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Un hombre hecho a pulso, Por Ricardo Santa María Revista SEMANA

Su Vida

JESUS ANTONIO Bejarano, al igual que su coterráneo Alfonso Palacios Rudas, era un hombre que no tragaba entero. Su sentido crítico era lo que caracterizaba su pensamiento. En materia del proceso de paz se había despojado por completo de posiciones sentimentales, ideológicas o voluntaristas. Pero ello lo hacía sospechoso a los ojos de los radicales de izquierda o derecha. Seguramente por eso lo mataron.

No lo querían porque era capaz de desnudar las agendas secretas de los militaristas de los grupos armados que a cualquier costo justifican la legitimidad política del uso de la violencia. Pero también levantó ampollas entre los pacificadores a ultranza que, por la vía de las concesiones sin límite, le abrían espacio a la guerra. La posición de Bejarano era de compromiso con los valores democráticos, rechazo al paramilitarismo, apoyo irrestricto a las negociaciones de paz y, la más importante quizá, la convicción de la necesidad de una transformación social como fundamento de la paz verdadera.

Pocos colombianos saben que a Bejarano se le debe en gran parte el diseño y puesta en marcha del Plan Nacional de Rehabilitación (PNR), que se inició en el gobierno de Virgilio Barco. Bajo la orientación de Carlos Ossa, y en compañía de Rafael Pardo y Gabriel Silva, diseñaron el PNR como fundamento de la estrategia de paz. Y pocos recuerdan que siendo consejero de paz del gobierno de César Gaviria, en las conversaciones de Caracas de 1991, estuvo a punto de firmar una agenda de negociaciones con la entonces denominada Coordinadora Guerrillera, la cual agrupaba a Farc, ELN y EPL, proceso que se frustró por el secuestro y muerte en cautiverio del doctor Argelino Durán Quintero.

En lo personal, Jesús Antonio Bejarano era, literalmente, un hombre hecho a pulso. De familia humilde, nunca tuvo padrinos ni alguien que le abriera camino distinto a su propio esfuerzo y a un talento especial que lo caracterizó: una capacidad infinita para llegar al meollo de los problemas. Ejercía la academia y la vida intelectual con sentido práctico. Era hombre de teorías, pero de teorías simples, dichas con palabras simples.

Se abrió camino primero como historiador. Junto con Jorge Orlando Melo, Alvaro Tirado Mejía, José Antonio Ocampo, Carlos Eduardo Jaramillo y otros formó parte de ese selecto grupo de investigadores que escribió la nueva historia de Colombia, reinterpretando buena parte de nuestros fenómenos sociales. No hay un solo estudiante de economía en Colombia que a lo largo de las dos últimas décadas no haya tenido que leer uno o varios libros de Bejarano en alguna de sus clases.

En su vida privada era sencillo. Le gustaban la tertulia y los amigos. Lector incansable, siempre estaba al día en los temas que le interesaban. Era, sin embargo, un lector que no acumulaba libros. Los leía pero no los guardaba. Lo que sí guardaba con celo y orgullo era su música. Desde los acetatos hasta los discos compactos, pasando por los casetes, tenía una envidiable y completa colección con toda la salsa y todos los boleros del mundo. Su carrera política se quedó a medias.

Hace años acarició la aspiración de llegar a la gobernación del Tolima pero nunca le cuajó la idea. Y también le coqueteó a la política nacional. Participó activamente en la campaña de Alfonso Valdivieso. Vivió con alegría y desprendimiento en compañía de los suyos y de Consuelito, su esposa. Y su memoria perdurará y se acrecentará con el tiempo como un símbolo del pensamiento libre y crítico.

 

Su Muerte

El 16 de septiembre de 1999, cuando el profesor Jesus Bejarano se dirigia a su clase, dos sicarios pasaron en una moto y le dispararon a muerte. Inmediatamente un grupo de estudiantes corrieron en auxilio del profesor, pero todo fue en vano.


 

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