista. Escribió poesías encomiásticas, romances, letrillas, sonetos, y jácaras. Sus temas principales son la muerte y el paso del tiempo. Idealiza y rebaja la realidad hasta sus últimas posibilidades. Su poesía, por lo tanto, se puede considerar, como la de Góngora, como «poesía límite».
       Su poesía fue publicada después de morir. Aparecieron sus poemas en El Parnaso español (1648) de José González de Salas, humanista y amigo de Quevedo.  Esta obra consiste de poesía heroica (Clío [musa de la historia y la epopeya]), moral (Polimnia [musa de los himnos]), fúnebre (Melpómene [musa de la tragedia]), amorosa (Erato [musa de la poesía lírica y amatoria]), lírica (Terpsícore [musa de la danza y la poesía coral]) y burlesca (Talía [musa de la comedia]).  Versos adicionales de Quevedo aparecieron en Las tres musas últimas castellanas (Segunda parte del Parnaso español) (1670), reunidos y publicados por un sobrino suyo, Pedro de Aldrete. Esta obra contiene poesía amorosa (Euterpe [musa de la música y de la flauta]), satírica (Calíope [musa de la poesía épica y la canción narrativa]) y sacra (Urania [musa de la astrología y la poesía didáctica]). Los salmos de su «Heráclito cristiano» de 1613 fueron subsiguientmente incorporados a esta última obra de 1670.

Apolo danza con sus hermanas, las nueve musas (ninfas) o «recuerdos» (Calíope, «la de la bella voz», musa de la poesía épica o canción narrativa; Clío, «la que celebra», musa de la historia o epopeya; Erato, «amorosa», musa de la poesía lírica o canción amatoria; Euterpe, «deleite», musa de la música, especialmente la de la flauta; Melpómene, «cantar», musa de la tragedia; Polimnia, «muchos himnos», musa de los cantos o himnos; Talía, «florecer», musa de la comedia; Terpsícore, «deleite de la danza», musa de la danza y poesía coral; Urania, «celestial», musa de la astronomía o astrología y de la poesía didáctica), hijas de Júpiter y Mnemósine (Memoria).

       Poesía amorosa: La parte más importante de su poesía es la amorosa, donde vemos la continuación de la trayectoria petrarquista de contrarios (antítesis), dualidades conceptuales y versos bimembres, sobre todo en los finales de estrofa. Cantó Quevedo a varias damas, entre ellas a Amarilis, Aminta, Doris, Filis, Flora y Jacinta. A Lisi (Lisis, Lisinda) le dedicó 65 sonetos, un madrigal y 4 idilios, compuestos a lo largo de 21 años. Supuestamente, era una dama real, doña Luisa de la Cerda, por quien suspiró Quevedo por mucho tiempo. El mejor poema de Quevedo, y supuestamente el mejor de la literatura española, según Dámaso Alonso, es el de «Cerrar podrá mis ojos la postrera»
       Poesía severa, moralizadora: Poesía estoica, ascética, satírica, imitaciones de los satíricos latinos Persio y Juvenal. Pesimismo profundo, casi anticristiano. El ascético cristiano desdeña la vida terrenal como imperfecta de la divina espiritual, pero no la odia ni duda de ella (contemptus mundi). Al contrario, la acepta como es. Se resigna a ella. No obstante, Quevedo la odia. Su pesimismo es asolador.  También ha perdido fe en el género humano. Tiene muchos poemas a la muerte.
       Poesía burlesca y satírica: Si Góngora eleva la realidad a lo bello y lo sublime, Quevedo la derriba, la degrada, la aplebeyisa, sobre todo el mundo renacentista mitológico y el caballeresco medieval, como vemos en la «Pavura de los condes de Carrión» y en los poemas de «Apolo y Dafne».  Así como sus 25 letrillas, la más famosa siendo «Poderoso caballero es don Dinero». Se incluyen aquí también las sátiras contra Góngora. 16 jácaras, romances para ser cantados, sobre gente del hampa, que usa lenguaje de germanía. 
 
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       Poesía de carácter político: Sátiras políticas como la «Epístola censoria al Conde-Duque» («No he de callar, por más que con el dedo»). Odiaba las corridas de toros. La espístola, sin embargo, no es una censura contra Olivares sino amistoso consejo para su buen gobierno. También el famoso memorial «Católica, sacra, real Majestad», al que se le atribuye la desgracia y prisión del poeta. Una de las silvas de esta composición es «Es lícito a un rey holgarse y gastar, / pero es de justicia medirse y pagar».  «Al labrador triste le venden su arado, / y os labran de hierro un balcón sobrado». «Nunca tales gastos son migajas pocas, / porque se las quitan muchos de sus bocas». Tiene otro «Sobre el estado de la monarquía» («Toda España está en un tris / y a pique de dar un tras . . .»).  Hay un soneto «Al mal gobierno de Felipe IV»: «Los ingleses, señor, y los persianos / han conquistado a Ormuz; las Filipinas / del holandés padecen grandes ruinas; / Lima está con las armas en las manos; / el Brasil en poder de luteranos; / temerosas las islas sus vecinas; / la Valtelina y treinta Valtelinas / serán del Turco, en vez de los romanos. / La Liga, de furor y astucia armada, / vuestro imperio procura se trabuque; / el daño es pronto, y el remedio tardo. / Responde el rey: 'Destierren luego a Estrada, / llamen al conde de Olivares duque, / case su hija, y vámonos al Pardo'». 
       Romances: Son los mejores de su época, con los de Góngora y Lope. Escribió sobre temas satíricos y burlescos, usando el habla popular y desgarrada. Los hay sobre temas mitológicos, caballerescos, históricos, pero tratados todos burlescamente. Hay unos circunstanciales y varios sobre las condiciones de las mujeres. Hay uno que empieza «Parióme adrede mi madre / ojalá no me pariera». Hay uno contra calvos: «Madres, las que tenéis hijas, / así Dios os dé ventura, / que no se las deis a calvos, / sino a gente de pelusa». El tema de la «dorada medianía» (aurea mediocritas) lo trata burlescamente en uno que dice: «Tardose en parirme / mi madre, pues vengo / cuando ya está el mundo / muy cascado y viejo». 
       Poesía escabrosa: Quevedo tiene varios poemas escabrosos, como el que empieza: «Las columnas de cristal», donde describe la posesión sexual, o el soneto «El desengaño de las mujeres»: «Puto es el hombre que de putas fía / y puto el que sus gustos apetece, / puto es el estipendo que se ofrece / en pago de su puta compañía. / Puto es el gusto, y puta el alegría / que el rato putaril nos encarece; / y yo diré que es puto a quien parece / que no sois puta vos, señora mía. / Mas llámenme a mí puto enamorado, / si al cabo para puta no os dejare, / y como puto muera yo quemado / si de otras tales putas me pagare: / porque las putas graves son costosas, / y las putillas viles afrentosas» (Six Masters of the Spanish Sonnet, ed. Willis Barnstone [Carbondale: Soutern Illinois U, 1997], p. 44). Otro ejemplo (teclear el enlace para oír el poema): «Piojos cría el cabello más dorado / lagañas cuajan en los ojos mas hermosos / y en la nariz del rostro más precioso / el moco verde y negro está encerrado. / La boca que más besos haya dado / larga el gargajo tibio y asqueroso / y la mano más cándida es forzozo / que el culo de su dueño haya tocado. / La concha de la linda y de la fea / que a dos dedos del culo hedionda mora / larga inmunda sangre, suda y mea... / y si ese es el amor que me enamora... / me cago en el amor y la hermosura!»


