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Creación de A. Robert Lauer arlauer@ou.edu Notas basadas el la 4a. ed. de Civilización y cultura de España de Vicente Cantarino
El así llamado Siglo de Oro español abarca en efecto dos siglos, el XVI y el XVII. En el primero, regido por el Renacimiento que viene de Italia, España se abre al mundo, sobre todo durante el período imperial de Carlos V. Durante la segunda mitad del siglo XVI, con el reinado de Felipe II, y durante todo el siglo XVII, con el reinado de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, España se dedica a desarrollar una cultura española nacional, fuertemente marcada por el catolicismo. La sociedad española: La monarquía española de los Habsburgos tenía un
sello personal y paternalista. Era una monarquía autoritaria
regida por la persona del Rey, así como una monarquista centralista,
al menos en el reino de Castilla, pero jamás se convirtió
en monarquía absoluta, como en Inglaterra o Francia, por
su carácter federativo. Los Habsburgos reinaron por medio
de Doce Consejos (councils) que en efecto eran autónomos
unos de otros y tenían sus propias leyes. Estos eran:
La Casa de Contratación (Ministry of Trade) de Sevilla Los Habsburgos reconocían la organización federal de España y la autonomía administrativa de cada estado, cuya autoridad residía en las Cortes (Parliament). Después de 1665, los municipios obtuvieron de la corona la facultad de determinar sus propios tributos, haciendo entonces innecesaria la intervención de ellos en las Cortes castellanas. A la vez, los monarcas aumentaron la intervención real en ellos con el nombramiento de corregidores y alcaldes mayores. La nobleza, desde la época de los Reyes Católicos, se había vuelto palaciega (vivía en palacio) y había perdido su poder señorial y militar anterior. Además, durante el período de los primeros Habsburgos, Carlos V y Felipe II preferían usar a letrados burgueses (y no a nobles) para el desempeño de cargos de responsabilidad. Esto agravió más el poder de la alta nobleza. En la Edad Media, la alta nobleza (la de los Grandes de España o «ricos hombres» y la nobleza titular [duques, condes, marqueses]) gozaban de grandes privilegios. La baja nobleza (los hidalgos de sangre) constituía la nobleza guerrera que tenía cierta propiedad y, como los demás nobles, estaba exenta de impuestos o tributos (además, no podían ser torturados o ahorcados). Los hidalgos de privilegio eran los que, no siendo de sangre noble, recibían reconocimiento real por algún servicio a la corona o por el pago de una suma de dinero. El pueblo llano (la mayoría de la sociedad) estaba compuesto, en el campo, de labradores libres con posesiones de tierras, o jornaleros que estaban a su servicio. En la ciudad había artesanos o menestrales dedicados a varios oficios y agrupados en gremios (guilds). A la vez, en las ciudades se creó otra clase social, la de letrados (bachilleres y licenciados universitarios), que podía ser de familias hidalgas o burguesas. Las profesiones ejercidas por los letrados eran las de abogados, administradores y consejeros de familias nobles o de instituciones. También había comerciantes. Otra clase social aparte era la del clero. El alto clero era educado y venía de familia noble. El bajo clero vivía austeramente y no provenía de la nobleza. Como consecuencia de las reformas del Concilio de Trento, la Iglesia se preocupó por la educación religiosa de todos los clérigos. Entre las clases inferiores había siervos (serfs) y esclavos, así como seres marginados y nómadas, como los gitanos. En la clase ínfima, había mendigos, vagabundos, ladrones, bandoleros, delincuentes y pícaros, seres que se valían de su astucia o defectos para ganarse la vida de los recursos de otras personas. La vida religiosa: A pesar de las manifestaciones religiosas públicas
que son típicas del catolicismo, hubo en el siglo XVI individuos
que valoraban la devoción personal e íntima que se asocia
más con el protestantismo. En España, estas personas
se llamaban «alumbrados», ya que su experiencia religiosa
se basaba en un tipo de «iluminación» personal que los
hacía «especiales». Entre las mujeres había
mujeres piadosas llamadas «beatas» a quienes se les
atribuía la capacidad de curar a enfermos o predecir el futuro.
