|
Creación de A. Robert Lauer arlauer@ou.edu Notas basadas el la 4a. ed. de Civilización y cultura de España de Vicente Cantarino
Con la cabal romanización de la Península ibérica empieza la historia de España como nación, ya que muchas de las características culturales, políticas y socials de España tienen su base en la incorporación de Iberia al imperio romano. Las Guerras púnicas (Cartago
vs. Roma):
En la Primera Guerra
púnica (264-214 a. C.) se dispute el dominio sobre
Sicilia en el Mediterráneo entre Roma y Cartago, terminando esta
guerra con la derrota de los cartagineses. Ganan los romanos la isla
de Sicilia así como las islas de Córcega (Corsica)
y Cerdeña (Sardinia). En la Segunda
Guerra púnica (218-201 a. C), los cartagineses,
por medio de sus generales Amílcar Barca, Asdrúbal
y Aníbal,
tratan de conquistar nuevos territories en el Mediterráneo, incluso
las colonias griegas en la Península ibérica. La ciudad
de Sagunto pide ayuda a Roma y se inicia la Segunda Guerra púnica.
Habrían ganado los cartagineses si no hubiera Aníbal luchado
en dos frentes: en Roma y en la Península ibérica.
Aníbal casi venció a los romanos, pero el general Publio
Cornelio Escipión (Scipio Africanus) conquistó
Carthago
Nova (Cartagena) en el año 209 a. C., y después
Gádir
(Cádiz). Aníbal tuvo que retirarse a África,
donde el general Escipión lo derrota en el año 202 a. C.
Conquista romana de la Península
ibérica:
La primera etapa (218-205 a. C) de la conquista romana de la Península ibérica coincide con la Segunda Guerra púnica, desde el desembarco de Cneo Escipión en Ampurias en 218 a. C. hasta la rendición de Gádir (Cadiz) en 205 a. C. Los iberos en efecto participan con los romanos en esta conquista, ya sea como aliados o como mercenaries. Roma llama el nuevo territorio conquistador Hispania citerior («más cerca» [al este]) e Hispania ulterior («más lejos [al sur]). La segunda etapa (151-10 a. C) require la conquista difícil de la Meseta Central, donde los lusitanos y los celtíberos ofrecen ardua y continua resistencia contra los romanos. En el año 151 a. C., el pretor romano Galba prometió libertad a los lusitanos si entregaban sus armas, pero después los traiciona. Viriato fue el héroe de la resistencia lusitana contra los romanos. Muere Viriato asesinado por tres de sus aliados que se vendieron a Roma. En Iberia, el consul Metelo no logró dominar Numancia (Soria), ciudad de 8.000 celtíberos. Roma manda al general Emiliano Escipión con un ejército de 60.000 soldados, para destruir la ciudad. Los numantinos decidieron suicidarse que entregarse a Roma. En Hispania también lucharon Pompeyo, Julio César y Octavio César (César Augusto). Éste ultimo decreta en el año 38 a. C. la incorporación de la Península hispana como parte del imperio romano. Las sublevaciones hispanas contra Roma terminan en el año 10 a. C. Los romanos impusieron en la Península hispana la misma organización militar y política que habían impuesto en los demás territorios. En muchos casos la nueva organización coexistía con los sistemas políticos indígenas. Lo única que los romanos trataban de asegurar era la autoridad de Roma y, en un primer momento, los privilegios de los ciudadanos romanos sobre los demás. La mayor contribución de Roma a la civilización occidental es el Derecho romano, que veía en el individuo el fundamento de la sociedad. El individuo, según el Derecho romano, tiene derecho a libertad y a propiedad privada. La persona jurídica fundamental era la familia, cuyo paterfamilias asumía la obligación de representarla. El gran acierto del Derecho romano era su base fundamental en el individuo en cuanto formara parte de la sociedad, sin depender, por ejemplo, del origen étnico del mismo. Posteriormente, todos los individuos regidos por el Derecho romano tuvieron los mismos privilegios que los romanos, incluso los nacidos en provincias. Sin embargo, había varias clases sociales: la clase libre, que constituía de ciudadanos romanos, latinos y extranjeros. Sólo los ciudadanos romanos gozaban de los mismos derechos y privilegios que los habitantes de Roma. Los latinos (quienes vivían en territorios romanos pero que no vivían en Roma) tenían ciertos privilegios bajo el Jus Latii que después fueron extendidos a la Península ibérica bajo el emperador Vespasiano (69-79 d. C). El emperador Caracalla (211-217) concedió la ciudadanía a todos los súbditos del Imperio. Los romanos daban el nombre de colonias a las ciudades fundadas en territorios más o menos recientemente conquistados que estaban habitadas por ciudadanos romanos. Las ciudades indígenas podían mantener su libertad a base de una alianza o federación con Roma que les concedía el derecho a administrarse con gran autonomía. Una ciudad libre se regía por asambleas populares y magistrados elegidos que promulgaban sus propias leyes. Estas entidades se llamaban municipios y eran similares a la realidad urbana romana. La provincia hispana:
Las regiones dominadas por los romanos habían sido agrupadas jurídicamente en dos provincias: Hispania citerior (del Ebro a la costa levantina) e Hispania ulterior (el sur de la Península). El emperador Octavio César en 27 a. C. dividió la Península en tres provincias: Tarraconense, Lusitania y Bética. Después, el emperador Caracalla (216 d. C) añadió otra llamada Gallaetia. El emperador Diocleciano en 285 convirtió la Península en diócesis y aumentó más provincias: Cartaginense, Mauritania (en África) y Baleárica. Hispania bajo el emperador Octavio
César (César Augusto)
Hispania bajo los emperadores
Caracalla y Diocleciano
Al romanizarse, las tribus peninsulares perdían su sentido de fragmentada independencia y se unificaban a los intereses políticos y económicos de Roma. En efecto, la dominación de Roma hizo posible la formación de Hispania, ya que el pueblo conquistador (el romano) era pragmático y hasta cierto punto indiferente respecto a las formas religiosas, sociales y locales de los pueblos conquistados (como los iberos), con tal de que no se opusieran al dominio romano. Esta «autonomía» hizo posible la diversidad cultural y lingüística de la Península, pues del latín, la lengua del conquistador, se formaron otras lenguas como el gallego, el catalán, el castellano y el portugués. La influencia de Roma fue unificadora en la Península, tanto así que cuando cayó Roma en el siglo V d. C., la nueva nación de Hispania siguió unida. Esta romanización fue más común en el sur y la zona este de la Península que en el interior. Entre las ciudades romanizadas principales tenemos Barcelona, Tarragona, Valencia, Zaragoza, Sagunto, Sevilla, Itálica, Cádiz, Córdoba, Málaga, Mérida, Lisboa, León, Astorga y Lugo. El arte hispanorromano:
La cultura romana era de carácter urbano, así que las estructuras artísticas más importantes eran las que hacían la vida ciudadana más grata y apacible como los circos, los teatros, los baños, los acueductos, las vías, las calzadas, los puentes y los arcos de triunfo. En efecto la vía más antigua es la Vía Augusta (llamada también Via Herculea), que entraba por los Pirineos, llegaba a Barcino (Barcelona), Tarraco (Tarragona), Carthago Nova (Cartagena) y terminaba en Gades (Cádiz). A la vez, tenía ramales (branches) para llegar a Hispalis (Sevilla), Corduba (Córdoba), Emerita Augusta (Mérida), Toletum (Toledo), Lucus Augusti (Lugo) y Caesar Augusta (Zaragoza).
Literatura hispanorromana: Los hispanorromanos más famosos son
los siguientes: Marco Anneo Séneca (orador y político)
y su hijo Lucio
Anneo Séneca (filósofo moral [estoico], político,
dramaturgo, y preceptor del emperador Nerón);
Marco
Fabio Quintiliano (35-95 d. C), «padre de la retórica»,
autor de los 12 libros de Institutio oratoria, la obra más
completa sobre retórica y oratoria; los cuatro emperadores hispanorromanos:
Trajano,
Adriano,
Marco
Aurelio y Teodosio;
el celtíbero Marco
Valerio Marcial (40-104 d. C), autor de epigramas; Lucano,
autor de la obra Farsalia, que describe las guerras entre Pompeyo
y Julio César; Columela,
autor de De re rustica, tratado sobre agricultura; y Pomponio
Mela, cuyo tratado De chorographia es la primera descripción
del mundo hecha en lengua latina.
La religión de Roma: Los romanos eran tolerantes (indiferentes) respecto a la religión de sus súbditos. Se limitaron sólo a prohibir ciertas costumbres locales de provincia como los sacrificios humanos. Aunque Roma era pagana y politeísta, el emperador Constantino se interesó en el cristianismo en 313 d. C. como posible religión de estado. Pero fue el emperador hispanorromano Teodosio el Grande (379-395 d. C.) quien impuso el cristianismo no sólo en Roma sino en todas las provincias romanas (incluso Hispania) en el año 380 d. C. Así se cristianizó el estado y la religión pagana fue relegada a los pueblos (los pagi). A su vez, la religión cristiana adoptó las bases jurídicas y principios del Derecho romano para su propia legislación, así como su estructura jerárquica y su lengua (latina en Roma, griega en Constantinopla [Istanbul, Turquía]). La Iglesia cristiana es la única institución romana que sobrevivió al Imperio. Tradicionalmente, el apóstol Santiago
el Mayor (St. James the Greater) fue el primer predicador del cristianismo
en la Península. También se supone que el apóstol
San
Pablo estuvo en España en los años 63 y 67.
21 de enero de 2004 por A. Robert Lauer
arlauer@ou.edu Última actualización: 30 de enero de 2006 |