Poesía:

Francisco de Quevedo: Poemas metafísicos: 2: Represéntase la brevedad de lo que se vive y cuán nada parece lo que se vivió

«¡Ah de la vida!»... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido;
las Horas mi locura las esconde.

¡Que sin poder saber cómo ni adónde
la salud y la edad se hayan huido!
Falta la vida, asiste lo vivido,
y no hay calamidad que no me ronde.

Ayer se fue; mañana no ha llegado;
hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un fue, y un será, y un es cansado.

En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas metafísicos: 3: Signifícase la propria brevedad de la vida, sin pensar y con padecer, salteada de la muerte

¡Fue sueño ayer; mañana será tierra!
¡Poco antes, nada; y poco después, humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra!

Breve combate de importuna guerra,
en mi defensa, soy peligro sumo;
y mientras con mis armas me consumo,
menos me hospeda el cuerpo, que me entierra.

Ya no es ayer; mañana no ha llegado;
hoy pasa, y es, y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.

Azadas son la hora y el momento
que, a jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan en mi vivir mi monumento.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas metafísicos: 6: Arrepentimiento y lágrimas debidas al engaño de la vida

Huye sin percibirse, lento, el día,
 y la hora secreta y recatada
 con silencio se acerca, y despreciada,
 lleva tras sí la edad lozana mía.

La vida nueva, que en niñez ardía,
 la juventud robusta y engañada,
 en el postrer invierno sepultada,
 yace entre negra sombra y nieve fría.

No sentí resbalar mudos los años;
 hoy los lloro pasados, y los veo
 riendo de mis lágrimas y daños.

Mi penitencia deba a mi deseo,
 pues me deben la vida mis engaños,
 y espero el mal que paso, y no le creo.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas metafísicos: 8: Conoce la diligencia con que se acerca la muerte, y procura conocer también la conveniencia de su venida, y aprovecharse de ese conocimiento

Ya formidable y espantoso suena
 dentro del corazón el postrer día,
 y la última hora, negra y fría,
 se acerca, de temor y sombras llena.

 Si agradable descanso, paz serena,
 la muerte en traje de dolor envía,
 señas da su desdén de cortesía:
 más tiene de caricia que de pena.

 ¿Qué pretende el temor desacordado
 de la que a rescatar, piadosa, viene
 espíritu en miserias añudado?

 Llegué rogada, pues mi bien previene;
 hallame agradecido, no asustado;
 mi vida acabe y mi vivir ordene.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas metafísicos: 11: Descuido del divertido vivir a quien la muerte llega impensada

Vivir es caminar breve jornada, 
 y muerte viva es, Lico, nuestra vida, 
 ayer al frágil cuerpo amanecida, 
 cada instante en el cuerpo sepultada. 

 Nada, que siendo, es poco, y será nada 
 en poco tiempo, que ambiciosa olvida; 
 pues de la vanidad mal persuadida, 
 anhela duración, tierra animada. 

 Llevada de engañoso pensamiento, 
 y de esperanza burladora y ciega, 
 tropezará en el mismo monumento. 

 Como el que divertido el mar navega, 
 y sin moverse vuela con el viento, 
 y antes que piense en acercarse, llega.

*** 

Francisco de Quevedo: Heráclito cristiano: 28: Salmo XVI  (1613):

Ven ya, miedo de fuertes y de sabios:
irá la alma indignada con gemido
debajo de las sombras, y el olvido
beberán por demás mis secos labios.

Por tal manera Curios, Decios, Fabios
fueron; por tal ha de ir cuanto ha nacido;
si quieres ser a alguno bien venido,
trae con mi vida fin a mis agravios.

Esta lágrima ardiente con que miro
el negro cerco que rodea a mis ojos,
naturaleza es, no sentimiento.

Con el aire primero este suspiro
empecé, y hoy le acaban mis enojos,
porque me deba todo al monumento.

*** 

Francisco de Quevedo: Heráclito cristiano: 29: Salmo XVII

  Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

  Salíme al campo: vi que el sol bebía          5
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

  Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,             10
mi báculo más corvo y menos fuerte.

  Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

*** 

Francisco de Quevedo: Heráclito cristiano: 30: Salmo XVIII

Todo tras sí lo lleva el año breve
de la vida mortal, burlando el brío
al acero valiente, al mármol frío,
que contra el Tiempo su dureza atreve.

Antes que sepa andar el pie, se mueve
camino de la muerte, donde envío
mi vida oscura: pobre y turbio río
que negro mar con altas ondas bebe.

Todo corto momento es paso largo
que doy, a mi pesar, en tal jornada,
pues, parado y durmiendo, siempre aguijo.

Breve suspiro, y último, y amargo,
es la muerte, forzosa y heredada:
mas si es ley, y no pena, ¿qué me aflijo?