Muchos de los judíos conversos mostraron interés por este
tipo de religión intimista y menos institucionalizada. Los
intelectuales (humanistas) también mostraron interés por
estas prácticas religiosas, que en efecto habían sido propuestas
por Erasmo de Rótterdam,
un pensador católico holandés que tuvo mucho éxito
en la primera mitad del siglo XVI. Entre los más famosos erasmistas
españoles tenemos a Alfonso de Valdés (1490-1532),
autor del Diálogo de las cosas acaecidas en Roma (también
llamado Diálogo de Lactancio y un arcediano), obra en la
cual justifica el Saco de Roma por el emperador Carlos V
para castigar el lujo excesivo de la corte papal romana. Su hermano
Juan
de Valdés (1498-1541) fue famoso por su Diálogo de
la lengua, donde valora el castellano y las lenguas vulgares en lugar
del latín. A la vez, varios de estos alumbrados se convirtieron
en santos místicos como Santa
Teresa de Jesús (o de Ávila) [1515-1582], doctora
mística, y San
Juan de la Cruz (1542-1582), uno de los más famosos poetas
del Renacimiento cristiano. Sin embargo, la Inquisición vigilaba
a estos grupos, ya que la última consecuencia de este intimismo
religioso personal podía terminar en el desdén o rechazo
del individuo por los sacramentos de la Iglesia.
Otra de las manifestaciones más importantes de la vida religiosa española durante los siglos XVI y XVII fue su espíritu misionero. Los misioneros franciscanos, dominicos y jesuitas se ocuparon de llevar la religión católica a todos los países conquistados por España o Portugal en América, Asia y África, así como en países europeos. A la vez, el afán por mantener la pureza de la fe cristiana católica en los países que conquistaban creó una diferencia entre los cristianos viejos (los que no tenían ascendencia hebrea o árabe) y los cristianos nuevos (los que sí tenían ascendencia hebrea o árabe). Estos últimos fueron discriminados por falta de «limpieza de sangre», sobre todo por la clase popular, a pesar de ser defendidos por nobles y miembros de la Iglesia como los jerónimos y los jesuitas. Por razones religiosas, a los judíos, los moros y los herejes se les había prohibido ingresar en el Nuevo Mundo. La educación: Durante el siglo XVI (durante el período
de Carlos V y Felipe II) se establecieron múltiples universidades
en toda la Península: Toledo (1520), Lucena (1533), Sahagún
(1534), Baeza (1538), Granada (1540), Oñate (1542), Santiago (1544),
Gandía (1546), Osuna (1548), Ávila (1550), Almagro (1553),
Orihuela (1555), Oviedo (1557), Estella (1565), Vich (1570), Córdoba
(1572) y Tarragona (1572). Sin embargo, sólo dos universidades
mantuvieron su lugar predominante en este período: la Universidad
de Salamanca (con 7.832 estudiantes y 150 profesores en 1557) y la
Universidad
de Alcalá de Henares (con 2.800 estudiantes). La especialidad
de ambas era la teología y el derecho civil y eclesiástico
(civil and canon Law). Hubo también escuelas de sordomudos
(deafmutes) y escuelas pías, establecidas para la
educación popular primaria de las clases humildes.
Teólogos: Los grandes teólogos de esta época son el dominico Francisco de Vitoria (1486-1546), profesor de la Universidad de Salamanca; y el jesuita Francisco Suárez (1548-1617), profesor de filosofía en las universidades de Alcalá y Salamanca. Ambos son reconocidos hoy día por haber fundado el concepto de leyes que forman el así llamado Derecho internacional (international law), atribuido falsamente a Hugo Grotius (1583-1645). Vitoria proclama la idea de una comunidad internacional en que cada estado es soberano e independiente de los demás. Suárez defiende el concepto de la soberanía popular como el origen inmediato del poder político, llegando a propugnar la autoridad del pueblo a deponer a su monarca en caso de tiranía.
Otros teólogos famosos de la época fueron el jesuita Luis de Molina, quien defendió el concepto (católico) del libre albedrío (free will) contra la idea de la predestinación sostenida por el teólogo dominico Domingo Báñez. Ante el furor causado por esta controversia (todavía por concluir) el papa Paulo V prohibió terminantemente cualquier deliberación subsiguiente sobre este tema, bajo pena de excomunicación.
10 de febrero de 2004 por A. Robert Lauer
arlauer@ou.edu Última actualización: 16 de febrero de 2006 |