*** 

Francisco de Quevedo: Heráclito cristiano: 31: Salmo XIX

¡Cómo de entre mis manos te resbalas! 
 ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía! 
 ¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría, 
 pues con callado pie todo lo igualas! 

 Feroz de tierra el débil muro escalas, 
 en quien lozana juventud se fía; 
 mas ya mi corazón del postrer día 
 atiende el vuelo, sin mirar las alas. 

 ¡Oh condición mortal! ¡Oh dura suerte! 
 ¡Que no puedo querer vivir mañana, 
 sin la pensión de procurar mi muerte! 

 ¡Cualquier instante de la vida humana 
 es nueva ejecución, con que me advierte 
 cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas morales: 52: A la violenta y injusta prosperidad

Ya llena de sí solo la litera
Matón, que apenas anteyer hacía
(flaco y magro malsín) sombra, y cabía,
sobrando sitio, en una ratonera.

Hoy, mal introducida con la esfera
su casa, al sol los pasos le desvía,
y es tropezón de estrellas; y algún día,
si fuera más capaz, pocilga fuera.

Cuando a todos pidió, le conocimos;
no nos conoce cuando a todos toma;
y hoy dejamos de ser lo que ayer dimos.

Sóbrale tanto cuanto falta a Roma;
y no nos puede ver, porque le vimos:
lo que fue esconde; lo que usurpa asoma.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas morales: 131: Desde la Torre

Retirado en la paz de estos desiertos, 
con pocos, pero doctos libros juntos, 
vivo en conversación con los difuntos, 
y escucho con mis ojos a los muertos. 

Si no siempre entendidos, siempre abiertos, 
o enmiendan, o fecundan mis asuntos; 
y en músicos callados contrapuntos 
al sueño de la vida hablan despiertos. 

Las grandes almas que la muerte ausenta, 
de injurias de los años vengadora, 
libra, ¡oh gran don Joseph!, docta la imprenta. 

En fuga irrevocable huye la hora; 
pero aquélla el mejor cálculo cuenta, 
que en la lección y estudios nos mejora.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas morales: 132: Muestra lo que se indigna Dios de las peticiones execrables de los hombres, y que sus oblaciones para alcanzarlas son graves ofensas

Con mudo incienso y grande ofrenda, ¡oh, Licas!,
cogiendo a Dios a solas, entre dientes,
los ruegos que recatas de las gentes,
sin voz, a sus orejas comunicas.

Las horas pides prósperas y ricas,
y que para heredar a tus parientes,
fiebres reparta el cielo pestilentes,
y de ruinas fraternas te fabricas.

¡Oh grande horror! Pues cuando de ejemplares
rayos a Dios armó la culpa, el vicio,
víctimas le templaron los pesares.

Y hoy le ofenden ansí, no ya propicio,
que, vueltos sacrilegios los altares,
arma su diestra el mesmo sacrificio.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas morales: 146: Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, escrita a don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, en su valimiento

No he de callar por más que con el dedo,    A   (tercetos encadenados [terza rima])
ya tocando la boca o ya la frente,                B
silencio avises o amenaces miedo.               A

¿No ha de haber un espíritu valiente?          B
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?      C
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?       B

Hoy, sin miedo que, libre, escandalice,        C
puede hablar el ingenio, asegurado              D
de que mayor poder le atemorice.                C    (etc.)

En otros siglos pudo ser pecado 
severo estudio y la verdad desnuda, 
y romper el silencio el bien hablado. 

Pues sepa quien lo niega, y quien lo duda, 
que es lengua la verdad de Dios severo, 
y la lengua de Dios nunca fue muda. 

Son la verdad y Dios, Dios verdadero, 
ni eternidad divina los separa, 
ni de los dos alguno fue primero. 

Si Dios a la verdad se adelantara, 
siendo verdad, implicación hubiera 
en ser, y en que verdad de ser dejara.

La justicia de Dios es verdadera, 
y la misericordia, y todo cuanto 
es Dios, todo ha de ser verdad entera. 

Señor Excelentísimo, mi llanto 
ya no consiente márgenes ni orillas: 
inundación será la de mi canto. 

Ya sumergirse miro mis mejillas, 
la vista por dos urnas derramada 
sobre las aras de las dos Castillas. 

Yace aquella virtud desaliñada, 
que fue, si rica menos, más temida, 
en vanidad y en sueño sepultada. 

Y aquella libertad esclarecida, 
que en donde supo hallar honrada muerte, 
nunca quiso tener más larga vida. 

Y pródiga de l'alma, nación fuerte, 
contaba, por afrentas de los años, 
envejecer en brazos de la suerte. 

Del tiempo el ocio torpe, y los engaños 
del paso de las horas y del día, 
reputaban los nuestros por extraños. 

Nadie contaba cuánta edad vivía, 
sino de qué manera: ni aun un'hora 
lograba sin afán su valentía. 

La robusta virtud era señora, 
y sola dominaba al pueblo rudo; 
edad, si mal hablada, vencedora. 

El temor de la mano daba escudo 
al corazón, que, en ella confiado, 
todas las armas despreció desnudo. 

Multiplicó en escuadras un soldado 
su honor precioso, su ánimo valiente, 
de sola honesta obligación armado. 

Y debajo del cielo, aquella gente, 
si no a más descansado, a más honroso 
sueño entregó los ojos, no la mente. 

Hilaba la mujer para su esposo 
la mortaja, primero que el vestido; 
menos le vio galán que peligroso. 

Acompañaba el lado del marido 
más veces en la hueste que en la cama; 
sano le aventuró, vengóle herido. 

Todas matronas, y ninguna dama: 
que nombres del halago cortesano 
no admitió lo severo de su fama. 

Derramado y sonoro el Oceano 
era divorcio de las rubias minas 
que usurparon la paz del pecho humano. 

Ni los trujo costumbres peregrinas 
el áspero dinero, ni el Oriente 
compró la honestidad con piedras finas. 

Joya fue la virtud pura y ardiente; 
gala el merecimiento y alabanza; 
sólo se cudiciaba lo decente. 

No de la pluma dependió la lanza, 
ni el cántabro con cajas y tinteros 
hizo el campo heredad, sino matanza. 

Y España, con legítimos dineros, 
no mendigando el crédito a Liguria, 
más quiso los turbantes que los ceros. 

Menos fuera la pérdida y la injuria, 
si se volvieran Muzas los asientos; 
que esta usura es peor que aquella furia. 

Caducaban las aves en los vientos, 
y expiraba decrépito el venado: 
grande vejez duró en los elementos. 

Que el vientre entonces bien diciplinado 
buscó satisfación, y no hartura, 
y estaba la garganta sin pecado. 

Del mayor infanzón de aquella pura 
república de grandes hombres, era 
una vaca sustento y armadura. 

No había venido al gusto lisonjera 
la pimienta arrugada, ni del clavo 
la adulación fragrante forastera. 

Carnero y vaca fue principio y cabo, 
Y con rojos pimientos, y ajos duros, 
tan bien como el señor, comió el esclavo. 

Bebió la sed los arroyuelos puros; 
de pués mostraron del carchesio a Baco 
el camino los brindis mal seguros. 

El rostro macilento, el cuerpo flaco 
eran recuerdo del trabajo honroso, 
y honra y provecho andaban en un saco. 

Pudo sin miedo un español velloso 
llamar a los tudescos bacchanales, 
y al holandés, hereje y alevoso. 

Pudo acusar los celos desiguales 
a la Italia; pero hoy, de muchos modos, 
somos copias, si son originales. 

Las descendencias gastan muchos godos, 
todos blasonan, nadie los imita: 
y no son sucesores, sino apodos. 

Vino el betún precioso que vomita 
la ballena, o la espuma de las olas, 
que el vicio, no el olor, nos acredita. 

Y quedaron las huestes españolas 
bien perfumadas, pero mal regidas, 
y alhajas las que fueron pieles solas. 

Estaban las hazañas mal vestidas, 
y aún no se hartaba de buriel y lana 
la vanidad de fembras presumidas. 

A la seda pomposa siciliana, 
que manchó ardiente múrice, el romano 
y el oro hicieron áspera y tirana. 

Nunca al duro español supo el gusano 
persuadir que vistiese su mortaja, 
intercediendo el Can por el verano. 

Hoy desprecia el honor al que trabaja, 
y entonces fue el trabajo ejecutoria, 
y el vicio gradüó la gente baja. 

Pretende el alentado joven gloria 
por dejar la vacada sin marido, 
y de Ceres ofende la memoria. 

Un animal a la labor nacido, 
y símbolo celoso a los mortales, 
que a Jove fue disfraz, y fue vestido; 

que un tiempo endureció manos reales, 
y detrás de él los cónsules gimieron, 
y rumia luz en campos celestiales, 

¿por cuál enemistad se persuadieron 
a que su apocamiento fuese hazaña, 
y a las mieses tan grande ofensa hicieron? 

¡Qué cosa es ver un infanzón de España 
abreviado en la silla a la jineta, 
y gastar un caballo en una caña! 

Que la niñez al gallo le acometa 
con semejante munición apruebo; 
mas no la edad madura y la perfeta. 

Ejercite sus fuerzas el mancebo 
en frentes de escuadrones; no en la frente 
del útil bruto l'asta del acebo. 

El trompeta le llame diligente, 
dando fuerza de ley el viento vano, 
y al son esté el ejército obediente. 

¡Con cuánta majestad llena la mano 
la pica, y el mosquete carga el hombro, 
del que se atreve a ser buen castellano! 

Con asco, entre las otras gentes, nombro 
al que de su persona, sin decoro, 
más quiere nota dar, que dar asombro. 

Jineta y cañas son contagio moro; 
restitúyanse justas y torneos, 
y hagan paces las capas con el toro. 

Pasadnos vos de juegos a trofeos, 
que sólo grande rey y buen privado 
pueden ejecutar estos deseos. 

Vos, que hacéis repetir siglo pasado, 
con desembarazarnos las personas 
y sacar a los miembros de cuidado; 

vos distes libertad con las valonas, 
para que sean corteses las cabezas, 
desnudando el enfado a las coronas. 

Y pues vos enmendastes las cortezas, 
dad a la mejor parte medicina: 
vuélvanse los tablados fortalezas. 

Que la cortés estrella, que os inclina 
a privar sin intento y sin venganza, 
milagro que a la invidia desatina, 

tiene por sola bienaventuranza 
el reconocimiento temeroso, 
no presumida y ciega confianza. 

Y si os dio el ascendiente generoso 
escudos, de armas y blasones llenos, 
y por timbre el martirio glorïoso, 

mejores sean por vos los que eran buenos 
Guzmanes, y la cumbre desdeñosa 
os muestre, a su pesar, campos serenos. 

Lograd, señor, edad tan venturosa; 
y cuando nuestras fuerzas examina 
persecución unida y belicosa, 

la militar valiente disciplina 
tenga más platicantes que la plaza: 
descansen tela falsa y tela fina. 

Suceda a la marlota la coraza, 
y si el Corpus con danzas no los pide, 
velillos y oropel no hagan baza. 

El que en treinta lacayos los divide, 
hace suerte en el toro, y con un dedo 
la hace en él la vara que los mide. 

Mandadlo así, que aseguraros puedo        Y
que habéis de restaurar más que Pelayo;   Z
pues valdrá por ejércitos el miedo,           Y
y os verá el cielo administrar su rayo.       Z

*** 

Francisco de Quevedo: Poema religioso: 151: En la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre

Pues hoy derrama noche el sentimiento 
 por todo el cerco de la lumbre pura, 
 y amortecido el sol en sombra oscura, 
 da lágrimas al fuego, y voz al viento. 

 Pues de la muerte el negro encerramiento 
 descubre con temblor la sepoltura, 
 y el monte, que embaraza la llanura 
 del mar cercano se divide atento. 

 De piedra es hombre duro, de diamante 
 tu corazón, pues muerte tan severa 
 no anega con tus ojos tu semblante. 

 Mas no es de piedra, no, que si lo fuera, 
 de lástima de ver a Dios amante, 
 entre las otras piedras se rompiera.

*** 

Francisco de Quevedo: Epitafios: 212: A Roma sepultada en sus ruinas

Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!, 
 y en Roma misma a Roma no la hallas: 
 cadáver son las que ostentó murallas, 
 y tumba de sí propio el Aventino. 

 Yace, donde reinaba el Palatino; 
 y limadas del tiempo las medallas, 
 más se muestran destrozo a las batallas 
 de las edades, que blasón latino. 

 Sólo el Tíber quedó, cuya corriente, 
 si ciudad la regó, ya sepoltura 
 la llora con funesto son doliente. 

 ¡Oh Roma!, en tu grandeza, en tu hermosura 
 huyó lo que era firme, y solamente 
 lo fugitivo permanece y dura.

*** 

Francisco de Quevedo: Epitafios: 222: Memorial inmortal de don Pedro Girón, duque de Osuna, muerto en la prisión

Faltar pudo su patria al grande Osuna,
pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.

Lloraron sus invidias una a una
con las proprias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandres las campañas,
y su epitafio la sangrienta luna.

En sus exequias encendió al Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.

Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.

*** 

Francisco de Quevedo: Epitafios: 274: A la muerte del Rey de Francia

En tierra sí, no en fama, consumida,
yaces, oh vida, cuando más temblada,
de la púrpura al mármol derribada,
por, más que a sangre, a llanto abierta herida.

Llorada ya de cuantos fue temida,
del hado no, del mundo respetada;
en quien, con vil usar sangrienta espada,
tantos quitó a la muerte en una vida.

Cuando poner presume en mil victorias
tintos los campos y los mares rojos,
desnudos centros de invidiosas glorias,

viste el suelo un traidor de sus despojos;
de horror, su lis; de ejemplo, las memorias;
de ocio, las manos; de piedad, los ojos.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 294: En ejemplos muestra a Flora la brevedad de la hermosura para no malograrla

La mocedad del año, la ambiciosa 
 vergüenza del jardín, el encarnado 
 oloroso rubí, tiro abreviado, 
 también del año presunción hermosa: 

 la ostentación lozana de la rosa, 
 deidad del campo, estrella del cercado, 
 el almendro en su propria flor nevado, 
 que anticiparse a los calores osa: 

 reprensiones son, ¡oh Flora!, mudas 
 de la hermosura y la soberbia humana, 
 que a las leyes de flor está sujeta. 

 Tu edad se pasará mientras lo dudas, 
 de ayer te habrás de arrepentir mañana, 
 y tarde, y con dolor, serás discreta.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 336: Amante agradecido a las lisonjas mentirosas de un sueño

¡Ay, Floralba! Soñé que te... ¿Dirélo?
Sí, pues que sueño fue: que te gozaba
¿Y quién, sino un amante que soñaba,
juntara tanto infierno a tanto cielo?

Mis llamas con tu nieve y con tu yelo,
cual suele opuestas flechas de su aljaba,
mezclaba Amor, y honesto las mezclaba,
como mi adoración en su desvelo.

Y dije: «Quiera Amor, quiera mi suerte,
que nunca duerma yo, si estoy despierto,
y que si duermo, que jamás despierte».

Mas desperté del dulce desconcierto;
y vi que estuve vivo con la muerte,
y vi que con la vida estaba muerto.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 337: Venganza de la edad en hermosura presumida

Cuando tuvo, Floralba, tu hermosura,
cuantos ojos te vieron, en cadena,
con presunción, de honestidad ajena,
los despreció, soberbia, tu locura.

Persuadióte el espejo conjetura
de eternidades en la edad serena,
y que a su plata el oro en tu melena
nunca del tiempo trocaria la usura.

Ves que la que antes eras, sepultada
yaces en la que vives; y, quejosa,
tarde te acusa vanidad burlada.

Mueres doncella, y no de virtuosa,
sino de presumida y despreciada:
esto eres vieja, esotro fuiste hermosa.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 396: El sueño (silva): 

¿Con qué culpa tan grave,                     a     (Silva de consonantes)
sueño blando y süave,                           A
pude en largo destierro merecerte         C
que se aparte de mí tu olvido manso?    D
Pues no te busco yo por ser descanso,    D
sino por muda imagen de la muerte.      C    (etc.)
Cuidados veladores
hacen inobedientes mis dos ojos
a la ley de las horas;
no han podido vencer a mis dolores
las noches, ni dar paz a mis enojos;
madrugan más en mí que en las auroras
lágrimas a este llano,
que amanece a mi mal siempre temprano;
y tanto, que persuade la tristeza
a mis dos ojos que nacieron antes
para llorar que para verte, sueño.
De sosiego los tienes ignorantes,
de tal manera, que al morir el día
con luz enferma, vi que permitía
el sol que le mirasen en poniente.
Con pies torpes, al punto, ciega y fría,
cayó de las estrellas blandamente
la noche tras las pardas sombras mudas,
que el sueño persuadieron a la gente.
Escondieron las galas a los prados
[y quedaron desnudas]
estas laderas, y sus peñas, solas;
duermen ya, entre sus montes recostados,
los mares y las olas.
Si con algún acento
ofenden las orejas,
es que, entre sueños, dan al cielo quejas
del yerto lecho y duro acogimiento
que blandos hallan en cerros duros
Los arroyuelos puros
se adormecen al son del llanto mío.
y, a su modo, también se duerme el río.
Con sosiego agradable
se dejan poseer de ti las flores;
mudos están los males;
no hay cuidado que hable:
faltan lenguas y voz a los dolores,
y en todos los mortales
yace la vida envuelta en alto olvido.
Tan sólo mi gemido
pierde el respeto a tu silencio santo;
yo tu quietud molesto con mi llanto
y te desacredito
el nombre de callado con mi grito.
Dame, cortés mancebo, algún reposo;
no seas digno del nombre de avariento,
en el más desdichado Y firme amante
que lo merece ser por dueño hermoso:
débate alguna pausa mi tormento.
Gózante en las cabañas
y debajo del cielo
los ásperos villanos;
hállate en el rigor de los pantanos
y encuéntrate en las nieves y en el yelo
el soldado valiente,
y yo no puedo hallarte, aunque lo intente,
entre mi pensamiento y mi deseo.
Ya, pues, con dolor creo
que eres más riguroso que la tierra,
más duro que la roca,
pues te alcanza el soldado envuelto en guerra,
y en ella mi alma por jamás te toca.
Mira que es gran rigor.  Dame siquiera
lo que de ti desprecia tanto avaro
por el oro en que alegre considera,
hasta que da la vuelta el tiempo claro:
lo que había de dormir en blando lecho,
y da el enamorado a su señora,
y a ti se te debía de derecho.
Dame lo que desprecia de ti agora,
por robar, el ladrón; lo que desecha
el que invidiosos celos tuvo y llora.
Quede en parte mi queja satisfecha:
tócame con el cuento' de tu vara;
oirán siquiera el ruido de tus plumas
mis desventuras sumas;
que yo no quiero verte cara a cara,
ni que hagas más caso
de mí que hasta pasar por mí de paso;
o que a tu sombra negra, por lo menos,
si fueres a otra parte peregrino,
se le haga camino
por estos ojos de sosiego ajenos.
Quítame, blando sueño, este desvelo,
o de él alguna parte,
y te prometo, mientras viere el cielo,
de desvelarme sólo en celebrarle.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 448: Afectos varios de su corazón fluctuando en las ondas de los cabellos de Lisi

En crespa tempestad del oro undoso 
 nada golfos de luz ardiente y pura 
 mi corazón, sediento de hermosura, 
 si el cabello deslazas generoso. 

 Leandro en mar de fuego proceloso 
 su amor ostenta, su vivir apura; 
 Ícaro en senda de oro mal segura 
 arde sus alas por morir glorioso. 

 Con pretensión de fénix encendidas 
 sus esperanzas, que difuntas lloro, 
 intenta que su muerte engendre vidas. 

 Avaro y rico, y pobre en el tesoro, 
 el castigo y la hambre imita a Midas, 
 Tántalo en fugitiva fuente de oro.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 464: Retrato de Lisi que traía en una sortija

En breve cárcel traigo aprisionado, 
 con toda su familia de oro ardiente, 
 el cerco de la luz resplandeciente, 
 y grande imperio del amor cerrado. 

 Traigo el campo que pacen estrellado 
 las fieras altas de la piel luciente, 
 y a escondidas del cielo y del Oriente, 
 día de luz y parto mejorado. 

 Traigo todas las Indias en mi mano, 
 perlas que en un diamante por rubíes 
 pronuncian con desdén sonoro hielo; 

 y razonan tal vez fuego tirano, 
 relámpagos de risa carmesíes, 
 auroras, gala y presunción del cielo.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 471: Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera 
 sombra, que me llevaré el blanco día; 
 y podrá desatar esta alma mía 
 hora, a su afán ansioso linsojera; 

 mas no de esotra parte en la ribera 
 dejará la memoria en donde ardía; 
 nadar sabe mi llama la agua fría, 
 y perder el respeto a ley severa: 

 Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, 
 venas que humor a tanto fuego han dado, 
 medulas que han gloriosamente ardido, 

 su cuerpo dejarán, no su cuidado; 
 serán ceniza, mas tendrán sentido. 
 Polvo serán, mas polvo enamorado.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 474: Amante desesperado del premio y obstinado en amar

Qué perezosos pies, que entretenidos 
 pasos lleva la muerte por mis daños; 
 el camino me alargan los engaños 
 y en mí se escandalizan los perdidos. 

 Mis ojos no se dan por entendidos, 
 y por descaminar mis desengaños, 
 me disimulan la verdad los años 
 y les guardan el sueño a los sentidos. 

 Del vientre a la prisión vine en naciendo, 
 de la prisión iré al sepulcro amando, 
 y siempre en el sepulcro estaré ardiendo. 

 Cuantos plazos la muerte me va dando 
 prolijidades son, que va creciendo, 
 porque no acabe de morir penando.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas amorosos: 477: Exhorta a los que amaren, que no sigan los pasos por donde ha hecho su viaje

Cargado voy de mí, veo delante 
 muerte, que me amenaza la jornada: 
 ir porfiando por la senda errada 
 más de necio será que de constante. 

 Si por su mal me sigue necio amante 
 (que nunca es sola suerte desdichada), 
 ¡ay!, vuelva en sí, y atrás, no dé pisada 
 donde la dio tan ciego caminante. 

 Ved cuán errado mi camino ha sido; 
 cuán solo y triste y cuán desordenado, 
 que nunca ansí le anduvo pie perdido: 

 pues por no desandar lo caminado, 
 viendo delante y cerca fin temido, 
 con pasos, que otros huyen, le he buscado.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 522: A un hombre de gran nariz

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una alquitara medio viva,
érase un peje espada mal barbado;

era un reloj de sol mal encarado.
érase un elefante boca arriba,
érase una nariz sayón y escriba,
un Ovidio Nasón mal narigado.

Érase el espolón de una galera,
érase una pirámide de Egito,
los doce tribus de narices era;

érase un naricísimo infinito,
frisón archinariz, caratulera,
sabañón garrafal, morado y frito.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 545: A Apolo siguiendo a Dafne

Bermejazo platero de las cumbres,
a cuya luz se espulga la canalla
la ninfa Dafne, que se afufa y calla,
si la quieres gozar, paga y no alumbres.

Si quieres ahorrar de pesadumbres,
ojo del cielo, trata de compralla:
en confites gastó Marte la malla,
y la espada en pasteles y en azumbres.

Volvióse en bolsa Júpiter severo;
levantóse las faldas la doncella
por recogerle en lluvia de dinero.

Astucia fue de alguna dueña estrella,
que de estrella sin dueña no lo infiero:
Febo, pues eres Sol, sírvete de ella.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 546: A Dafne, huyendo de Apolo

«Tras vos, un alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol, ¿y vos, tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
pues vais del Sol y de la luz huyendo.

ȃl os quiere gozar, a lo que entiendo,
si os coge en esta selva tosca y ruda:
su aljaba suena, está su bolsa muda;
el perro, pues no ladra, está muriendo.

»Buhonero de signos y planetas,
viene haciendo ademanes y figuras,
cargado de bochornos y cometas.»

Esto la dije; y en cortezas duras
de laurel se ingirió contra sus tretas,
y, en escabeche, el Sol se quedó a escuras.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 668: Letrilla satírica: Vuela, pensamiento, y diles a los ojos que más quiero que hay dinero
 

Vuela, pensamiento, y diles     a   cabeza (letrilla)
a los ojos que más quiero        b
que hay dinero:                          b

Del dinero que pidió                   c   mudanza («décima»)
a la que adorando estás,              d
las nuevas la llevarás,                 d
pero los talegos no.                     c
Di que doy en no dar yo,            c
pues para hallar el placer,           d
el ahorrar y el tener                    d
han mudado los carriles.             a   verso de vuelta (a la cabeza)
Vuela, pensamiento, y diles        a   verso de enlace (a a a)
a los ojos que más quiero            b    estribillo
que hay dinero.                           b    estribillo

A los ojos, que en mirallos
la libertad perderás,
que hay dineros les dirás,
pero no gana de dallos.
Yo sólo pienso cerrallos,
que no son la ley de Dios,
que se han de encerrar en dos,
sino en talegos cerriles.
Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que más quiero
que hay dinero.

Si con agrado te oyere
esa esponja de la villa,
que hay dinero has de decilla,
y que ¡ay de quien le diere!
Si ajusticiar te quisiere,
está firme como Martos;
no te dejes hacer cuartos
de sus dedos alguaciles.
Vuela, pensamiento, y diles
a los ojos que más quiero
que hay dinero.

***

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 669: Letrilla satírica: Poderoso caballero es don Dinero

Poderoso caballero 
es don Dinero.

Madre, yo al oro me humillo;
él es mi amante y mi amado,
pues, de puro enamorado,
de contino anda amarillo;
que pues, doblón o sencillo,
hace todo cuanto quiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España,
y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
es hermoso, aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Es galán y es como un oro,
tiene quebrado el color,
persona de gran valor,
tan cristiano como moro.
Pues que da y quita el decoro
y quebranta cualquier fuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
porque en las venas de Oriente
todas las sangres son reales;
y pues es quien hace iguales
al duque y al ganadero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Mas ¿a quién no maravilla
ver en su gloria sin tasa
que es lo menos de su casa
doña Blanca de Castilla?
Pero, pues da al bajo silla
y al cobarde hace guerrero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Sus escudos de armas nobles
son siempre tan principales,
que sin sus escudos reales
no hay escudos de armas dobles
y pues a los mismos robles
da codicia su minero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Por importar en los tratos
y dar tan buenos consejos,
en las casas de los viejos
gatos le guardan de gatos.
Y pues él rompe recatos
y ablanda al juez más severo,
poderoso caballero
es don Dinero.

Y es tanta su majestad
(aunque son sus duelos hartos)
que con haberle hecho cuartos,
no pierde su autoridad;
pero, pues da calidad
al noble y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Nunca vi damas ingratas
a su gusto y su afición;
que a las caras de un doblón
hacen sus caras baratas;
y pues las hace bravatas
desde una bolsa de cuero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
[¡mirad si es harto sagaz!]
sus escudos en la paz
que rodelas en la guerra.
Y pues al pobre le entierra
y hace proprio al forastero,
poderoso caballero
es don Dinero.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 679: Letrilla satírica (Bueno. Malo): 

Que le preste el ginovés
al casado su hacienda;
que al dar su mujer por prenda,
preste él paciencia después;
que la cabeza y los pies
le vista el dinero ajeno,
bueno.

Mas que venga a suceder
que sus reales y ducados
se los vuelvan en cornados
los cuartos de su mujer;
que se venga rico a ver
con semejante regalo,
malo.

Que el mancebo principal
aplique, por la pobreza,
a ser ladrón su nobleza,
por ser arte liberal;
que sea podenco del real
más escondido en el seno,
bueno.

Mas que en tales desatinos
venga el pobre desdichado,
de puro descaminado,
a parar por los caminos;
que conozca los teatinos
por intercesión de un palo,
malo.

Que el hidalgo, por grandeza,
muestre, cuando riñe a solas,
en la multitud de olas,
tormentas en la cabeza;
que disfrace su pobreza
con rostro grave y sereno,
bueno.

Mas que haciendo tanta estima
de sus deudos principales,
coma las ollas nabales,
como batalla marina;
que la haga cristalina
a su capa el pelo ralo,
malo.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 779: Pavura de los condes de Carrión (romance): 

Medio dia era por filo,              (Romance asonantado en a, a)
que rapar podía la barba,         a, a
cuando, después de mascar,
el Cid sosiega la panza;          a, a

la gorra sobre los ojos
y floja la martingala,
boquiabierto y cabizbajo,
roncando como una vaca.

Guiárdale el sueño Bermudo,
y sus dos yernos le guardan,
apartándole las moscas
del pescuezo y de la cara:

cuando unas voces, salidas
por fuerza de la garganta,
no dichas de voluntad,
sino de miedo pujadas,

se oyeron en el palacio,
se escucharon en la cuadra,
diciendo: «¡Guardá: el león!»,
y en esto entró por la sala.

Apenas Diego y Fernando
le vieron tender la zarpa,
cuando hicieron sabidoras
de su temor a sus bragas.

El mal olor de los dos
al pobre león engaña,
y por cuerpos muertos deja
los que tal perfume lanzan.

Al venir acatarrado
el león, a los dos mata;
pues de miedo del perfume
no les siguió las espaldas.

El menor Fernán Glonzalez,
detrás de un escaño a gatas,
por esconderse, abrumó
sus costillas con las tablas.

Diego, más determinado,
por un boquerón se ensarta
a esconderse, donde van
de retorno las viandas.

Bermudo, que vio el león,
revuelta al brazo la capa
y sacando un asador
que tiene humos de espada,

en la defensa se puso.
Despertó al Cid la borrasca;
y abriendo entrambos los ojos
empedrados de lagañas,

tal grito le dio al león,
que le aturde y le acobarda:
que hay leones enemigos
de voces y de palabras.

Envióle a su leonera
sin que le diese fianzas;
por sus yernos preguntó,
receloso de desgracia.

Allí respondió Bermudo:
«Señor, no receléis nada,
Pues se guardan vuesos yernos
en Castilla como Pascua.»

Y remeciendo el escaño,
a Fernán González hallan
devanado en su bohemio,
hecho ovillo en la botarga.

Las narices del buen Cid
a saberlo se adelantan,
que le trujeron las nuevas
los vapores de sus calzas.

Salió cubierto de tierra
y lleno de telarañas;
corrióse el Cid de mirarlo,
y en esta guisa le fabla:

«Agachado estabais, Conde,
y tenéis mucha más traza
de home que aguardó jeringa,
que del que espera batalla.

»Connusco habedes yantado:
¡oh, que mala pro vos faga,
pues tan presto bajó el miedo
los yantares a las ancas!

»Sacárades a Tizona,
que ella vos asegurara,
pues en vos no es rabiseca,
según la humedad que anda.»

Gil Díaz, el escudero
que al Cid contino acompaña,
con la mano en las narices,
todo sepultado en bascas,

trayendo detrás de sí
a Diego, el yerno que falta,
con una mano le enseña,
mientras con otra se tapa.

«Vedes aquí, señor mío,
un fijo de vuesa casa,
el Conde de Carrión,
que esconde mal su crianza.

»De dónde yo le he sacado,
sus vestidos vos lo parlan,
y a voces sus palominos
chillan, señor, lo que pasa.

»Más cedo podréis tornar
a Valencia y sus murallas,
que de ningún cabo al conde,
por no haber de do le asgan.

»Si no merece de yerno
el nombre por esta causa,
tenga el de servidor vueso,
pues tanta parte le alcanza.»

Sañudo le mira el Cid;
con mal talante le encara:
«De esta vez, amigos condes,
descubierto habéis la caca.

»¿Pavor de un león hobistes,
estando con vuesas armas,
fincando en compaña mía,
que para seguro basta?

»Por San Millán, que me corro,
mirándovos de esa traza,
y que, de lástima y asco,
me revolvéis las entrañas.

»El que de infanzón se precia,
face en él pavor y el ansia
de las tripas corazón:
así el refrán vos lo canta.

»Mas, vos, en esta presura,
sin acatar vuesa casta,
facéis del corazón tripas,
que el puro temor vos vacia.

»Ya que Colada no os fizo
valiente aquesta vegada,
fágavos colada limpio:
echaos, buen conde, en colada.»

«Calledes, el Cid, calledes
-dijo, con la voz muy baja-,
y la cosa que es secreta,
tan pública no se faga.

»Si non fice valentía,
fice cosa necesaria;
y si probáis lo que fice,
lo tendredes por fazaña.

»Más ánimo es menester
para echarse en la privada,
que para vencer a Búcar
ni a mil leones que salgan.

» nimo sobrado tuve»;
mas en esto el Cid le ataja,
porque, sin un incensario,
ninguno a escuchar le aguarda.

«Id, infante, a doña Sol,
vuesa esposa desdichada,
y decidla que vos limpie,
mientras yo vos busco un ama.

»Y non fabléis ende más,
y obedeced, si os agrada,
aquel refrán que aconseja:
la caca, conde, callarla.»

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 797: Pinta a un doctor en medicina que se quería casar (romance satírico): 

Pues me hacéis casamentero,    (Romance asonantado en ó)
Ángela de Mondragón,            ó
escuchad de vuestro esposo
las grandezas y el valor.          o

Él es un Médico honrado,
por la gracia del Señor,
que tiene muy buenas letras
en el cambio y el bolsón.

Quien os lo pintó cobarde
no lo conoce, y mintió,
que ha muerto más hombres vivos
que mató el Cid Campeador.

En entrando en una casa
tiene tal reputación,
que luego dicen los niños:
«Dios perdone al que murió».

Y con ser todos mortales
los Médicos, pienso yo
que son todos venïales,
comparados al Dotor.

Al caminante, en los pueblos
se le pide información,
temiéndole más que a la peste
de si le conoce, o no.

De Médicos semejantes
hace el Rey nuestro Señor
bombardas a sus castillos,
mosquetes a su escuadrón.

Si a alguno cura, y no muere,
piensa que resucitó,
y por milagro le ofrece
la mortaja y el cordón.

Si acaso estando en su casa
oye dar algún clamor,
tomando papel y tinta
escribe: «Ante mí pasó».

No se le ha muerto ninguno
de los que cura hasta hoy,
porque antes que se mueran
los mata sin confesión.

De envidia de los verdugos
maldice al Corregidor,
que sobre los ahorcados
no le quiere dar pensión.

Piensan que es la muerte algunos;
otros, viendo su rigor,
le llaman el día del juicio,
pues es total perdición.

No come por engordar,
ni por el dulce sabor,
sino por matar la hambre,
que es matar su inclinación.

Por matar mata las luces,
y si no le alumbra el sol,
como murciégalo vive
a la sombra de un rincón.

Su mula, aunque no está muerta,
no penséis que se escapó,
que está matada de suerte
que le viene a ser peor.

Él, que se ve tan famoso
y en tan buena estimación,
atento a vuestra belleza,
se ha enamorado de vos.

No pide le deis más dote
de ver que matáis de amor,
que en matando de algún modo
para en uno sois los dos.

Casaos con él, y jamás
vïuda tendréis pasión,
que nunca la misma muerte
se oyó decir que murió.

Si lo hacéis, a Dios le ruego
que os gocéis con bendición;
pero si no, que nos libre
de conocer al Dotor.

*** 

Francisco de Quevedo: Poemas satíricos: 850: Contra el mesmo (Góngora): 

¿Qué captas, noturnal, en tus canciones,
Góngora bobo, con crepusculallas,
si cuando anhelas más garcivolallas,
las reptilizas más y subterpones? 

Microcósmote Dios de inquiridiones,
y quieres te investiguen por medallas
como priscos, estigmas o antiguallas,
por desitinerar vates tirones. 

Tu forasteridad es tan eximia,
que te ha de detractar el que te rumia,
pues ructas viscerable cacoquimia, 

farmacofolorando como numia,
si estomacabundancia das tan nimia,
metamorfoseando el arcadumia. 


Creación de
A. Robert Lauer

<arlauer@ou.edu>
Última actualización:
2 de abril de 2016